jueves 25 de septiembre de 2008

Calexico: música para las nuevas generaciones


A mi hijo le gusta Calexico. En un principio, esto no tendría nada de especial, y más teniendo en cuenta lo bien que suena su ultimo disco. Lo que pasa es mi hijo sólo tiene dos años.
He de ser honesto y confesar que esta afirmación, el sueño dorado de cualquier padre que trata de mantener a su familia a salvo del simplismo y la uniformidad mainstream, no es categóricamente cierta. Sin embargo sí es verdad (imaginad mi pecho henchido de orgullo como el de un sapo mientras escribo esto) que últimamente no para de pedirme que le ponga los dos primeros cortes de "Carried to dust", el último trabajo de Joey Burns y John Convertino.
Evidentemente, esta repentina afición por la música fronteriza de los de Arizona no ha sido espontánea. De hecho, ha sido más que dirigida por su señor padre. Sin embargo, y a buen seguro que me comprenderéis, ya no podía más. Estaba cansado de tanto Pollito Lito, de tanto Zapatero Remendón y tanta Brujita Tapita. De tanto arrastrarme por el suelo, hacer muecas absurdas y bailar al ritmo de pedagógicas coreografías, así que, en un brote de egoísta rebeldia, probé a ver cómo reaccionaba ante otras opciones, digamos, no tan de guardería. Y el caso es que le gustó. En "Victor Jara's hands" no para de tararear el estribillo (la parte en la que dicen "Alé alé, alé alé"), mientras que en la majestuosa "Two silver trees" interpreta los primeros acordes con sus deditos bailando sobre un teclado imaginario.
Puede que, al fin y al cabo, no todo esté perdido y los niños de ahora no vayan a construir un futuro tan terrible. Yo, por si acaso, seguiré aportando mi granito de arena. De hecho ya hace unos días que mi hijo ha incorporado a su repertorio la siguiente confesión: "Me siento como un trozo de carne que ha sido arrojado a las fieras". Afortunadamente no se trata de una frase inventada por él. Está sacada de "Los amores reñidos", uno de los temas del último disco de Señor Chinarro.


sábado 20 de septiembre de 2008

"Encarnación": el final de la belleza


Hay películas para inmensas mayorías, de las que se alimentan los grandes estudios y el imaginario del grueso del público, y películas para selectas minorías, veneradas en pequeños círculos y presentes en las listas de preferencias de los críticos especializados. En el medio, entre los blockbusters y las grandes joyas independientes, están todas las demás. El 80 ó 90% del cine. Decenas, cientos, miles de películas de todo tipo. Una cifra inabarcable de historias que se apilan en una cartelera hipertrofiada y que generalmente no son recordadas por mucho tiempo.
"Encarnación" es uno de esos títulos que morirán jóvenes. Excepto en Argentina, quizás, su país de origen. Un drama que, como su protagonista, una ex-reina del destape que se enfrenta a la madurez y al ocaso de su carrera, pronto será pasto del olvido. Sin embargo, por esos resortes particulares que cada uno tenemos en nuestro cerebro, a mí me ha conmovido especialmente la historia de Erni Levier, pseudónimo y disfraz perecedero bajo el que se esconde Encarnación (bello y metafórico nombre para bautizar a una actriz). La historia de la cincuentona Erni no es otra que la del final de la belleza. El relato del anochecer de la juventud, un tema sorprendente viniendo de una directora de poco más de treinta años como Anahí Berneri pero al que no es ajena su protagonista, una descomunal Silvia Pérez, también sex-symbol en sus años mozos, que nos regala una portentosa actuación en la mejor tradición de los grandes intérpretes argentinos.
Una película que aborrecerán los amantes del cine ligero, de la acción trepidante o la comedia facilona, para que resulta muy recomedable para aquellos que no teman encontrarse en el cine con la verdad, por cruel que pueda resultar.

miércoles 17 de septiembre de 2008

"Todos estamos invitados": el fondo sobre la forma



Desde que me mudé a Madrid vengo abrigando la esperanza de regresar algún día a Euskadi, y ese perenne anhelo, ese ansia por volver con la familia y los amigos, por abandonar las solitarias aglomeraciones de la gran urbe y regresar a ese lugar más habitable en el que crecí, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en un apéndice de mi mismo. En una especie de meta utópica, de caldero dorado al final del arco iris que medio en broma medio en serio no dejo de perseguir.
Sin embargo, hay ocasiones en que dudo. Y esta, momentos después de ver "Todos estamos invitados", es una de ellas.
Ser vasco y analizar la última película de Manuel Gutiérrez Aragón desde un prisma estrictamente cinematográfico sería un acto de cinismo y cobardía supinos. Tal vez el mensaje del filme, protagonizado por un José Coronado al que me cuesta imaginar como mi paisano, no sea un ejemplo de buena caligrafía. Tal vez la tinta con que está escrita esta historia se haya corrido un poco, y la letra sea demasiado temblorosa. Sin embargo el contenido es tan terriblemente claro y meridiano que uno no puede evitar olvidarse de la forma.

