martes 30 de junio de 2009

"El hijo del viento": memorias de África


No quisiera parecer un bicho raro, pero el caso es que acabo de leer una novela sueca y el autor no era Stieg Larsson. Está escrita por Henning Mankell (el sueco en el que todos hubiéramos pensado antes del fenómeno Millenium) y el protagonista (otra rareza) no es el inspector Kurt Wallander, héroe de la mayoría de las obras del novelista escandinavo, sino un joven negro que, pese al título del libro, no tiene absolutamente nada que ver con Carl Lewis.

"El hijo del viento", para dejarlo claro desde el principio, no es un libro especialmente profundo ni intelectualmente exigente. No pasará jamás a la historia de la literatura. Sin embargo es ameno y, pese a su sencillez, lo suficientemente consistente como para no ruborizar a lectores avezados.

Mankell, que pasa gran parte de su tiempo en África, nos cuenta la odisea de Molo, un niño trasladado en pleno siglo XIX desde el continente negro a la fría Suecia. Víctima de la incomprensión e incapaz de adaptarse a su nueva vida, Molo no cejará en su empeño de regresar al desierto del Kalahari que le vio nacer. Justamente el trayecto contrario al que sus paisanos sueñan con hacer en el siglo XXI.

Pese a haberme entretenido bastante con su lectura, con "El hijo del viento" me sucede algo parecido a algunas otra historia recientes de este tipo. Narraciones exóticas y con un toque de aventura al estilo de (salvando las distancias) "El afinador de pianos". Que no dejo de pensar en que podrían dar pie a una película mucho mejor que el libro.

miércoles 24 de junio de 2009

"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad": hogar, amargo hogar


Últimamente pienso mucho en la familia. Probablemente porque sólo tengo un hijo y todo el mundo (el hombre es un animal entrometido por naturaleza) me dice que tengo que darle un hermano.
En realidad, más que pensar imagino. Miro hacia el futuro y trato de adivinar cómo puede ser la relación con mis vástagos de aquí a veinte o treinta años. Fantaseo con momentos idílicos. Soleados días de playa. Bucólicos picnics. Entrañables comidas. Todo parece, en principio, maravilloso. Sin embargo, la realidad me dice que tal vez peco de optimista. Que los hermanos no siempre acaban siendo esos amigos y compañeros inseparables que uno imagina. A mi alrededor, no dejo de ver familias unidas por unos lazos demasiado frágiles. Distanciadas, cuando no enfrentadas. Separadas por diferentes barreras. Como si, en muchos casos, la concordia, la felicidad y el calor del hogar tuviesen fecha de caducidad. Como si al crecer y entrar en la vida adulta, al fundar nuestros propios clanes, nos olvidáramos y nos alejáramos de nuestros orígenes.





"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad" hablan de esto. De la cara menos amable de la familia. De esas reuniones con padres, tíos, abuelos y hermanos que acaban explotando como bombas de relojería. Ambos títulos bucean en la complejidad del entramado familiar. En sus luces y sus sombras, aunque cada uno en su estilo. Por hacer una metáfora que venga a cuento, diríamos que los dos filmes guardan el código genético de la industria que las ha alumbrado. La película de Jonathan Demme (la que más me gusta) sigue la tradición del cine independiente americano, mientras que "Un cuento de Navidad" cumple las líneas maestras de gran parte del cine francés, elegante e intelectualmente ambicioso.
Dos películas espejo en las que más de una familia (y de dos) se verá retratada.



domingo 21 de junio de 2009

"Breaking bad" y el déjà vu


"Breaking bad" no está mal. En la primera temporada, que acabo de terminar de ver, hay momentos sublimes, como el arranque del primer capítulo y el final del sexto. Los personajes son interesantes y los actores están a su altura. Técnicamente, además, es intachable. Sin embargo (y es de lo peor que se puede decir de una serie), no me engancha. No siento ninguna urgencia por devorar la siguiente temporada. Cuando termino un cápítulo, no tengo la imperiosa necesidad de lanzarme a ver el siguiente. Y todo, pienso yo, es porque lo que me cuentan, aunque de otro modo y en otro tono, ya lo he visto. Un cabeza de familia en apuros económicos que se mete en el negocio de la droga. Un individuo corriente que acaba metido hasta las cejas en asuntos de lo más turbios y relacionándose con los más terribles criminales. Cambien las metanfetaminas por marihuana y no les costará mucho descubrir la serie que tanto me recuerda a "Breaking bad". ¿Más pistas? Empieza por "We" y acaba por "eds".

sábado 20 de junio de 2009

"Crepúsculo" y "Déjame entrar": mi novi@ bebe sangre


Antes, en las películas románticas, las estrellas de cine pedían Bloody Marys y eso nos parecía el colmo de la sofisticación. Últimamente están de más las metáforas y lo que se lleva es que los enamorados beban directamente sangre del gaznate de algún pobre desdichado (o de algún pobre cervatillo, dependiendo de la moralidad del chupasangres en cuestión). Y es que la caprichosa cartelera ha hecho coincidir, como siempre ocurre, dos películas diametralmente opuestas pero con una temática común: el amor entre humanos y vampiros.
A su manera, cada una han sido un rotundo éxito. La sueca "Déjame entrar" (que vi hace un par de meses) ha arrasado entre la crítica, mientras que la americana "Crépúsculo" (que vi ayer) ha vuelto locos a los adolescentes. A mí, que confieso mi preferencia por historias más mundanas y terrenales, que me cuesta conmoverme con imposibles dramas de amor entre humanos y no-muertos, ninguna de las dos me ha seducido en exceso. Sin embargo, sí es verdad que encuentro en ambas una especie de simetría, una complementariedad, que hace que me congratule de haber visto las dos, ya que una me tapa los agujeros dejados por la otra.

