
Si comienzo este post diciendo que películas como "Revolutionary Road" o "Lejos del cielo" están entre mis títulos favoritos, y que siento predilección por las historias en las que los protagonistas se tragan sus emociones en lugar de proyectarlas como arma arrojadiza sobre el patio de butacas, probablemente ya imaginaréis la opinión que tengo de "Mad Men", cuya segunda temporada (con todo el dolor de mi corazón) terminé de ver ayer.
Al igual que en los filmes mencionados, la serie creada por Mathew Weiner nos hace retroceder a los Estados Unidos de hace 50 años para hipnotizarnos con una delicioso y sutil historia de emociones subterráneas, de fascinantes relaciones humanas, en las que la acción no se ve, sino que fluye bajo la piel de unos personajes tan fantásticamente caracterizados que cuesta imaginar que estén interpretados por actores del siglo XXI.

Y es que si hubiera que elegir una palabra para definir la serie del momento (arrasó en los Emmy y se estrena ahora en Cuatro) sin duda sería contención. Una elegante mesura en el estilo narrativo y en el desarrollo de la trama (en contraste con la espectacular dirección artística) que empapa todos los episodios y que tal vez puede hacer que "Mad Men" no sea plato para todos los gustos, al menos para aquellos acostumbrados a tramas rebosantes de efectistas giros argumentales o con tendencia al excesivo melodramatismo.
Mención aparte merece el protagonista de esta historia: Donald Draper. Ese antihéroe poliédrico, de multiples caras y aristas, embarcado en una interminable huida de si mismo. Si yo fuera Jon Hamm, me sentiría en deuda eterna con aquellos que le han dado la oportunidad de encarnar a uno de los personajes más complejos de la televisión de todos los tiempos.

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