
Si tuviera que secuestrar a algún escritor en plan "Misery", alguien que haya tenido una especial repercusión en mi vida a través de su obra y al que no me importaría tener encadenado a una cama para intercambiar mil impresiones, sin duda el elegido sería Paul Auster. Y es que desde "Trilogía de Nueva York", que leí en la universidad, hasta "Un hombre en la oscuridad", que acabo de terminar, podría utilizar sus novelas como una gran madeja a partir de la cual desenrollar la historia de mis quince últimos años.
Recuerdo leer "El palacio de la luna" en el trayecto en autobús a la facultad, y "Mr. Vértigo" y "Leviatán" en mis primeros viajes a Madrid. Recuerdo que fue "Smoke" una de las primeras películas que vi en un cine de la capital, y "Blue in the face" una de las primeras que alquilé en el videoclub. Recuerdo mis primeros días de trabajo con "Tombuctú" debajo del brazo, y otros días venideros, siempre en transporte público, con "El libro de las ilusiones", "La noche del oráculo" y "Brooklyn Follies".
"Un hombre en la oscuridad" fue uno de los regalos de mi último cumpleaños y, aunque no me ha encantado, su lectura, siempre entretenida, me ha traído ese sabor placentero del reencuentro con un viejo conocido.
Hace dos años la casualidad quiso que coincidiera con Auster en el Festival de San Sebastián. Yo desayunaba en el Hotel María Cristina y él se sentó discretamente en la mesa de al lado. Ni se me ocurrió interrumpir su café con una absurda petición de autógrafo o con la declaración de mi rendida admiración. Quédese tranquilo, Mr. Auster. Soy el fan más inofensivo que pueda imaginar.

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