domingo 31 de agosto de 2008

"La ofensa": lectura para un otoño en gestación


Leo las últimas líneas de esa pequeña gran novela que es "La ofensa", de Ricardo Menéndez Salmón, y, al mismo tiempo que me despido de la odisea de Kurt Crüwell, siento que también estoy pasando la última página del verano, una estación a la que oficialmente le quedan varios días pero que para mí termina con la llegada de septiembre y el final de la jornada intensiva. El noveno mes vuelve a alumbrar el horario de mañana y tarde y con él la oscura amenaza de volver a convertirme en peor persona al verme obligado a sustituir esas horas vespertinas de lectura, de disfrute de buen cine o buena música, de cobijo al abrigo de la ficción, por horas de trabajo baldío en el mundo real. Al saber que no tengo otra alternativa que cambiar el alimento del alma y el espíritu por el alimento del bolsillo.
Paradójicamente, esta breve lectura que me acompaña en el ocaso de agosto puede ser una gran lectura para el nacimiento del otoño, para todos aquellos que ahora se quedan sin tiempo para enfrentarse a largas travesías en barcos de papel. Al escritor asturiano, al que descubro ahora con esta historia rebosante de sensibilidad sobre un hombre insensible, le bastan 140 páginas para congraciarnos a todos con el placer por la mejor literatura española. "La ofensa", que una vez más (y van tres este verano), me transporta a la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial, es un concentrado hipervitamínico. Una breve cápsula de frases perfectas en la que nada sobra y nada falta. El anverso de la majestuosa "Las benévolas", un milagro en miniatura que, sin menospreciar un ápice la genial obra de Littell, demuestra que con una extensión diez veces menor se puede transmitir la misma emoción.
Leyendo este libro siento que vuelvo a ser víctima de ese virus que en su día, de forma alternativa, me inocularon autores como Marías, Baricco o Auster, de ese ansía, propia de escritor frustrado, de copiar, de ser capaz de domesticar ese torrente de talento, de interiorizar esos códigos y ese estilo que me han hipnotizado y ponerlos al servicio de mi miserable pluma. Leyendo "La ofensa" siento que en este nuevo curso que me aguarda me gustaría ser Salmón.

sábado 30 de agosto de 2008

Wes Hate Story


No te entiendo, Wes. Admito que casi me engañas la primera vez con "Los Tenembaums", con esa mezcla tan peculiar y excéntrica de comedia y drama, con esa presunta subversión de géneros y esos personajes tan caricaturescos y a contracorriente. Sin embargo, cuando desanduve tus pasos para descubrir tu ópera prima, "Bottle rocket" mi incipiente entusiasmo se evaporó, y cuando después, escamado cual besugo, vi "The life aquatic", mi decepción se convirtió en sincera preocupación por ser incapaz de discernir esa genialidad y esa chispa que muchos críticos cualificados aprecian en ti. Recuerdo que mi indignación era tal que decidí no ver jamás "Academia Rushmore" (hasta hoy he cumplido mi promesa) y que un tiempo después, tras horrorizarme con "Extrañas coincidencias", de David O. Russell lo primero que pensé fue que su absurdo aire posmoderno me gustaba tan poco que perfectamente podías haberla dirigido tú.
Sin embargo, es sabido que el hombre es la única bestia que tropieza dos veces en la misma piedra, y que cuando tenemos una llaga en el interior de la boca nos la mordemos sin piedad guiados por un inexplicable masoquismo. Por eso, por ese instinto tan genuinamente humano, por esa inclinación al desastre, es por el único motivo por el que, a pesar de lo poco que te comprendo, me puse a ver "Viaje a Darjeeling". En un principio parecía que podías proponerme un trayecto interesante, pero enseguida quedó claro que simplemente me estaba dejando llevar por el seductor influjo de las llanuras del Rajastán en las que se desarrolla la trama. Puede que ese fantástico tren viajara a Darjeeling, pero tu historia, al igual que Adrien Brody y los cargantes Owen Wilson y Jason Schwartzman cuando son expulsados en medio del desierto del Thar, no iba a ningún sitio. Al menos a ningún sitio que a mí me apeteciera visitar.

