
En estos tiempos de vendedores de humo en los que nadie sabemos hacer nada, plagado de ejecutivos de marketing, jefes de producto, consultores, banqueros y demás charlatanes, resulta reconfortante visitar exposiciones como la de Richard Rogers en el CaixaForum de Madrid y disfrutar con el legado de alguien que ha dedicado su vida a producir bienes materiales. A construir algo tangible.
La sala, diáfana y enorme, que el museo dedica a la extensa obra del arquitecto es una suerte de réplica del cerebro del creador. Un gran caos ordenado. Un espacio blanco y luminoso repleto de memorias de lo ya construido (Centro George Pompidou, Terminal 4 de Barajas...), de maquetas de los proyectos en marcha y de ideas futuras aún sin concretar. Una muestra densa y nutritiva para disfrutar de la inventiva de este constructor de edificios-máquina y reencontrarse con la capacidad productiva del ser humano. Un lugar para recapacitar sobre lo infinito de nuestro potencial cuando decidimos ponerlo al servicio de algo útil.

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