miércoles 10 de agosto de 2011

Romanticismo



Madrid se derrite en agosto, y la ausencia de los amigos y la familia, refugiados en sus lugares de veraneo, convierte la ciudad en un espacio aún más hostil. Sin embargo, en contraste con el feo panorama que vislumbro desde la ventana (los aires acondicionado en las fachadas, el asfalto que humea, los chuchos que pasean arrastrando la lengua...), yo hoy me siento Romántico. No en el sentido más sentimental de la palabra (que quizás también), sino Romántico con mayúsculas, imbuido del espíritu del movimiento cultural y político que imperó en Europa a finales del siglo XVIII. Y es que, como si se tratara de una especie de tarea escolar, aunque de forma totalmente fortuita, esta semana he acabado dedicándola al Romanticismo. Empecé el lunes viendo"Bright star", un apasionado relato sobre los amores de John Keats y la joven costurera Fanny Brawne, y continué el martes visitando una pequeña joyas escondida en el centro de la capital, entre Tribunal y Alonso Martínez: el Museo del Romanticismo.

La película (Jane Campion, 2009) retrata de forma deliciosa varios de los grandes temas de la época (la sensibilidad artística, la figura del escritor fracasado, el amor imposible, la tuberculosis), mientras que el museo da la posibilidad de viajar en el tiempo y recorrer, en vivo y en directo, tal como podía hacerlo el propio Keats, una casa de la burguesía de esos años. Paseando entre paredes tapizadas, espejos rococós y sillas estilo imperio, con la audioguía pegada a la oreja, uno va descubriendo algunos rasgos más de este periodo (la exaltación del yo, la búsqueda de la originalidad, el culto a la creatividad) y no puede evitar la comparación con los valores que ahora mismo nos gobiernan. No tengo ni idea de qué etiqueta usarán los futuros historiadores para describir los días de adocenamiento en que vivimos, pero estoy seguro de que no tendrá nada que ver con la conciencia del yo individual ni con la necesidad de desmarcarse de la masa.