martes 6 de septiembre de 2011

Antonio López y la buena paciencia


Hace unos meses hablaba sobre Haruki Murakami y sobre lo mucho que admiraba esa doble faceta de escritor-corredor, esa constancia y esa capacidad de sacrificio tan necesarias para enfrentarse a una maratón o la redacción de un libro. Hasta la fecha, en el mundo del arte, este es un rasgo que venía relacionando sobre todo con la literatura. Sin embargo, después de visitar recientemente la exposición de Antonio López en el Thyssen, y de cumplir con la asignatura pendiente de ver "El sol del membrillo", me he dado cuenta de que la pintura o la escultura también pueden ser tareas de largo recorrido.

Observando los detallados paisajes urbanos de López, o viéndole un día tras otro frente al membrillero del fascinante film de Erice, uno sólo puede rendirse a la paciencia infinita del artista manchego, siempre obsesionado por capturar la realidad más cercana y aparentemente más banal. Intuyo que, en el mundo de la pintura, la contemplación exhaustiva del objeto retratado entra dentro de lo normal. Lo que veo más excepcional, y lo que más me ha impresionado, es que López pueda prolongar esa observación durante años, lustros y hasta décadas. Que sea capaz de plantarse frente a un paisaje cada día a la misma hora y, cuando los rayos de sol empiezan a cambiar, cuando comienzan a debilitarse con la llegada del otoño, o a fortalecerse en vísperas del verano, recoja el lienzo y lo guarde en su estudio no para darlo por acabado, sino para retomarlo el próximo año, cuando la luz que alumbre el paisaje vuelva a ser exactamente la misma. Y así un año más, y otro, y otro... hasta que el cuadro adquiera la entereza suficiente.

En una entrevista que le hacían recientemente, el periodista le preguntaba al pintor de dónde sacaba ese inagotable tesón. El artista, con la sabiduría que da la edad, contestaba que ese tipo de paciencia (a la que él llamaba "buena paciencia") no tiene ningún mérito ni exige ningún esfuerzo o sacrificio. Simplemente surge de forma espontánea cuando uno ama lo que hace. Es la misma paciencia con la que una madre cría a su recién nacido, un jardinero cuida sus plantas o, como en este caso, un artista trabaja en su obra. Acto seguido el entrevistador preguntó a López por la "mala paciencia", pero esa ya la conocéis de sobra. La ejercitamos a diario para poder sobrevivir haciendo cosas que no nos gustan. "¡Vaya lujo, ¿no? Poder hacer lo que uno quiere", comentó el periodista. La respuesto que le dío el pintor me parece genial: "¿Lujo? Usted sabrá por qué pierde el tiempo haciendo algo que le disgusta".