lunes 2 de febrero de 2009

"Revolutionary Road": la vida como trampa


Su relación está muerta, y por eso él tiene tan pocas ganas de volver a casa. Contra todo pronóstico, su mujer le espera con una sonrisa de oreja a oreja. Con la cara iluminada porque ha trazado un plan para reflotar su matrimonio. Ella primero le felicita, porque ese día es su cumpleaños, y más tarde le cuenta su idea: mudarse a París.
Él, Frank Wheeler, Leonardo Di Caprio, se sorprende. Pregunta por qué. Qué van a hacer allí. De qué van a vivir. Ella, April Wheeler, Kate Winslet, le abre los ojos y le convence. París le permitirá huir de su vida. De ese trabajo que tanto le aburre. De la monotonía del día a día. De la frustración. París le devolverá su existencia. Sus anhelos. Le permitirá, de una vez por todas, ser el hombre que siempre quiso ser.
Los dos atisban un rayo de esperanza. Sonríen. Y entonces yo, parapetado en la oscuridad de la sala, noto como el alma se me sube a la garganta y empieza a resbalar a través de mis ojos porque, por unos momentos, me siento como si fuera el paciente de una terapia de choque al más puro estilo "La caja" de Tele 5.


Es imposible que analice con objetividad "Revolutionary Road" porque su historia me da donde más me duele. Me remueve por completo. Desde el mismo momento en que leí la novela, hace cuatro o cinco años, la obra de Richard Yates pasó a ser uno de mis títulos de cabecera. Y todos esos fantasmas, todas esas crudísimas reflexiones, están excelentemente plasmadas en la adaptación de Sam Mendes.
Aparte de la trágica crónica del descenso a los infiernos de una pareja en crisis (gracias a Dios esos problemas no me atañen), "Revolutionay Road" es una fotografía magistral de la decepción humana y de nuestro perenne inconformismo. De como el futuro no siempre es lo que uno esperaba. De como la presión social nos obliga a seguir los mismos caminos que los demás aún a costa de nuestras ilusiones.
La crítica, el público y la academia de Hollywood han recibido con cierta tibieza la película. La misma falta de entusiasmo con que fue recibida en su día la obra de Richard Yates. A mí sin embargo no se me ocurre una forma más brillante, incluso más de 40 años después de ser escrita, de describir los males de nuestra supuesta sociedad del bienestar.