miércoles 31 de diciembre de 2008

La vida de los otros


Ahora mismo, yo no soy yo. Es algo pasajero, porque el sortilegio tocara a su fin la magica noche de Reyes, pero la realidad es que escribo estas líneas desde una nueva identidad. Ya no vivo en Madrid, sino en un pueblecito idilico del sur de Florida, una de esas comunidades ejemplares al estilo de la Agrestic de "Weeds" en la que los arboles y los bancos llevan el nombre de sus habitantes y los teclados no tienen ni acentos ni "enies".
En lugar de ver como la vida va pasando a traves de las ventanas de mi oficina, he cruzado al otro lado del cristal y ahora me dedico a exprimir la existencia al maximo. Recorro a diario playas paradisiacas con arena blanca como la harina. Tengo una lancha motora, dos coches, una piscina y un jacuzzi, y todas las "manianas" un repartidor invisible tira el periodico frente a la puerta de mi casa. Desayuno parsimoniosamente huevos con bacon y aderezo los sandwiches con unos curiosos pepinillos agridulces a los que empiezo a ser adicto.
Como no puedo acceder a las peliculas que tenia en mi otra vida, me adormezco disfrutando en mi pantalla de plasma gigante de blockbusters intrascendentes tipo "Noche en el museo". Como mis discos y mi Ipod tambien se quedaron al otro lado del cristal, escucho los CD's del jubilado norteamericano cuya personalidad he suplantado. Mi unica constante, como en ese monumental episodio de "Lost" en que Desmond quedaba atrapado en el tiempo, es una novela de Melania Mazzuco que pude transportar en mi viaje.
Para adoptar esta personalidad, he tenido por tanto que renunciar a esas peliculas, esos discos y esos libros que tan importantes me parecian y sin los cuales no existiria este blog. Y lo mas curioso es que me importa un bledo. Que desde esta nueva terraza desde la que me asomo a la vida todas esas ficciones me parecen grandes vasos de agua con los que tragar las capsulas de la monotonia.

viernes 12 de diciembre de 2008

"Generation Kill" y los nuevos villanos del siglo XXI


De pequeño tenía miedo a Monchito, el muñeco de José Luis Moreno. Y también a Jesucristo, porque vi una secuencia de "Marcelino Pan y Vino" y me entró pavor al pensar que cualquier crucifijo de los que colgaban por las paredes podía empezar a hablarme. Más tarde, empecé a atemorizarme por cosas más normales (el video de "Thriller", la niña del "Exorcista", Norman Bates, la vidente de "Poltergeist"...) y en los últimos tiempos, ya de mayorcito, me he asustado bastante con "The Blair Witch Project" y la chica del pozo de la versión japonesa de "The Ring". Sin embargo, nada parecido al terror que recientemente me inspiran los marines americanos. Ya me asustaban tras ver "En el valle de Elah", "Redacted" o "La batalla de Haditha", pero tras dar cuenta de los siete capítulos de los que consta la miniserie de HBO "Generation Kill", este miedo visceral no ha hecho sino aumentar.
Lo malo de los marines es que son prácticamente inmunes a las estacas, las balas de plata y otras armas de las utilizadas contra los villanos de toda la vida. De hecho da igual lo que trates de usar contra ellos. Siempre van a tener un arsenal mucho más sofisticado que el tuyo para reducirte a cenizas. Gafas de visión nocturna para localizarte en la oscuridad. Satélites súper-desarrollados para teledirigir sus obuses. Mortíferos fusiles con láser. Sin embargo, eso no es lo peor. Lo que realmente les hace letales es esa aparente falta de escrúpulos y moralidad que caracteriza a algunos de sus efectivos. No me lo invento yo. Lo dice uno de los protagonistas de "Generation Kill": "Si hicieramos en Estados Unidos lo que hacemos aquí, estaríamos todos en la cárcel".
David Simon, que vuelve a asustarnos a todos tras "The Wire", se basa para este relato en las experiencias del reportero Evan Wright en Irak, lo que me hace recordar algo que también me daba mucho miedo en mi tierna infancia: las peliculas de terror que empezaban o acababan con la frase "Basado en un hecho real".

