
Nunca olvidaré la primera vez que visité la Feria del Libro de Madrid, hace más de una década. Me sentía como un niño a las puertas de Disneylandia. Ansioso por ver en persona a sus héroes favoritos. Por mirarles a los ojos y conversar con ellos por unos segundos, aunque sólo fuera para preguntarles "¿me dedicas tu novela?". Y es que para un imberbe lector de provincias Marías, Muñoz Molina o la difunta Martín Gaite eran como los Mickey, Pluto y Donald de la literatura nacional (por mucho que las colas de verdad las copase Ibáñez dibujando Mortadelos).
Hace una semana volví a caminar por el Paseo de Coches del Retiro y ya no quedaba ni un ápice de aquella vieja emoción. Se ha ido evaporando año tras año hasta marchitarse por completo. Ni rastro de la excitación que provocaba ver a tu autor favorito en vivo y en directo. Ni un mínimo vestigio de aquella pasión por una de las citas imprescindibles del calendario.
En su lugar sólo había casetas. Y casetas. Y casetas. Inabarcables. Infinitas. Centenares, miles, millones de libros que jamás tendré tiempo de leer. Que me aturdían. Que me rodeaban. Asfixiado, apenas me detuve en ningún puesto y me fui con un ejemplar que podría haber comprado en El Corte Inglés.

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