miércoles 28 de enero de 2009

"Hace mucho que te quiero": escribir con imágenes


He leído dos novelas de Philippe Claudel: "Almas grises" y "La nieta del señor Linh". Dos obras tan breves como contundentes. Dos libros soberbios y conmovedores sobre la naturaleza humana. Por eso, en cuanto descubrí que el autor francés había dado el salto al cine, que se había aventurado a proseguir su oficio de contador de historias con otras herramientas diferentes, sentí un tremendo interés por ver el resultado.
"Hace mucho que te quiero" demuestra que se puede pasar con éxito del papel al celuloide. Que la sensibilidad de un escritor puede ir más allá de las palabras y manifestarse también en imágenes. Si a esto le sumamos una inolvidable interpretación de Kristin Scott Thomas, desarmante en su papel de atormentada ex-reclusa, obtenemos uno de los títulos más emocionantes del cine europeo reciente.

jueves 22 de enero de 2009

Encontrando a Wall-E


Perdón por la frivolidad, pero siempre pensé (incluso antes de convertirme en padre) que una de las mejores cosas de tener descendencia sería disfrutar de las películas de Pixar en compañía de mi hijo. Volver a gozar como un enano con las aventuras de Woody y Buzz Lightyear. Con el mundo en miniatura de "Bichos". Con Los Increibles. Con la desopilante escena de las puertas de "Monstruos S.A". Con ese maravilloso plato de alta cocina animada que es "Ratatouille".
Hasta ahora había tenido que retrasar el comienzo de esta suerte de cine-fórum familiar a la espera de que mi pequeño estuviera mínimamente preparado para estímulos más complejos. Me había limitado a comprarle un pack de calzoncillos Pixar para que siempre tuviera un Rayo McQueen o un Nemo bajo los pantalones. Sin embargo, la semana pasada llegó el gran día. Y que mejor película para abrir este ciclo que la que algunos consideran el más brillante título de animación de la historia: "Wall-E".
Lo mejor de "Wall-E" es lo que, paradójicamente, la mayoría de padres critican como su principal defecto: su ausencia de diálogos. Para el niño, porque pudo así introducirse en el mundo de los largos de forma más light y amena, sin verse obligado a tener que descifrar conversaciones que aún están fuera de su alcance. Para mí, porque me permitió disfrutar de un deslumbrante despliegue de animación muda, un ejercicio de una delicadeza y perfección absolutas, que representa sin duda una de las cumbres del género.
Y es que si algo caracteriza a Pixar y les diferencia de todos sus competidores, siempre a rebufo del talento de los chicos de Lasseter, es su innovación. Su permanente deseo de ir más allá. Mientras otras películas siguen esquemas demasiado conformistas y planteamientos argumentales en exceso arquetípicos, Pixar siempre busca una vuelta de tuerca. Por eso, como Wall-E y Eve, están en la estratosfera.
Para la historia quedará también esa interpretación del futuro lejano, en el que la tecnología nos habrá despojado de toda vitalidad e iniciativa convirtiéndonos en masas amorfas y sedentes.
Por si no os he vendido lo suficiente "Wall-E", adjunto un video de la corporación Buy N Large que os mostrará otras virtudes de este pequeño gran robot.




viernes 16 de enero de 2009

"Happy-Go-Lucky": la sonrisa como escudo

Hace algunos años pasó de puntillas por la cartelera una metafísica película de dudosos méritos artísticos pero apasionante desde otros puntos de vista: "¿Y tú qué sabes?". Básicamente, el estimulante mensaje de esta especie de filme de auto-ayuda era que el universo entero está en nuestra mente, y que somos nosotros, y sólo nosotros, los que tenemos el poder de cambiarlo y hacer que funcione a nuestro antojo, lo que supondría el fin de la desdicha, la monotonía, la angustia y el dolor.
No existe una relación muy directa entre esta película y "Happy-Go-Lucky", pero no puedo evitar acordarme de ella al asistir al extremo (a veces entrañable, a veces estomagante) despliegue de felicidad de Poppy, la protagonista de lo último de Mike Leigh, un filme edificado, más que sobre una historia y un argumento, sobre un mensaje.
Y es que Poppy, interpretada por Sally Hawkins, tiene un plan maestro para enfrentarse a la rutina diaria, a la agresividad, a la miseria, a la presión social, al eterno cielo gris de Londres. Un remedio tan simple que, como todas las grandes ideas, uno no sabe porque no se le ha ocurrido a él antes. Ese plan no es otro que la sonrisa. Tan sencillo y tan complejo. La sonrisa real y genuina no sólo como coraza sino también como elemento arrojadizo. Como luminosa arma biológica con la que intoxicar al entorno.
Ya lo sabíamos, pero está bien que nos lo recuerden. La felicidad ni se busca ni se encuentra. La felicidad se crea.