lunes 25 de agosto de 2008

La carretera de Vigo

Viendo así a Vigo Mortensen, demacrado, cubierto de harapos y mugre, empujando como un homeless ese carrito del que dependen su vida y la de su hijo, no puedo imaginar a nadie mejor para encarnar en la gran pantalla al abnegado padre de "La carretera". De hecho, antes de leer estos días la novela de Cormac McCarthy (aguijoneado por la extraña desazón que me provocó disfrutar la película de "No es país para viejos" antes que el libro), ya había visto las fotos del gran Vigo en una revista, y su imagen enjuta y barbada se me atravesaba de cuando en cuando como un aparecido entre las líneas de tinta. Si hubiera sido otro el elegido tal vez no le habría tenido tan presente, pero Vigo, que me traía sin cuidado como Aragorn o Alatriste, subió a mis altares al convertirse en actor fetiche de Cronenberg e interpretar "Una historia de violencia" y "Promesas del Este".
Acostumbrado a vérselas con sanguinarios orcos, diestros espadachines o desalmados mafiosos, podríamos pensar que el bueno de Vigo es inmune a todo, sin embargo esta desoladora carretera de McCarthy es el peor de los escenarios posibles. Un camino sin futuro. Una peligrosa serpiente que repta sobre un mundo helado y cubierto de ceniza en el que no queda ni pizca de esperanza. La última cicatriz de un planeta yermo, destruido por el holocausto nuclear, sobre la que un hombre y un chico se afanan cada día por sobrevivir.
Y es que "La carretera", con una prosa tan mínima y descarnada como el paisaje en el que transcurre, es, ante todo, una historia de subsistencia. Una batalla contra el frío, el hambre y la enfermedad. Una fábula oscura y claustrofóbica en la que un hombre debe soportar la pesada carga de luchar cada minuto por la vida de su hijo, en la que la única luz la proyecta el amor indestructible que se profesan los protagonistas.
Ni sé ni me importa cómo será la película (John Hillcoat, al cual desconozco, es el director), pero aquellos que acudan a verla buscando un universo post-apocalíptico estilo "Mad Max" o "Waterworld" probablemente se sientan defraudados. "La carretera" de McCarthy es simplemente el final. El negro y terrible agonizar de la humanidad.

jueves 21 de agosto de 2008

The Ting Tings y Los Campesinos: cambio de ritmo


Después de escuchar durante varios días los últimos discos de Coldplay y Sigur Ros, y de plasmar mis impresiones en este cuaderno de bitácora, se entenderá mi necesidad de distanciarme un poco de tanta trascendencia, tan peligrosa ahora que se va acabando el verano y el oscuro septiembre proyecta su larga sombra. No es que me haya cansado del preciosismo. De las composiciones más barrocas y pulimentadas. Es sólo que después de tantas florituras, de tanto tiqui-taca, uno agradece un poco de frescura y descaro. Un poco de verticalidad y ataque directo. Sin rodeos ni adornos. Y nada mejor para ese cambio de ritmo que los discos de The Ting Tings y Los Campesinos. Dos pelotazos a los que llego tarde, como siempre, y que disfruto ahora aleatoriamente, intercalando los temas de unos con los de otros sin tener claro cuál de los dos me gusta más.
Al principio prefería a los súperventas y pegadizos The Ting Tings, arrastrado sobre todo por la chulería ochentera del "Shut up and let me go", el carisma de Katie White y la inmediatez de temas como "Great DJ" o "That's not my name". Ahora sin embargo creo que me decanto más por los de Cardiff, por sus afiladas letras ultra-pop, por la voz de Gareth, que me recuerda a Darren Hayman, y por su estimulante desvergüenza juvenil. Os dejo un video de ambos para que juzguéis por vosotros mismos.


lunes 18 de agosto de 2008

"Las benévolas": palabras mayores

Imaginemos. Supongamos que en lugar de nacer en la España pre-transición hubiéramos nacido en otro lugar y en otro tiempo. Que hubiéramos venido al mundo en la Alemania de los años 20. Entonces, en lugar de hacer la estúpida mili o la menos estúpida prestación social sustitutoria, nos habría correspondido ir al frente y luchar bajo el mando de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Víctimas del momento histórico, devorados por la monstruosidad del conflicto bélico, nos habríamos visto obligados a matar o morir. Habríamos tenido que luchar, que mancharnos las manos de sangre y, siguiendo órdenes, so pena de ser ejecutados por insubordinación, no nos habría quedado más remedio que participar en el exterminio de los judíos. De forma directa, fusilándolos o accionando las cámaras de gas, o de forma indirecta, vigilando un campo de concentración o supervisando su traslado en trenes.

