
Hace ya mucho tiempo que casi siempre enciendo la tele para usarla como tal, es decir, para ver más series que cine. Sin embargo, entre temporada y temporada de "Lost", o de "Mad Men", o de "Dexter", durante esos días de descompresión necesarios para pasar de unas ficciones a otras, acostumbro a ver varias películas. Cuando me encuentro en uno de esos periodos, como sucede ahora mismo, no hay nada que más me irrite que equivocarme en la elección de esos filmes de transición. Y el domingo me equivoqué por completo con "Bienvenidos al Norte".
Desorientado por un par de críticas elogiosas que llegaban a comparar la comedia de Dany Boon con las obras de Tati, comencé a verla con la moderada esperanza de encontrar algo interesante. A los cinco minutos de película ya me di cuenta de mi error, y es que el último gran éxito de taquilla del cine francés presenta uno de los defectos que peor soporto en un filme: la previsibilidad. No hace falta ser ningún erudito para adivinar, con sólo con asistir al planteamiento de la historia, qué le va a ocurrir a ese cartero trasladado a la pequeña localidad de Bergues, cómo va a evolucionar su estado de ánimo durante su estancia en el tan temido norte y dónde va a desembocar finalmente semejante caudal de tópicos.

Aún así, este no es ni mucho menos el principal obstáculo que un espectador español se va a encontrar al enfrentarse a esta película. Su mayor problema es que, al apoyarse la mayor parte de sus gags en las peculiaridades culturales de los habitantes de Nord Pas-de-Calais, en las costumbres y en la singular interpretación del francés de estos entrañables "ch'tis", la película excluye por completo al público más internacional y se convierte en un producto puramente localista.
Un servidor comprende perfectamente que la cinta haya arrasado al otro lado de los Pirineos (el cómico Dany Boon además debe tener allí el mismo gancho que tienen aquí un Santiago Segura o un Quique San Francisco), sin embargo, a ojos (o mejor dicho, a oídos) de un español sus bromas provocan el mismo desconcierto que suscitarían en un parisino las películas de Torrente o en un normando el sketch de la empanadilla de Móstoles.
Al menos, yo vi la película en versión original con subtítulos. Verla doblada al castellano sí que debe de ser toda una experiencia.




