sábado 20 de junio de 2009

"Crepúsculo" y "Déjame entrar": mi novi@ bebe sangre


Antes, en las películas románticas, las estrellas de cine pedían Bloody Marys y eso nos parecía el colmo de la sofisticación. Últimamente están de más las metáforas y lo que se lleva es que los enamorados beban directamente sangre del gaznate de algún pobre desdichado (o de algún pobre cervatillo, dependiendo de la moralidad del chupasangres en cuestión). Y es que la caprichosa cartelera ha hecho coincidir, como siempre ocurre, dos películas diametralmente opuestas pero con una temática común: el amor entre humanos y vampiros.
A su manera, cada una han sido un rotundo éxito. La sueca "Déjame entrar" (que vi hace un par de meses) ha arrasado entre la crítica, mientras que la americana "Crépúsculo" (que vi ayer) ha vuelto locos a los adolescentes. A mí, que confieso mi preferencia por historias más mundanas y terrenales, que me cuesta conmoverme con imposibles dramas de amor entre humanos y no-muertos, ninguna de las dos me ha seducido en exceso. Sin embargo, sí es verdad que encuentro en ambas una especie de simetría, una complementariedad, que hace que me congratule de haber visto las dos, ya que una me tapa los agujeros dejados por la otra.

"Crepúsculo", película (y presupongo que libro) para jóvenes poco exigentes, tópica y de una simplicidad que para mi sorpresa contagia hasta a los efectos especiales, proporciona sin embargo las dosis de aventura, misterio y mitología que desde la saga de "Drácula" asocio tradicionalmente a las películas de vampiros. "Déjame entrar", por su parte, supone toda una reinterpretación del género y aporta la poesía y la originalidad que lastran a "Crepúsculo" (pese a desprender un frío que a mí particularmente me cala hasta los huesos).
Es la dicotomía más vieja del mundo. Tan vieja como los vampiros: ¿arte o espectáculo?
En cualquier caso, las conversaciones vampíricas no han hecho más que empezar, ya que me dispongo a ver la primera temporada de "True Blood." Por los comentarios sobre la serie que he oído y leído, se me afilan los colmillos.