martes 17 de febrero de 2009

"Un día perfecto": neo-neorrealismo italiano


Si ahora mismo me preguntaran por escritores italianos contemporáneos, la cabeza se me iría inmediatamente a Melania G. Mazzuco. Es cierto que en los últimos tiempos he disfrutado tanto o más de otros compatriotas suyos como Baricco, Tabucchi o el propio Eco, pero ninguno de estos autores aparece en mi memoria tan indisolublemente unido a su país de origen como en el caso de la novelista romana. Y es que en las dos obras de Mazzuco que he leído, Italia no es sólo un paisaje, un telón de fondo que funciona como decorado de la acción. En ambos libros, Italia es la absoluta protagonista.
Mientras en "Vita", ambientada a principios del siglo XX, Mazzuco nos presenta un país cien años más joven, una nación pobre e inmadura cuyos habitantes se ven obligados a huir al otro lado del Atlántico en busca de una vida mejor, en "Un día perfecto" nos muestra un retrato de la Italia de hoy en día, un estado infinitamente más desarrollado pero al que el bienestar y el progreso han acabado inoculando nuevos males.
Mazzuco completa en su última obra un brillante ejercicio de estilo y, articulando la acción en torno a una cuenta atrás de veinticuatro horas, nos ofrece un apreciable fresco social en el que quedan retratados muchos de los problemas de nuestros días. A través de varios protagonistas, un puñado de atribulados perdedores desorientados en la inmensidad de Roma, la pluma omnisciente y camaleónica de Mazzuco va describiendo distintas realidades. Así, demostrando haber llevado a cabo un exigente trabajo de documentación, la autora se mete en la piel de personajes tan dispares como una mujer maltratada, un profesor gay, un político en caída libre o un joven antisistema y acaba componiendo un drama costumbrista rabiosamente actual. Una tragedia coral que probablemente tenga fecha de caducidad pero que, a día de hoy, sorprende por su pesimista lucidez.

viernes 13 de febrero de 2009

"Slumdog millionaire": pasaje a la India


Mi suegra vive en India la mitad de su vida. Buena parte de mi familia política conoce bien el país y yo mismo lo he visitado tratando de mantenerme al margen de las rutas turísticas. Digamos por tanto que, desde hace años, mantengo cierta relación con esta suerte de inabarcable subcontinente. Pues bien. Después de todo este tiempo, todavía no he decidido si me gusta o no. Si, pese a sus maravillas, soy capaz de olvidar el terrible sistema de castas sobre el que se sustenta. Si puedo abstraerme de su pobreza.
Tal vez por eso me ha encantado "Slumdog millionaire". Porque creo que da completamente en la diana al plasmar de forma tan transparente y fidedigna las contradicciones del gigante asiático, un lugar en el que la ternura, la inocencia y la espiritualidad más genuinas conviven con la cara más oscura de la existencia. Un país en el que la majestuosidad y el oropel de Bollywood, el incipiente boom económico y tecnológico y la explosión inmobiliaria eclipsan una sórdida y perenne realidad de gangsterismo, mendicidad y muerte.
Boyle, que ha sido criticado por un amplio sector del público hindú, más acostumbrado a ficciones edulcoradas hasta el empalago, no se muerde la lengua en su empeño por mostrarnos la verdadera India. Como ya hiciera en "Trainspotting", manteniendo el estilo marca de la casa y haciéndose acompañar una vez más de una poderosa banda sonora, nos brinda una historia crudísima que le sirve para resucitar de entre los muertos y volver tantos años después a la primera plana del panorama cinematográfico.
Sin embargo, y para no asustar a aquellos que suelen huir de las tragedias, no todo son desgracias en "Slumdog millionaire". Lo que hace particularmente emocionante esta épica y desgarradora historia de amor es su optimista moraleja. El esperanzador mensaje de que el destino, tarde o temprano, acaba recompensándonos de nuestras cuitas. De que hasta un testarudo perro callejero puede dejar atrás sus penalidades y convertirse en el hombre más afortunado del país.

lunes 9 de febrero de 2009

"Delicioso suicidio en grupo": próxima parada, la muerte

El humor es el mayor síntoma de inteligencia. Asumiendo esta innegable máxima, Arto Paasilinna (qué extraordinaria sonoridad la de los nombres finlandeses) debe ser un hombre tremendamente sabio porque en "Delicioso suicidio en grupo" se ríe de lo que más nos aterra: la muerte.
Autor de gran éxito en su país, Paasilinna, con esa fina ironía y ese humor un punto absurdo que comparte con, por ejemplo, su compatriota Kaurismaki, se enfrenta en esta novela a uno de los males endémicos de su patria. Y es que la oscuridad, el frío y el aislamiento han convertido al país nórdico en un nido de suicidas, algo que en el fondo parece encajar con su nombre (¿no os suena el nombre de Finlandia a lugar en el que todo se acaba?).
Juegos etimológicos aparte, el caso es que Passilinna se vale de esta macabra estadística para ofrecernos una road-movie completamente surrealista. Un viaje delirante protagonizado por un grupo de desgraciados que deciden poner fin a su vida de forma colectiva. A bordo de un moderno autocar, esta curiosa hermandad irá recorriendo media Europa en busca del lugar perfecto para despedirse de la existencia: Cabo Norte, Suiza, Portugal... Sin embargo, a medida que van poniendo kilómetros de por medio con respecto a su miserable vida, irán descubriendo que el mundo es demasiado grande como para abandonarlo sin pensárselo dos veces. Al menos lo suficientemente grande como para poder mantenerse alejado de la tristeza sin problemas.
Pese a su prometedor comienzo, esta simpática novela, como las ganas de suicidarse de sus protagonistas, parece enfriarse a medida que avanzan las páginas. En cualquier caso, siempre es saludable para alguien que tiene tanto pánico a la muerte como yo dedicarle algo de tiempo de vez en cuando. Sobre todo si es para reirse de ella.

