
Os habréis preguntado cómo es que hace tanto tiempo que no hablo de música. Que no inserto ningún video de Youtube. Que no comento nada sobre ningún disco ni artista. La respuesta es bien sencilla: Spotify. Desde que tengo acceso, desde que recibí una de esas preciadas invitaciones que te hacen sentir tan especial como si te hubieran dejado entrar al Studio 54, desde entonces, como decía, tengo acceso a tanta música que ya no me cabe en la cabeza. Imposible discernir tantos temas. Imposible quedarse con un grupo. Imposible clasificar este alud de información. La música llueve de tal manera que ya ni moja.
Años atrás reservaba una parte de mi raquítico presupuesto para comprar cinco discos al mes, porque esa era la única manera de estar al día y poder escuchar los grupos y las canciones de las que te habían hablado tan bien. Esos discos eran tesoros que exprimía como un limón. Que exploraba con una curiosidad casi de entomólogo hasta memorizar sus últimos matices.
Años atrás reservaba una parte de mi raquítico presupuesto para comprar cinco discos al mes, porque esa era la única manera de estar al día y poder escuchar los grupos y las canciones de las que te habían hablado tan bien. Esos discos eran tesoros que exprimía como un limón. Que exploraba con una curiosidad casi de entomólogo hasta memorizar sus últimos matices.
Ahora, como sabéis, basta con entrar en Spotify, teclear el nombre del disco o grupo que te interesa y ya lo tienes a tu entera disposición para escucharlo cuantas veces quieras (eso sí, no se puede descargar al iPod ni grabarlo en ningún CD, y evidentemente faltan muchas formaciones de la escena independiente).
La realidad es que toda la música del mundo brota de las yemas de mis dedos, y ahora que tengo ese inmenso poder no sé si una vida es suficiente para disfrutarlo.
La realidad es que toda la música del mundo brota de las yemas de mis dedos, y ahora que tengo ese inmenso poder no sé si una vida es suficiente para disfrutarlo.

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