miércoles 24 de junio de 2009

"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad": hogar, amargo hogar


Últimamente pienso mucho en la familia. Probablemente porque sólo tengo un hijo y todo el mundo (el hombre es un animal entrometido por naturaleza) me dice que tengo que darle un hermano.
En realidad, más que pensar imagino. Miro hacia el futuro y trato de adivinar cómo puede ser la relación con mis vástagos de aquí a veinte o treinta años. Fantaseo con momentos idílicos. Soleados días de playa. Bucólicos picnics. Entrañables comidas. Todo parece, en principio, maravilloso. Sin embargo, la realidad me dice que tal vez peco de optimista. Que los hermanos no siempre acaban siendo esos amigos y compañeros inseparables que uno imagina. A mi alrededor, no dejo de ver familias unidas por unos lazos demasiado frágiles. Distanciadas, cuando no enfrentadas. Separadas por diferentes barreras. Como si, en muchos casos, la concordia, la felicidad y el calor del hogar tuviesen fecha de caducidad. Como si al crecer y entrar en la vida adulta, al fundar nuestros propios clanes, nos olvidáramos y nos alejáramos de nuestros orígenes.





"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad" hablan de esto. De la cara menos amable de la familia. De esas reuniones con padres, tíos, abuelos y hermanos que acaban explotando como bombas de relojería. Ambos títulos bucean en la complejidad del entramado familiar. En sus luces y sus sombras, aunque cada uno en su estilo. Por hacer una metáfora que venga a cuento, diríamos que los dos filmes guardan el código genético de la industria que las ha alumbrado. La película de Jonathan Demme (la que más me gusta) sigue la tradición del cine independiente americano, mientras que "Un cuento de Navidad" cumple las líneas maestras de gran parte del cine francés, elegante e intelectualmente ambicioso.
Dos películas espejo en las que más de una familia (y de dos) se verá retratada.