lunes 12 de enero de 2009

Mi vida con Paul


Si tuviera que secuestrar a algún escritor en plan "Misery", alguien que haya tenido una especial repercusión en mi vida a través de su obra y al que no me importaría tener encadenado a una cama para intercambiar mil impresiones, sin duda el elegido sería Paul Auster. Y es que desde "Trilogía de Nueva York", que leí en la universidad, hasta "Un hombre en la oscuridad", que acabo de terminar, podría utilizar sus novelas como una gran madeja a partir de la cual desenrollar la historia de mis quince últimos años.
Recuerdo leer "El palacio de la luna" en el trayecto en autobús a la facultad, y "Mr. Vértigo" y "Leviatán" en mis primeros viajes a Madrid. Recuerdo que fue "Smoke" una de las primeras películas que vi en un cine de la capital, y "Blue in the face" una de las primeras que alquilé en el videoclub. Recuerdo mis primeros días de trabajo con "Tombuctú" debajo del brazo, y otros días venideros, siempre en transporte público, con "El libro de las ilusiones", "La noche del oráculo" y "Brooklyn Follies".
"Un hombre en la oscuridad" fue uno de los regalos de mi último cumpleaños y, aunque no me ha encantado, su lectura, siempre entretenida, me ha traído ese sabor placentero del reencuentro con un viejo conocido.
Hace dos años la casualidad quiso que coincidiera con Auster en el Festival de San Sebastián. Yo desayunaba en el Hotel María Cristina y él se sentó discretamente en la mesa de al lado. Ni se me ocurrió interrumpir su café con una absurda petición de autógrafo o con la declaración de mi rendida admiración. Quédese tranquilo, Mr. Auster. Soy el fan más inofensivo que pueda imaginar.

jueves 8 de enero de 2009

Benditas horas de verano


Desde que nací, y hasta que entré en la veintena, pasé casi todos los veranos en una pequeña casa en las afueras de Orense. Un lugar en el que me creía inmortal, los días de sol eran eternos y la vida al aire libre sustituía al enclaustramiento entre las cuatro paredes de nuestra casa habitual. Allí podías jugar al escondite entre interminables hileras de viñedos. Construir cabañas de madera en el monte. Perseguir topos. Observar a los zorros saliendo de sus madrigueras. Allí la tristeza y la urgencia simplemente no existían. Y de pronto, a la vez que la vida de mis abuelos, todo se evaporó. Como sucede con todas las casas y terrenos imposibles de dividir, aquel pedazo de nuestra existencia se puso en venta. Víctimas del pragmatismo que suele dominar nuestros actos, nos vimos exiliados para siempre de un fragmento de nosotros mismos.
"Las horas del verano", de Olivier Assayas, cuenta esta misma historia y reivindica la humanidad de lo inanimado. De aquellos objetos, casas y paisajes que fueron testigo de nuestra existencia. Assayas logra emborracharnos de nostalgia con una sabia economía de recursos dramáticos que sólo puede dejar frío quizás a los amantes de dramas más convencionales y construye otro gran ejemplo de ese cine reflejo de la vida, inspirado en emociones reales, que tanto me gusta.
No quisiera terminar el post sin destacar un momento. El regreso a casa de esa abuela al final de sus días cuando sus hijos y nietos la abandonan después de un día de fiesta.

miércoles 7 de enero de 2009

"Quemar después de leer" y el cine maldito


Generalmente, los blogs sirven para hablar de las películas que has visto. Sin embargo, me parece aún más interesante hablar por una vez de una película que no puedo ver. Un título maldito, no porque haya sido dirigido por un Jess Franco o un Iván Zulueta, sino porque el destino me ha castigado con la imposibilidad de disfrutar de él.
El primer día que intenté ver "Quemar después de leer" fue el que me supuso una mayor decepción. Me sentía exultante porque había podido arreglar todo para poder gozar, como sólo se goza de un eclipe solar o de un centenario, de una tarde de cine. Sin embargo, cuando me disponía a salir de la oficina, fui requerido por mi jefa, y este pequeño gran imprevisto motivó que me plantara en los Renoir cuando la película llevaba 10 minutos de proyección. No hace falta recordar que mi religión me prohibe perderme un sólo fotograma.
El segundo día, nada hacía presagiar la catástrofe. Me encontraba en una pequeña y encantadora ciudad de provincias inmune a las colas y a las aglomeraciones, y la confianza me hizo plantarme en la taquilla cinco minutos antes. Con terror me encontré con que sólo quedaban dos butacas libres, y mi religión (amén de mis cervicales) también me prohibe ver una película en la primera fila.
Por último, la tercera vez, y perdón por el tópico, no fue la vencida. Había vuelto a conseguir convertir el agua en vino, multiplicar los panes y los peces y poner el mundo del revés para tener la tarde libre cuando, de pronto, emergió en mi agenda uno de esos compromisos desconocidos para mí hasta hace bien poco: el cumpleaños de un amigo de mi hijo. Mi religión no dice nada acerca de estas celebraciones, pero sí que me prohibe ser un capullo, así que se esfumó la posibilidad de disfrutar (o no) con lo último de los Coen.
Sé que tarde o temprano, acabaré viéndola, pero a día de hoy, "Quemar después de leer" se alza ante mí enorme e imponente como un Kachenjunga o un Annapurna del que hubiera salido rebotado por cualquiera de sus caras.