
Leo las últimas líneas de esa pequeña gran novela que es "La ofensa", de Ricardo Menéndez Salmón, y, al mismo tiempo que me despido de la odisea de Kurt Crüwell, siento que también estoy pasando la última página del verano, una estación a la que oficialmente le quedan varios días pero que para mí termina con la llegada de septiembre y el final de la jornada intensiva. El noveno mes vuelve a alumbrar el horario de mañana y tarde y con él la oscura amenaza de volver a convertirme en peor persona al verme obligado a sustituir esas horas vespertinas de lectura, de disfrute de buen cine o buena música, de cobijo al abrigo de la ficción, por horas de trabajo baldío en el mundo real. Al saber que no tengo otra alternativa que cambiar el alimento del alma y el espíritu por el alimento del bolsillo.
Paradójicamente, esta breve lectura que me acompaña en el ocaso de agosto puede ser una gran lectura para el nacimiento del otoño, para todos aquellos que ahora se quedan sin tiempo para enfrentarse a largas travesías en barcos de papel. Al escritor asturiano, al que descubro ahora con esta historia rebosante de sensibilidad sobre un hombre insensible, le bastan 140 páginas para congraciarnos a todos con el placer por la mejor literatura española. "La ofensa", que una vez más (y van tres este verano), me transporta a la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial, es un concentrado hipervitamínico. Una breve cápsula de frases perfectas en la que nada sobra y nada falta. El anverso de la majestuosa "Las benévolas", un milagro en miniatura que, sin menospreciar un ápice la genial obra de Littell, demuestra que con una extensión diez veces menor se puede transmitir la misma emoción.
Leyendo este libro siento que vuelvo a ser víctima de ese virus que en su día, de forma alternativa, me inocularon autores como Marías, Baricco o Auster, de ese ansía, propia de escritor frustrado, de copiar, de ser capaz de domesticar ese torrente de talento, de interiorizar esos códigos y ese estilo que me han hipnotizado y ponerlos al servicio de mi miserable pluma. Leyendo "La ofensa" siento que en este nuevo curso que me aguarda me gustaría ser Salmón.














