
Generalmente, los blogs sirven para hablar de las películas que has visto. Sin embargo, me parece aún más interesante hablar por una vez de una película que no puedo ver. Un título maldito, no porque haya sido dirigido por un Jess Franco o un Iván Zulueta, sino porque el destino me ha castigado con la imposibilidad de disfrutar de él.
El primer día que intenté ver "Quemar después de leer" fue el que me supuso una mayor decepción. Me sentía exultante porque había podido arreglar todo para poder gozar, como sólo se goza de un eclipe solar o de un centenario, de una tarde de cine. Sin embargo, cuando me disponía a salir de la oficina, fui requerido por mi jefa, y este pequeño gran imprevisto motivó que me plantara en los Renoir cuando la película llevaba 10 minutos de proyección. No hace falta recordar que mi religión me prohibe perderme un sólo fotograma.
El segundo día, nada hacía presagiar la catástrofe. Me encontraba en una pequeña y encantadora ciudad de provincias inmune a las colas y a las aglomeraciones, y la confianza me hizo plantarme en la taquilla cinco minutos antes. Con terror me encontré con que sólo quedaban dos butacas libres, y mi religión (amén de mis cervicales) también me prohibe ver una película en la primera fila.
Por último, la tercera vez, y perdón por el tópico, no fue la vencida. Había vuelto a conseguir convertir el agua en vino, multiplicar los panes y los peces y poner el mundo del revés para tener la tarde libre cuando, de pronto, emergió en mi agenda uno de esos compromisos desconocidos para mí hasta hace bien poco: el cumpleaños de un amigo de mi hijo. Mi religión no dice nada acerca de estas celebraciones, pero sí que me prohibe ser un capullo, así que se esfumó la posibilidad de disfrutar (o no) con lo último de los Coen.
Sé que tarde o temprano, acabaré viéndola, pero a día de hoy, "Quemar después de leer" se alza ante mí enorme e imponente como un Kachenjunga o un Annapurna del que hubiera salido rebotado por cualquiera de sus caras.

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