miércoles 11 de noviembre de 2009

La lucidez de Saramago


Veo al grandísimo José Saramago en televisión y le encuentro muy delgado y envejecido. Le imagino víctima de alguna enfermedad, de los achaques naturales en alguien que llegó al mundo en 1922. Y sufro por él. Pero no por su edad ni por su frágil aspecto. Sufro de vergüenza por la entrevista tan ofensivamente simple a la que le somete una reportera de "El Intermedio" de La Sexta. Una de esas periodistas osadas, herederas de Santiago Urrialde o los hombres CQC, capaces de interpelar a un Nobel con una sarta de bochornosas preguntas, plagada de superficialidad y baratos juegos de palabras, sin apenas ruborizarse.

Me siento especialmente sensible porque me pilla en la mitad de la lectura de una de las obras del autor que me faltaban: "Ensayo sobre la lucidez". Y sospecho que la joven que le entrevista, que probablemente no lo haya leído, ni esa ni ninguna otra, se siente transgresora con ese cuestionario de párvulos sin imaginar cuánto le supera en espíritu crítico y revolucionario, cuánto más infinitamente moderno (y descarado, y vanguardista, y elegante, por supuesto) es ese octogenario enjuto que tiene enfrente.

En "Ensayo sobre la lucidez", una de sus novelas más valientes, Saramago se desliza por la enorme grieta entre el pueblo y el poder y arremete contra todo. Contra la sacrosanta democracia. Contra los gobernantes y la clase política. Contra el papanatismo y la falta de independencia de los medios de comunicación.

En el prime-time de hoy, los únicos huecos que quedan para tipos así son entrevistas tan pueriles como esta de La Sexta. Podríamos pensar que hay miedo a personajes incendiarios capaces de agitar las conciencias, pero no es así. Ojalá. Simplemente hay pánico y pavor a la cultura. A que los espectadores crean que les quieren hacer pensar y, entonces, apaguen la tele.