Sobre esta hipótesis, tan cínica como plausible, se sustenta el discurso exculpatorio de Maximilien Aue, el oficial de las SS narrador y protagonista de "Las benévolas". Desde ya, uno de los grandes villanos de la literatura contemporánea. Aue, militar de dos caras, homosexual, incestuoso, psicópata, tremendamente culto, ejerce de Virgilio en este enésimo descenso al infierno del holocausto judío pero, por una vez, nos introduce en el horror por un camino desconocido. El de los verdugos. Todo el pormenorizado relato, desde el inicio de la campaña rusa hasta la derrota alemana, está construido con una espantosa frialdad desde el punto de vista nazi. Aquí no hay relatos desgarrados de víctimas. Historias sobrecogedoras de superviviencia. Aue y sus camaradas se enfrentan a la Solución Final como un ejecutivo de ventas se enfrentaría a sus objetivos. Los judíos de la aclamada "Las benévolas" no tienen cara, ni nombre, ni corazón. Son números. Cifras. Elementos que deben desaparecer. Incómodos topillos que hay que borrar de la faz de la tierra.
No me gusta nunca utilizar la expresión obra maestra. Carezco de la base y amplitud de miras necesarias para tan categórica afirmación. Sin embargo, imagino que el libro del sorprendente Jonathan Littell, americano francófono afincado en Barcelona, debe estar muy cerca de serlo. Pocas veces una novela se ha construido con tanta vocación de perdurar. A lo largo de sus casi mil páginas, Littell va componiendo un descomunal fresco histórico producto de un ímprobo trabajo de documentación. La cadena de mandos alemana, el entramado burocrático del III Reich, los enclaves en los que se desarrolló el Frente del Este, las tribus del Caúcaso, los dialectos eslavos... Littell demuestra haber buceado en todas las fuentes de información posibles, haber recopilado todas las piezas con las que construir esta catedral literaria que, aunque difícil de leer por su extensión y crudeza, recompensa con creces el esfuerzo.

miércoles 13 de agosto de 2008

Coldplay: confesiones inconfesables


He de hacer una confesión. Antes de conocer a mi novia me ponía calzoncillos debajo del pijama. Cuando ella se dio cuenta de este detalle le llamó mucho la atención y me preguntó cómo era posible que llevara todas las noches de mi vida durmiendo con esa presión en las partes pudendas. Cómo no había sentido antes la necesidad de liberarme al menos durante las horas de sueño. Sorprendido por no haberme parado nunca a pensarlo, decidí ipso facto prescindir de la ropa interior al acostarme. Meses después me fui de vacaciones con mi hermano. Compartíamos habitación, y la primera noche vi que se me quedaba mirando mientras me ponía el pijama. Antes de que abriera la boca ya sabía lo que iba a preguntarme: "¿Duermes sin calzoncillos?" "Sí", le contesté. "Pues vaya cerdo", fue su lacónico comentario.
Pese a lo burdo de la metáfora, con Coldplay me pasa algo parecido. Haga lo que haga, estoy metiendo la pata. Recuerdo que cuando editaron "Parachutes" un amigo inglés casi me reprendió por mi ignorancia: ¿pero es que no conoces a Coldplay? ¿No has oído aún "Yellow"? ¿O "Shiver"? Espoleado por su invectiva me hice con el disco y tuve que reconocer que tenía razón. Como buen amante del britpop de los 90, entonces en sus estertores, enseguida me sedujeron los temas recomendados, además de otros como "Don't panic" o "Trouble". Los compañeros de trabajo, víctimas como la mayoría de la radiofórmula y las propuestas puramente mainstream, los mismos que ahora colapsan Tick Tack Ticket y agotan las entradas para sus conciertos en una mañana, rechazaban mis entusiastas invitaciones a escucharlos, seguramente por considerarlos otro efímero grupito para oyentes más alternativos. Para raritos. Por mucho que en toda Inglaterra arrasaran.


La cosa no cambió demasiado con la publicación de "A rush of blood to the head". Junto a todo el mundo anglosajón y parte del público nacional indie, yo disfrutaba con canciones como "The scientist" o "In my place" ante la relativa indiferencia de la mayoría de los que me rodeaban. Sin embargo, todo dio un giro radical con "X&Y". Cambiaron las coordenadas. Recuerdo que cuando el disco salió a la venta, yo recorría la costa este de Canadá. Recuerdo que lo compré en un centro comercial de Quebec City y que fue mi banda sonora en mi recorrido rumbo a la desembocadura del San Lorenzo. Y recuerdo que cuando volví, oh sorpresa, todos aquellos que habían ignorado a Coldplay tenían su discografía completa. Y lo que es peor. Aquellos que me los habían recomendado les habían tachado de su lista por considerarlos músicos para el populacho. Traidores. Vendidos ególatras. Sus presuntos crímenes: tratar de llenar estadios "al más puro estilo U2", vender millones de copias y ponerse tiritas de colores en los dedos..

