
Mi suegra vive en India la mitad de su vida. Buena parte de mi familia política conoce bien el país y yo mismo lo he visitado tratando de mantenerme al margen de las rutas turísticas. Digamos por tanto que, desde hace años, mantengo cierta relación con esta suerte de inabarcable subcontinente. Pues bien. Después de todo este tiempo, todavía no he decidido si me gusta o no. Si, pese a sus maravillas, soy capaz de olvidar el terrible sistema de castas sobre el que se sustenta. Si puedo abstraerme de su pobreza.
Tal vez por eso me ha encantado "Slumdog millionaire". Porque creo que da completamente en la diana al plasmar de forma tan transparente y fidedigna las contradicciones del gigante asiático, un lugar en el que la ternura, la inocencia y la espiritualidad más genuinas conviven con la cara más oscura de la existencia. Un país en el que la majestuosidad y el oropel de Bollywood, el incipiente boom económico y tecnológico y la explosión inmobiliaria eclipsan una sórdida y perenne realidad de gangsterismo, mendicidad y muerte.
Boyle, que ha sido criticado por un amplio sector del público hindú, más acostumbrado a ficciones edulcoradas hasta el empalago, no se muerde la lengua en su empeño por mostrarnos la verdadera India. Como ya hiciera en "Trainspotting", manteniendo el estilo marca de la casa y haciéndose acompañar una vez más de una poderosa banda sonora, nos brinda una historia crudísima que le sirve para resucitar de entre los muertos y volver tantos años después a la primera plana del panorama cinematográfico.
Sin embargo, y para no asustar a aquellos que suelen huir de las tragedias, no todo son desgracias en "Slumdog millionaire". Lo que hace particularmente emocionante esta épica y desgarradora historia de amor es su optimista moraleja. El esperanzador mensaje de que el destino, tarde o temprano, acaba recompensándonos de nuestras cuitas. De que hasta un testarudo perro callejero puede dejar atrás sus penalidades y convertirse en el hombre más afortunado del país.

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