
Desde que nací, y hasta que entré en la veintena, pasé casi todos los veranos en una pequeña casa en las afueras de Orense. Un lugar en el que me creía inmortal, los días de sol eran eternos y la vida al aire libre sustituía al enclaustramiento entre las cuatro paredes de nuestra casa habitual. Allí podías jugar al escondite entre interminables hileras de viñedos. Construir cabañas de madera en el monte. Perseguir topos. Observar a los zorros saliendo de sus madrigueras. Allí la tristeza y la urgencia simplemente no existían. Y de pronto, a la vez que la vida de mis abuelos, todo se evaporó. Como sucede con todas las casas y terrenos imposibles de dividir, aquel pedazo de nuestra existencia se puso en venta. Víctimas del pragmatismo que suele dominar nuestros actos, nos vimos exiliados para siempre de un fragmento de nosotros mismos.
"Las horas del verano", de Olivier Assayas, cuenta esta misma historia y reivindica la humanidad de lo inanimado. De aquellos objetos, casas y paisajes que fueron testigo de nuestra existencia. Assayas logra emborracharnos de nostalgia con una sabia economía de recursos dramáticos que sólo puede dejar frío quizás a los amantes de dramas más convencionales y construye otro gran ejemplo de ese cine reflejo de la vida, inspirado en emociones reales, que tanto me gusta.
No quisiera terminar el post sin destacar un momento. El regreso a casa de esa abuela al final de sus días cuando sus hijos y nietos la abandonan después de un día de fiesta.

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