jueves 11 de diciembre de 2008

La oreja de Van Gogh y el túnel del tiempo


Hay veces que el coche no parece un invento de Henry Ford, sino de H.G. Wells. Una máquina sacada de la literatura fantástica que no sólo se desplaza por el espacio, sino también por el tiempo. Y es que cuando viajo entre el caótico Madrid en el que vivo y la idealizada Vitoria en la que nací, los kilómetros se convierten en semanas. En meses. En años. En el trayecto de ida, rejuvenezco y vuelvo a esos veintipocos que tenía cuando emigré. En el recorrido inverso, de regreso al futuro, la vida se apoya con todo su peso sobre mí y me hace sentirme como un anciano prematuro.
Este pasado puente de la Inmaculada, un oscuro y eterno aguacero empapaba la la operación retorno, y los cristales empañados y cubiertos de miles de gotas acentuaban esa sensación de viaje de ciencia ficción. De pronto, en mitad de la nada, mi acompañante me propuso escuchar el nuevo disco de La Oreja de Van Gogh. Primero, con la asquerosa condescendencia del que se cree destinado a cosas mejores, accedí displicente. Después, arrepentido de mi arrogancia, me propuse escuchar a los de San Sebastián con el mayor de los respetos hacia ellos y hacia aquellos a quienes hacen disfrutar. Sorprendentemente, sus letras (algunas con refrescantes condenas al terrorismo) me supieron mejor de lo que pensaba. Su música, en cambio, me resultó tan convencional como recordaba, y su nueva voz femenina me pareció irrelevante y monótona en su perfección.
Escuché el disco entero, canción escondida incluida, y ahora recuerdo ese momento como algo que nunca ocurrió. Como un paréntesis entre dos realidades paralelas. Como un agujero en el tiempo al que me empujaron estos cinco chicos para que de una vez por todas me dignara a escucharles.

martes 2 de diciembre de 2008

"Battle in Seattle": ¿es esta la respuesta?


Hace ya unos días que escribí sobre la profundísima "La cuestión humana" y todavía me sorprendo de vez en cuando pensando en esta película (lo que supongo que dice mucho en su favor). Buscando una solución al monumental problema que plantea, la negación total de la persona en beneficio de la producción y del enriquecimiento de las multinacionales, mi mente ha acabado yendo a parar a otro título reciente que vi hará cosa de un mes: "Batalla en Seattle" ("Battle in Seattle", con simpática rima incluida, en el original).
El debut como director de Stuart Townsend, pareja de Charlize Theron, es un claro ejemplo de cine denuncia en el que, utilizando como excusa el relato de los graves disturbios acaecidos en la capital del grunge a finales de 1999, el actor irlandés (una persona que en teoría debería tener la vida solucionada) arremete contra la Organización Mundial del Consumo y la globalización que impera en nuestros días.

La película no me pareció memorable, pero ahora la asocio a "La cuestión humana" y veo en en el comportamiento de algunos de sus protagonistas, en los manifestantes anti-sistema que esos días pusieron patas arriba una de las mayores urbes de la Costa Oeste, un ejemplo de reacción posible ante ese afán totalitario de las grandes compañías. La pregunta es: ¿es esa la respuesta correcta? Más que a la virulencia de los métodos utilizados, me refiero al contenido de la protesta. ¿No resulta demasiado fácil quitarse el muerto de enmedio y echar la culpa de todo a las multinacionales? ¿No es evidente que este eterno secuestro en el que se han acabado convirtiendo nuestras vidas ha sido totalmente consentido por nosotros? ¿Que hemos sido eclipsados por el poder seductor del consumismo y no estamos dispuestos a renunciar a nada?
No lo sé. Creo que lo más juicioso es que abandone el cine social por una temporada antes de que este blog se convierta en un cyber-ladrillo.

lunes 1 de diciembre de 2008

"Me llamo Rojo": descubriendo a Orhan Pamuk

Últimamente leo poco, y esa carencia está provocando que una especie de herrumbre, de óxido pernicioso, se vaya extendiendo por mi interior anquilosando mi ya de por sí limitada creatividad. La culpable, alguna vez lo he explicado, es mi amada bicicleta, que me hurta el tiempo de lectura que garantiza el transporte público y provoca que desde hace más de un año esté sacrificando notablemente el "mens sana" en beneficio del "corpore sano".
En este contexto he optado por centrarme en autores consagrados. Aquellos que visiten este blog tal vez recuerden (muy improbable) un listado que evidenciaba mis grandes lagunas intelectuales y en el cual aparecían los nombres de escritores a los que aún no había leido. Pues bien. Uno de ellos era Orhan Pamuk. Por alguna extraña razón, no me pregunten cuál, decidí (después de leeer a Cormac McCarthy, que también estaba en esa lista) que el autor turco era la siguiente muesca en mi mesilla de noche. Y de un modo igualmente aleatorio elegí "Me llamo Rojo" para iniciarme en la obra del premio Nobel.
No sé cómo serán sus otros libros, pero sólo por el placer que me provócó el descubrimiento de la estructura elegida por Pamuk para esta novela, una suerte de literatura por relevos en la que los personajes se van cediendo la voz de narrador, en la que van pasándose el testigo del protagonismo haciendo avanzar la trama al mismo tiempo, me alegro de la elección.
Y es que todo en "Me llamo Rojo" es un descubrimiento. El hallazgo de un autor y de un estilo, como ya he dicho, pero también el de unos escenarios y un tiempo para mí muy desconocidos. La acción se desarrolla en el Estambul del siglo XVI, en pleno declive del imperio otomano, pero lejos de brindarnos una especie de relato histórico, Pamuk nos ofrece, o mejor dicho, nos dibuja, porque esta es una historia sobre ilustradores, un moderno cuento de las Mil y unas Noches en el que cabe de todo: el relato policiaco, la leyenda oriental, el amor, los celos, la venganza... Un buen libro al que escapar para todos aquellos que estén cansados de la realidad que les rodea o de ficciones y personajes no demasiado alejados de ella.