"Viva la Vida or Death and all his friends" no es sino el siguiente escalón lógico en un proceso ya conocido. Los más indies no pueden soportar escuchar a alguien tan mayoritario y los nuevos fans cantan "Yellow" en los conciertos como si fuera su canción de cabecera. A mí aún me quedan varias escuchas para incluir los temas dentro de mi playlist histórico de los londinenses, pero sí puedo decir, con voz bajita y de modo un tanto clandestino, que "Viva la Vida", el tema más directo de un disco tal vez lastrado por su deseo de superar las expectativas, puede que sea la mejor canción hasta las fecha de Chris y Martin y compañía. Adjunto uno de los dos videoclips que Coldplay ha dedicado al tema. La primera versión es inexplicablemente convencional, sosa y facilona para un grupo de esta envergadura, pero esta es un simpático homenaje al mítico clip que Anton Corbijn produjo para el "Enjoy the silence" de Depeche Mode.

lunes 11 de agosto de 2008

Tropa de Dios



Siempre he presumido de tener buena memoria para las películas, los actores y los directores. Para recordar quién salía en qué título, quién era el realizador o qué acontecía en la trama. Es lo que un compañero, con buen criterio, llama "memoria absurda", porque está en lo cierto cuando afirma que no sirve para nada. Veo "Tropa de élite", Oso de Oro en la Berlinale 2008, y pienso que va ser todo un reto mantener intacto el recuerdo de esta película de José Padilha sin que se vea contaminado por el de "Ciudad de Dios". Los dos filmes, separados sólo por un lustro, nos introducen en el sórdido mundo de las favelas. Los dos huyen del hiperrealismo en su descripción de la miseria y optan por una estética de videoclip muy efectista y mucho más fácil de digerir para el gran público, un estilo más hollywoodiense que sudamericano que trivializa la violencia y la convierte en algo cool. Las dos han sido un gran éxito y se han convertido en punta de lanza del nuevo cine brasileño. Sin embargo, aunque me duela decirlo porque ambas me encantan, me temo que dentro de unos años las dos serán mezcladas y confundidas, y pienso en si no será arriesgado acometer proyectos tan similares a éxitos recientes. Y en que es como si ahora a alguien se le ocurriera en España hacer una película sobre, pongamos, un tetrapléjico que lucha porque le practiquen la eutanasia. Y en que, bien mirado, el que tuvo esta idea dirigió una exitosa película sobre gente muerta poco después de "El sexto sentido", con lo que tal vez todos mis temores anteriores carezcan de fundamento.

domingo 10 de agosto de 2008

Sigur Ros Reloaded: "Glósóli"

Lo mejor de que salgan al mercado nuevos discos de tus grupos favoritos es que renuevan tu entusiasmo por escuchar trabajos anteriores. Depués de plasmar en este refugio mis sensaciones con respecto a lo último de Sigur Ros, estuve surfeando por ese otro gran refugio multitudinario que es Youtube y encontré esta joya para mí desconocida. Se trata del video de "Glósóli", el segundo corte de "Takk", un clip que al igual que el realizado para "Gobledigook" también es obra de los islandeses Arni & Kinski. Pese a su duración (más de seis minutos) merece la pena seguir a esta especie de niños perdidos de la tundra hasta el final de su viaje. Allí os aguarda uno de los destinos más hermosos a los que las cyber-olas de Internet os hayan arrastrado últimamente. Simplemente, belleza.

jueves 7 de agosto de 2008

"Caótica Ana": 3, 2, 1... dormido


Escucha mi voz atentamente. Te propongo un viaje más allá de la consciencia, un trayecto hacia un nuevo estado físico para el que sólo necesitas el DVD de "Caótica Ana", la última película del cineasta-mentalista Julio Medem. Introdúcelo en el reproductor y acomódate en el sofá. Ni siquiera hace falta que te recuestes. Vas a encontrarte con una cuenta atrás acompañada de unas imágenes que deberían transportarte a una suerte de trance, que tendrían que conducirte a una inmersión en lo más hondo de la psique y llevarte un paso más allá en ese espionaje de vidas ajenas consustancial a la ficción. Obsérvalas como observarías un péndulo oscilante y siente como un profundo sopor te va invadiendo. Trata de introducirte en la trama e irás cayendo en un inevitable letargo. No temas. No te está hipnotizando. Simplemente estás a punto de dormir una reparadora siesta. Si tienes suerte y te despiertas antes de la dedicatoria que precede a los créditos finales, al menos podrás ver lo mejor de la película.

