martes 17 de marzo de 2009

"Bienvenidos al Norte": lost in translation


Hace ya mucho tiempo que casi siempre enciendo la tele para usarla como tal, es decir, para ver más series que cine. Sin embargo, entre temporada y temporada de "Lost", o de "Mad Men", o de "Dexter", durante esos días de descompresión necesarios para pasar de unas ficciones a otras, acostumbro a ver varias películas. Cuando me encuentro en uno de esos periodos, como sucede ahora mismo, no hay nada que más me irrite que equivocarme en la elección de esos filmes de transición. Y el domingo me equivoqué por completo con "Bienvenidos al Norte".
Desorientado por un par de críticas elogiosas que llegaban a comparar la comedia de Dany Boon con las obras de Tati, comencé a verla con la moderada esperanza de encontrar algo interesante. A los cinco minutos de película ya me di cuenta de mi error, y es que el último gran éxito de taquilla del cine francés presenta uno de los defectos que peor soporto en un filme: la previsibilidad. No hace falta ser ningún erudito para adivinar, con sólo con asistir al planteamiento de la historia, qué le va a ocurrir a ese cartero trasladado a la pequeña localidad de Bergues, cómo va a evolucionar su estado de ánimo durante su estancia en el tan temido norte y dónde va a desembocar finalmente semejante caudal de tópicos.

Aún así, este no es ni mucho menos el principal obstáculo que un espectador español se va a encontrar al enfrentarse a esta película. Su mayor problema es que, al apoyarse la mayor parte de sus gags en las peculiaridades culturales de los habitantes de Nord Pas-de-Calais, en las costumbres y en la singular interpretación del francés de estos entrañables "ch'tis", la película excluye por completo al público más internacional y se convierte en un producto puramente localista.
Un servidor comprende perfectamente que la cinta haya arrasado al otro lado de los Pirineos (el cómico Dany Boon además debe tener allí el mismo gancho que tienen aquí un Santiago Segura o un Quique San Francisco), sin embargo, a ojos (o mejor dicho, a oídos) de un español sus bromas provocan el mismo desconcierto que suscitarían en un parisino las películas de Torrente o en un normando el sketch de la empanadilla de Móstoles.
Al menos, yo vi la película en versión original con subtítulos. Verla doblada al castellano sí que debe de ser toda una experiencia.

martes 10 de marzo de 2009

Spotify: el mundo en mis manos


Os habréis preguntado cómo es que hace tanto tiempo que no hablo de música. Que no inserto ningún video de Youtube. Que no comento nada sobre ningún disco ni artista. La respuesta es bien sencilla: Spotify. Desde que tengo acceso, desde que recibí una de esas preciadas invitaciones que te hacen sentir tan especial como si te hubieran dejado entrar al Studio 54, desde entonces, como decía, tengo acceso a tanta música que ya no me cabe en la cabeza. Imposible discernir tantos temas. Imposible quedarse con un grupo. Imposible clasificar este alud de información. La música llueve de tal manera que ya ni moja.
Años atrás reservaba una parte de mi raquítico presupuesto para comprar cinco discos al mes, porque esa era la única manera de estar al día y poder escuchar los grupos y las canciones de las que te habían hablado tan bien. Esos discos eran tesoros que exprimía como un limón. Que exploraba con una curiosidad casi de entomólogo hasta memorizar sus últimos matices.
Ahora, como sabéis, basta con entrar en Spotify, teclear el nombre del disco o grupo que te interesa y ya lo tienes a tu entera disposición para escucharlo cuantas veces quieras (eso sí, no se puede descargar al iPod ni grabarlo en ningún CD, y evidentemente faltan muchas formaciones de la escena independiente).
La realidad es que toda la música del mundo brota de las yemas de mis dedos, y ahora que tengo ese inmenso poder no sé si una vida es suficiente para disfrutarlo.

miércoles 4 de marzo de 2009

Locos por "Mad Men"


Si comienzo este post diciendo que películas como "Revolutionary Road" o "Lejos del cielo" están entre mis títulos favoritos, y que siento predilección por las historias en las que los protagonistas se tragan sus emociones en lugar de proyectarlas como arma arrojadiza sobre el patio de butacas, probablemente ya imaginaréis la opinión que tengo de "Mad Men", cuya segunda temporada (con todo el dolor de mi corazón) terminé de ver ayer.
Al igual que en los filmes mencionados, la serie creada por Mathew Weiner nos hace retroceder a los Estados Unidos de hace 50 años para hipnotizarnos con una delicioso y sutil historia de emociones subterráneas, de fascinantes relaciones humanas, en las que la acción no se ve, sino que fluye bajo la piel de unos personajes tan fantásticamente caracterizados que cuesta imaginar que estén interpretados por actores del siglo XXI.
Y es que si hubiera que elegir una palabra para definir la serie del momento (arrasó en los Emmy y se estrena ahora en Cuatro) sin duda sería contención. Una elegante mesura en el estilo narrativo y en el desarrollo de la trama (en contraste con la espectacular dirección artística) que empapa todos los episodios y que tal vez puede hacer que "Mad Men" no sea plato para todos los gustos, al menos para aquellos acostumbrados a tramas rebosantes de efectistas giros argumentales o con tendencia al excesivo melodramatismo.
Mención aparte merece el protagonista de esta historia: Donald Draper. Ese antihéroe poliédrico, de multiples caras y aristas, embarcado en una interminable huida de si mismo. Si yo fuera Jon Hamm, me sentiría en deuda eterna con aquellos que le han dado la oportunidad de encarnar a uno de los personajes más complejos de la televisión de todos los tiempos.

domingo 1 de marzo de 2009

"Las hermanas Brown": tempus fungit


Todos sabemos que gran parte de la magia de la fotografía reside en su capacidad de parar el tiempo. Por eso la exposición "Las hermanas Brown", del norteamericano Nicholas Nixon, es tan especial. Porque en lugar de detenerlo, hace que vuele.
Desde 1975, Nixon ha reunido y ha fotografiado cada año, más o menos en la misma posición, a su esposa Bebe y a sus tres cuñadas: Mimi, Laurie y Heather. Una emocionante serie de 33 fotografías (y las que puedan quedar todavía) que cuelgan ahora mismo de las paredes de la madrileña Fundación Mapfre para recordarnos la implacable finitud y a la fragilidad de nuestra condición humana.
Asomarse al rostro de estas bellas mujeres es simplemente asomarse al misterio de la vida. Caminar entre sus retratos, recorrer su existencia en unos pocos pasos, se convierte en una experiencia única que nos desliza por la alfombra del tiempo.
Arte sin artificios en una exposición impagable y conmovedora. Tan sencilla y tan brillante como la verdad.