jueves 5 de febrero de 2009

"Watchmen" y "Plomo Man"

Aquellos que hace unos meses leyerais el nada entusiasta post que escribí con motivo del estreno de la aclamada "El caballero oscuro" ya os habréis dado cuenta de que esto de los súper-héroes no es lo mío. Sin embargo, como no escarmiento, sigo reincidiendo y dándoles segundas, terceras y cuartas oportunidades a unos personajes que al final, más que admiración, sólo acaban provocándome tedio.
La énesima decepción me la he llevado con "Watchmen", comic de culto de Alan Moore y Dave Gibbons por el que siempre sentí curiosidad y en cuya lectura finalmente me animé a embarcarme ante la inminencia del estreno de la película.
Aunque soy un completo profano en la materia, puedo reconocer sus innegables méritos narrativos. Su gran estilo y su minuciosa planificación cinematográfica. El titánico esfuerzo que debe representar acometer un proyecto de tales dimensiones. Su ambicioso planteamiento argumental. Sin embargo, todos esos ingredientes no han bastado para suscitar en mí una mínima emoción. De hecho me han dejado helado, porque al igual que me sucede con todo la pseudo-filosofía que rodea el mundo de los súper-héroes, gran parte del discurso de "Watchmen", por mucho que desmitifique muchas de las constantes del género, me pareció tan pueril y sonrojante que a punto estuve de no llegar al desenlace de la historia (que dicho sea de paso, quizás sea el punto más flojo de la obra).

Tres cuartos de lo mismo (aunque a otra escala, porque tampoco tenía excesivas ilusiones) me ha sucedido con "Iron man", una película infantil, plúmbea y aburrida hasta la extenuación. Baste decir que los últimos diez minutos los tuve que reproducir como cinco o seis veces porque no había forma de terminar sin quedarme dormido. Lo peor, en todo caso, no es ver a Robert Downey Jr. desperdiciar su talento bajo ese montón de sofisticada chatarra. Lo peor es la certeza, a tenor de cómo acaba el filme, de que la saga continuará.

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lunes 2 de febrero de 2009

"Revolutionary Road": la vida como trampa


Su relación está muerta, y por eso él tiene tan pocas ganas de volver a casa. Contra todo pronóstico, su mujer le espera con una sonrisa de oreja a oreja. Con la cara iluminada porque ha trazado un plan para reflotar su matrimonio. Ella primero le felicita, porque ese día es su cumpleaños, y más tarde le cuenta su idea: mudarse a París.
Él, Frank Wheeler, Leonardo Di Caprio, se sorprende. Pregunta por qué. Qué van a hacer allí. De qué van a vivir. Ella, April Wheeler, Kate Winslet, le abre los ojos y le convence. París le permitirá huir de su vida. De ese trabajo que tanto le aburre. De la monotonía del día a día. De la frustración. París le devolverá su existencia. Sus anhelos. Le permitirá, de una vez por todas, ser el hombre que siempre quiso ser.
Los dos atisban un rayo de esperanza. Sonríen. Y entonces yo, parapetado en la oscuridad de la sala, noto como el alma se me sube a la garganta y empieza a resbalar a través de mis ojos porque, por unos momentos, me siento como si fuera el paciente de una terapia de choque al más puro estilo "La caja" de Tele 5.


Es imposible que analice con objetividad "Revolutionary Road" porque su historia me da donde más me duele. Me remueve por completo. Desde el mismo momento en que leí la novela, hace cuatro o cinco años, la obra de Richard Yates pasó a ser uno de mis títulos de cabecera. Y todos esos fantasmas, todas esas crudísimas reflexiones, están excelentemente plasmadas en la adaptación de Sam Mendes.
Aparte de la trágica crónica del descenso a los infiernos de una pareja en crisis (gracias a Dios esos problemas no me atañen), "Revolutionay Road" es una fotografía magistral de la decepción humana y de nuestro perenne inconformismo. De como el futuro no siempre es lo que uno esperaba. De como la presión social nos obliga a seguir los mismos caminos que los demás aún a costa de nuestras ilusiones.
La crítica, el público y la academia de Hollywood han recibido con cierta tibieza la película. La misma falta de entusiasmo con que fue recibida en su día la obra de Richard Yates. A mí sin embargo no se me ocurre una forma más brillante, incluso más de 40 años después de ser escrita, de describir los males de nuestra supuesta sociedad del bienestar.