
Es imposible no envidiar a Paolo Giordano, que nos mira triunfante desde la solapa de su tristísima ópera prima. Joven. Inteligente. Guapo, incluso. Inevitable sentir celos de alguien que con sólo 26 años ya ha ganado el premio Strega, el mayor galardón de las letras italianas, y se ha metido en el bolsillo no sólo al público, sino también a la crítica de medio mundo.
Uno queda desarmado por el precoz talento de este físico capaz de encontrar la fórmula del éxito a tan temprana edad. Por la hermosa metáfora matemática que ha elegido para hilar su historia y dar título al libro. Por su pericia a la hora de ensamblar la trama, haciendo un uso admirable de la elipsis y construyendo dos vidas a través de momentos concretos.
Sin embargo, y por encima de todo, queda conmovido por su valentía para sumergirse en las tripas de la soledad, en esa negra e infranqueable burbuja en la que viven envueltos Mattia y Alice, los dos protagonistas de la novela.
En un mundo plagado de historias de amor convencionales, el periplo vital de estos dos crónicos inadapatados, de estas dos líneas paralelas que avanzan separadas hacia el infinito, deja en el corazón el delicioso amargor de las obras destinadas a perdurar. Bravo Paolo.

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