
Me hubiera gustado aprender a tocar algún instrumento. El piano, quizás. O la guitarra. Sin embargo, la realidad es que no sé tocar ni las maracas, y por eso me siento algo identificado con el protagonista de la brillante "The visitor", con ese individuo tan triste y cuadriculado que de pronto se siente hechizado por la percusión. Y es que todos buscamos un djembé como el del entrañable Richard Jenkins para poder aporrear la rutina. Ese Rosebud que nos devuelva un poco del perdido entusiasmo infantil y nos permita evadirnos de este mundo tan serio. "El truco está en no pensar lo que haces", le dice a Jenkins el joven sirio que le enseña a tocar. Gran frase. Dejemos de pensar tanto en las consecuencias de todo y hagamos lo que nos venga en gana.
"The visitor", la segunda película de Thomas MacCarthy tras la inferior (para mi gusto) "The station agent", es un canto a la vida y a la convivencia entre seres humanos por encima de razas, clases, convenciones y leyes. Una película necesaria. Soberbia en su modestia. Maravillosa en su mesura.

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