"Crepúsculo", película (y presupongo que libro) para jóvenes poco exigentes, tópica y de una simplicidad que para mi sorpresa contagia hasta a los efectos especiales, proporciona sin embargo las dosis de aventura, misterio y mitología que desde la saga de "Drácula" asocio tradicionalmente a las películas de vampiros. "Déjame entrar", por su parte, supone toda una reinterpretación del género y aporta la poesía y la originalidad que lastran a "Crepúsculo" (pese a desprender un frío que a mí particularmente me cala hasta los huesos).
Es la dicotomía más vieja del mundo. Tan vieja como los vampiros: ¿arte o espectáculo?
En cualquier caso, las conversaciones vampíricas no han hecho más que empezar, ya que me dispongo a ver la primera temporada de "True Blood." Por los comentarios sobre la serie que he oído y leído, se me afilan los colmillos.




jueves 18 de junio de 2009

"The visitor": aporreando la rutina


Me hubiera gustado aprender a tocar algún instrumento. El piano, quizás. O la guitarra. Sin embargo, la realidad es que no sé tocar ni las maracas, y por eso me siento algo identificado con el protagonista de la brillante "The visitor", con ese individuo tan triste y cuadriculado que de pronto se siente hechizado por la percusión. Y es que todos buscamos un djembé como el del entrañable Richard Jenkins para poder aporrear la rutina. Ese Rosebud que nos devuelva un poco del perdido entusiasmo infantil y nos permita evadirnos de este mundo tan serio. "El truco está en no pensar lo que haces", le dice a Jenkins el joven sirio que le enseña a tocar. Gran frase. Dejemos de pensar tanto en las consecuencias de todo y hagamos lo que nos venga en gana.
"The visitor", la segunda película de Thomas MacCarthy tras la inferior (para mi gusto) "The station agent", es un canto a la vida y a la convivencia entre seres humanos por encima de razas, clases, convenciones y leyes. Una película necesaria. Soberbia en su modestia. Maravillosa en su mesura.

miércoles 17 de junio de 2009

La Feria de los Mil Millones de Libros


Nunca olvidaré la primera vez que visité la Feria del Libro de Madrid, hace más de una década. Me sentía como un niño a las puertas de Disneylandia. Ansioso por ver en persona a sus héroes favoritos. Por mirarles a los ojos y conversar con ellos por unos segundos, aunque sólo fuera para preguntarles "¿me dedicas tu novela?". Y es que para un imberbe lector de provincias Marías, Muñoz Molina o la difunta Martín Gaite eran como los Mickey, Pluto y Donald de la literatura nacional (por mucho que las colas de verdad las copase Ibáñez dibujando Mortadelos).
Hace una semana volví a caminar por el Paseo de Coches del Retiro y ya no quedaba ni un ápice de aquella vieja emoción. Se ha ido evaporando año tras año hasta marchitarse por completo. Ni rastro de la excitación que provocaba ver a tu autor favorito en vivo y en directo. Ni un mínimo vestigio de aquella pasión por una de las citas imprescindibles del calendario.
En su lugar sólo había casetas. Y casetas. Y casetas. Inabarcables. Infinitas. Centenares, miles, millones de libros que jamás tendré tiempo de leer. Que me aturdían. Que me rodeaban. Asfixiado, apenas me detuve en ningún puesto y me fui con un ejemplar que podría haber comprado en El Corte Inglés.

lunes 15 de junio de 2009

Nunca estoy a la altura

No sé si no he tenido tiempo de escribir o si simplemente no he tenido ganas. Es lo que más me gusta de ser un trabajador con familia. Que siempre puedo echar la culpa de mi desidia a todas esas tareas que me tienen tan ocupado. A esa vida que, como reza la cabecera de este blog, me viene tan grande.
Sea como fuere, la cuestión es que el verano me ha devuelto las ganas de postear. Digamos que, de tanto masticarlo, "El último refugio" había empezado a parecerme un chicle que había perdido su sabor y que ahora, tras una pausa, me apetece volver a darle a la cyber-mandíbula.
De todas formas, aún me siento demasiado oxidado como para entrar en sesudos análisis de nada. Por eso, para reanudar mi actividad y refrescarnos del bochorno, me limito a adjuntar un estupendo video de una de las canciones españolas que más me gustan ahora mismo: "Nunca estás a la altura", de los murcianos Klaus & Kinski.