
No sé de nada. Y menos de arte. Sin embargo, camino por los pasillos de la Fundación Mapfre, observo las esculturas de la exposición "¿Olvidar a Rodin?", y tengo la deliciosa certeza de estar presenciando algo grande. Algo trascendente.
Leo los paneles explicativos y descubro que todas las obras pertenecen a grandes genios de la disciplina que coincidieron en París entre 1905 y 1914: Archipenko, Brancusi, Epstein, el propio Rodin... Examino las armoniosas formas de "La Mediterránea" de Maillol (en la foto), o la estilizada figura de esa especie de Grecos en tres dimensiones que esculpía Lehmbruck, y reflexiono sobre la capacidad mágica que tiene una muestra de parar el tiempo y el espacio. De condensarlo. De concentrar en una gota perfecta un oceáno de años, tendencias, obras, personas, escuelas...
Sigo leyendo y averiguo que Rodin es el motor de ese torrente artístico. Que los autores que le siguieron se rebelaron contra el exceso de expresividad y dramatismo de su estilo y buscaron la vanguardia en el clacisismo y en formas más serenas y moderadas. Llego al final de la exposición y, como resumen perfecto de esta explicación, veo a "El Pensador" de Rodin y a "El Hombre Sentado" de Lehmbruck. Ambos desarmantes. Uno por su fuerza y otro por su sencillez. Y pienso en lo maravilloso que ha sido dedicar mi tiempo a ser un poco menos ignorante.

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