Aunque lo haga de forma poco brillante, "Todos estamos invitados" saca a la luz todos los cadáveres que tenemos encerrados en ese gran armario cerrado que a veces parece el País Vasco. Esa mirada ingenua del forastero que aportan Gutiérrez Aragón y González Sinde, que por un lado me hace rechinar los dientes en algunos momentos de la película, se acaba convirtiendo en su principal virtud. Y es que a veces no hay nadie mejor que el prójimo para hablarnos de nosotros mismos.
En ese sentido, el análisis no puede ser más certero. Nos juntamos en cuadrillas unidas por lazos tan finos como el sabor de las kokotxas. Devoramos en grandes banquetes nuestro propio miedo. Celebramos por todo lo alto grandes fiestas patronales para olvidar que pasa algo. Sin embargo, no dejamos de pasear entre fantasmas. De caminar sobre esqueletos y bruma con la única intención de evitar que la realidad nos manche.
"Todo estamos invitados" es una acusación contra nuestra pasividad. Podemos negar la mayor y pensar que todo es una exageración. Sin embargo, si todo fuera normal, ¿por qué me da un poco de miedo escribir este post y lanzarlo al cyberespacio?

viernes 12 de septiembre de 2008

"Una lectora nada común": mi reino por un libro


Cuanto menos leo peor escribo. Suena incongruente, pero aquellos que gozan de forma activa y pasiva de la literatura, aunque sea de forma tan poco promiscua como en mi caso, saben que las palabras, las frases, los versos, entran por los ojos y, después de un tiempo de maceración, acaban saliendo por la punta de los dedos, a través del lapiz, el bolígrafo o el teclado del ordenador.
Hace tiempo que vengo dándole vueltas a esto, principalmente desde que, tratando de huir del hacinamiento consustancial a Madrid, voy a trabajar en bicicleta y he reducido drásticamente mi tiempo de permanencia en esa sala de lectura rodante que es el transporte público. Sin embargo, después de disfrutar de "Una lectora nada común", de Alan Bennett, esa condición de la literatura como combustible de la escritura, como carbón que alimenta la caldera de nuestra creatividad, ha vuelto a revolotear por mi cabeza. Y es que si algo me gusta de esta exquisita y elegante fábula, y tal vez estoy desvelando demasiado, es una de sus reflexiones finales: la lectura, muchas veces, no es un fin en sí mismo, sino el medio a través del cual pasar a la acción. La puerta indispensable para acceder a la autoría.
El inglés Alan Bennett, a quien descubro ahora, nos sorprende con esta carta de amor a la literatura protagonizada ni más ni menos que por la reina de Inglaterra. Un homenaje a todos los lectores y escritores del mundo, profesionales o amateurs, que encandilará a todos aquellos que, como esta ficticia Isabel II, descuidamos nuestras obligaciones por la benditamente inútil afición a devorar libros. O por el sueño de escribirlos.
Adjunto el gran tema "La reina de Inglaterra", reciente hit de Grupo de Expertos SolyNieve que descubrí hace un par de semanas, simplemente para apoyar esa teoría conspiranoica mía que muchos ya conoceréis: en determinadas ocasiones, el destino se conjura para trasladarnos a determinados lugares. Y yo últimamente me veo siempre frente al Palacio de Buckingham.

martes 2 de septiembre de 2008

"El caballero oscuro": cazando murciélagos


Cuando uno tiene un niño de dos años y, de cuando en cuando, logra arreglarlo todo para disfrutar de una escapada al añorado cine, se siente como un cazador con una sola bala en la escopeta. No puede errar el disparo. Es algo parecido a lo que ocurre con la elección de un restaurante, un hotel o un destino de vacaciones. Queremos que el plan sea inolvidable y enjuagar en él todas las lágrimas derramadas de lunes a viernes, pero no siempre es posible satisfacer este absurdo afán de perfección.
Así, me puse a explorar la cartelera con el temblor propio del tirador desentrenado, aunque en realidad, en esa época de caza menor que es el verano, ya sabía de antemano que las dos presas más suculentas que iba a encontrar eran un robot y un murciélago. Al final, después de vacilar un poco, y tal vez guiados por esos prejuicio que desgraciadamente siguen lastrando a la animación, mi acompañante y yo nos decantamos por "El caballero oscuro". Y a día de hoy aún no sé si dimos o no en el blanco.



El segundo Batman de Christopher Nolan es un intachable filme de entretenimiento. Loable en su tratamiento minimamente adulto de la temática de súper-héroes e impecable en su desarrollo narrativo. Podríamos incluso afirmar que, junto a su antecesora, es tal vez una de las la mejores películas rodadas sobre estos excéntricos personajes a los que Hollywood no deja de exprimir. Sin embargo, me dejó un sabor agridulce, tal vez por no haber estado a la altura de las altas expectativas creadas, de la gran polvareda que el Batmóvil y su conductor habían levantado en los áridos senderos de agosto. Y es que si "El caballero oscuro", como muchos afirman, es una obra maestra, ¿a qué categoría elevaríamos otros títulos recientes como "La vida de los otros", "Promesas del Este" o "Brokeback mountain"? ¿Realmente pertenece a esa estirpe de grandes historias o está hinchada por otros motivos como la precariedad de la oferta estival, por ejemplo, o la triste muerte del estupendo Heath Ledger?
Por otro lado, no deja de sorprenderme el calado que tiene en muchas personas que respeto esa especie de filosofía barata made in Marvel que presuntamente engrandece este género. Me refiero a frases y conceptos como "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad", de Spiderman. O a la admiración que suscita el insobornable hombre murciélago cuando opta por sacrificar su popularidad en pos de un Gotham mejor. Gente culta que se burla de conflictos realmente humanos como los que pueda plantear, por ejemplo, un Ken Loach, se estremece con estas vacuidades y tienen a Stan Lee o Frank Miller como poetas de cabecera. Por lo que a mí respecta, y tal vez ese sea el motivo por el que jamás pueda amar a Batman ni a ninguno de sus colegas, ese discurso me conmueve tanto como si llevara puesta la negra armadura hipermusculada de Bruce Wayne.