
Hasta ahora, en todas las películas que había visto sobre la II Guerra Mundial, los pobres judíos apenas oponían resistencia. Eran vulnerables. Presas fáciles para sus depredadores. En palabras del coronel Hans Landa (monumental personaje creado por Tarantino) inocentes roedores completamente indefensos antes el insaciable halcón nazi.
Últimamente, a tenor de las dos películas que acabo de ver, esto parece haber cambiado. Los judíos han pasado al ataque. Aunque de forma muy diferente en cada caso, fruto, evidentemente, de la visión tan opuesta del cine que tienen Tarantino y el más clasicón Edward Zwick.

Los judíos de "Malditos bastardos" matan con garbo y con estilo. Molan. Molan mucho. Batean el cráneo a los militares alemanes y arrancan sus cabelleras como recuerdo. Hablan en inglés porque han venido de América para vengar a sus compañeros y su presencia se echa de menos en gran parte de la película. No en vano, ellos, el mencionado coronel Landa y los desopilantes diálogos son lo mejor del filme.
Los judíos de "Resistencia", sin embargo, no molan nada. Aburren a las ovejas y, de forma incomprensible y ridícula, hablan en inglés con acento ruso. No matan por placer, sino como última opción para proteger su escondite en lo más profundo de la campiña bielorrusa. Teniendo en cuenta que la película se basa en una historia real, los judíos liderados por Daniel Craig probablemente sean más verosímiles que esa especie de sacamantecas de cuento infantil nazi que dirige Brad Pitt. Sin embargo, mientras uno aguanta con pereza sus penurias, acaba pensando que el título del filme quizás no haga alusión a esas calamidades, sino a la paciencia del espectador.

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