martes 5 de agosto de 2008

Sigur Ros: Viva La Vida

Mi país favorito es uno en el que nunca he estado. Probablemente, si hubiera vivido en él habría acabado deprimido por la oscuridad de sus largos inviernos o la soledad de sus paisajes. Sin embargo, desde el luminoso y caótico sur de Europa resulta muy confortable enamorarse de un territorio tan remoto como aparentemente culto y civilizado, un lugar cuyo nombre significa "tierra de hielo" pero que los latinos, apelando a su insularidad y aprovechando una coincidencia fonética, hemos traducido equivocadamente como Islandia.
Me gusta Islandia porque no hay ejércitos. Porque está lleno de niños y padres jóvenes. Porque aprovecha sus recursos naturales, ese subsuelo volcánico desde el que según Verne se podía acceder al centro de la tierra, para generar energía no contaminante. Me gusta porque sus habitantes son políglotas, viajeros, emprendedores y artísticamente hipersensibles, y porque entre ellos, junto a gente tan molona como Bjork, Mum o Eidur Gudjohnsen, está Sigur Ros.
Lo que más gracia me hace de este genial cuarteto es que tienen a la crítica rendida a sus pies pese a cantar en islandés. Los mismos analistas que diseccionan con escalpelo las letras de Dylan o Waits, que proclaman la importancia de los textos y conciben los temas como un todo, ensalzan a un grupo que podría estar cantando el equivalente vikingo de los chistes de Lepe y nadie se daría cuenta. Y es que hacer una reseña de la música de Sigur Ros es como criticar una película de Kaurismaki en versión original sin subtítulos. En principio, faltarían elementos esenciales para dar ningún veredicto. Sin embargo, a nadie se le ocurre pensar que los autores de himnos tan subyugantes como los contenidos en "Agaetis Biryun" o "Takk" compongan letras que no estén a la altura de sus mesmerizantes cantos. Que no estén al servicio de ese preciosismo absoluto que parecen perseguir desde sus inicios.



Disfruto ahora con gran placer de su último disco y en plena ola de calor sahariano me refresco con sus nuevos temas como si fueran un chorro de aire acondicionado, no sólo por su estimulante belleza, sino porque muchos de ellos suenan más más ligeros y directos que en otras ocasiones. Más pop. Si los discos anteriores estaban construidos a base de grandiosas y profundas composiciones, de odas ceremoniosas para ser escuchadas en una catedral o contemplando la aurora boreal, los temas que abren "Med sud i eyrum vid spilum endalaust" (hay que ser muy especial para vender en todo el mundo un disco con este nombre) parecen un canto a la vida interpretados por una rama nórdica de elfos del bosque, por una tribu ancestral dedicada al hedonismo y a salvaguardar el mero placer de la existencia. Tan sólo echad un vistazo al naturalista y maravilloso video de "Gobbledigook" y sabréis a qué me refiero. Puede que os entren ganas de desnudaros y echaros al monte.

viernes 1 de agosto de 2008

Quiero ser Michael Scofield


Días después de terminar de ver la tercera temporada de "Prison Break" uno no puede dejar de pensar en cuánto le gustaría ser como Michael Scofield, esa especie de Houdini moderno, de maestro escapista de la nueva era catódica, al que nada ni nadie puede retener. Y es que en estas últimas horas de mis breves vacaciones, con el regreso a la oficina a la vuelta de la esquina, me siento como si ayer mismo acabara de salir de la prisión de Fox River y, sin apenas haber disfrutado de mi libertad, estuviera a punto de entrar en la de Sona. Atenazado por la acuciante necesidad de urdir un plan que me permita evadirme de mi inminente condena. Lamentándome por no llevar tatuadas las claves que conducen al otro lado de las rejas.
En la vida real existen pocos con las agallas de Michael Scofield. Conozco a alguno. Son audaces. Indómitos. Espíritus genuinamente libres. Morirían antes que conformarse con llevar una plácida vida a la sombra y jamás cambiarían la verdadera independencia por la seguridad de un rancho y un techo diarios. Todos los demás, sin embargo, somos presos comunes. Sentimos un miedo reverencial por la vida de fugitivo y preferimos marcar en la pared los días que nos quedan para la próxima salida vigilada, sin detenernos siquiera a pensar que, como la trama de este entretenidísimo folletín, nuestra condena se puede perpetuar y alargar como un chicle, hasta el punto de que si alguna vez acaba seremos tan viejos que ya nos dará igual que nos liberen.