sábado 26 de julio de 2008

Los crímenes de De La Iglesia


No conozco un director capaz de enlazar tantas obras de nulo interés para un servidor como Alex De La Iglesia. Ni tampoco a nadie tan hábilmente sobrevalorado por la mercadotecnia. Al bilbaíno se le otorga el mérito, junto a otros compañeros de generación, de haber abierto con películas como "Acción mutante" o "El día de la bestia" nuevas vías dentro del cine español, una industria que discurría languidamente por senderos más que trillados y alejados del gusto de los espectadores de hoy en día. Sin embargo, a partir de ahí, y aprovechando que estamos en año olímpico, no puedo resistirme a decir que el listado de películas encadenadas a continuación es de récord. Record de intrascendencia, vulgaridad y desmesurada fata de elegancia. A saber: "Muertos de risa", "Perdita Durango", "La comunidad", "800 balas", "Crimen ferpecto"... Y es que cuando todos creíamos que gente como De La Iglesia estaba acabando con la españolada, lo que ocurría era justamente lo contrario. La estaban deconstruyendo, utilizando el argot gastronómico, y simplemente renovaban sus ingredientes para adaptarla a los estómagos del siglo XXI.
"Los crímenes de Oxford", sin ser casi nada, es al menos otra cosa. Un ejercicio de género mucho más sobrio y mucho menos sonrojante. Igual de vacuo e intrascendente, en efecto, pero al menos alejado de esa chabacanería que ensuciaba los títulos anteriores. Sin embargo, y eso es lo que, entre otras cosas, la hace increíble, está protagonizada por la pareja con menos química de la historia del cine: Elijah Wood y Leonor Watling. Una unión contra natura entre un imberbe e impávido ex-hobbit y una mujer y actriz que le da sopas con honda. Un tremebundo error de casting incapaz de ser disimulado ni por la más intrincada trama matemática.

miércoles 23 de julio de 2008

Leer o no leer

Leía recientemente a Vicente Verdú, lúcido analista de nuestro tiempo, tratando de disculparnos a todos por las pocas horas que destinamos a la lectura. En resumen, venía a decir que en una sociedad en la que apenas queda espacio para atender a tu pareja o a tus propios hijos, es difícil encontrar un hueco para disfrutar de la compañía de un libro. No sé si el motivo es este, pero el caso es que son legión los autores consagrados de quienes aún no he leido una sola línea. Obviando a los clásicos, sin necesidad siquiera de retroceder más allás del siglo XX, soy capaz de confeccionar una larga lista que habla por sí sola de mi incultura: Gunter Grass, Ohran Pamuk, JM Coetzee, Don DeLillo, Thomas Pynchon...
Entre estos novelistas está el norteamericano Cormac McCarthy, que flota ahora en mi mente después de disfrutar tardíamente de la excelente adaptación que los Coen han hecho de su "No es país para viejos". Y es que desde que vi el filme, hay una duda que me tortura: ¿debería abordar ahora la lectura de la obra original? ¿Merece la pena que me enfrente a una historia cuya trama conozco de principio a fin? ¿Sería justo con el autor si empezara a identificar a todos los personajes surgidos de su pluma con los actores que interpretaron su versión en la gran pantalla? ¿Si automáticamente le otorgara a Anton Chigurh la cara de Javier Bardem o a Llewelyn Moss la de Josh Brolin? Por otro lado, ¿no me estaré perdiendo algo si sustituyo los grandes clásicos de nuestros días por su película respectiva, por mucho que se trate de una gran obra, como en este caso? ¿De un filme en el que los Coen se muestran sobrados y demuestran una maestría total en el ejercicio de su oficio?
Leer o no leer. Esa es la cuestión. Tal vez lo más juicioso sea ir a comprar, por ejemplo, "La carretera" (Pulitzer 2007) antes de que estrenen la película.

jueves 17 de julio de 2008

Wong Kar Wai, "My blueberry nights" y el cine pluscuamperfecto

Tiene que ser muy complicado ser Wong Kar Wai. Tener esa obsesión enfermiza por conseguir el plano pluscuamperfecto. A él no le vale, como a los demás, con que la película tenga un sentido global. Cada fotograma tiene que ser un cuadro único. Una obra de arte por sí mismo. Como esos escritores (leáse Juan Manuel de Prada, por ejemplo) que extraen del diccionario las palabras más eruditas para elaborar sus frases, el director hongkonés construye sus barrocas obras engarzando imágenes que persiguen el más difícil todavía.
"My blueberry nights" supone otro episodio más en esa eterna búsqueda del encuadre imposible. Como en "Deseando amar", o en "2046", la cámara se contorsiona y se esconde detrás de puertas, ventanas o cristales con la intención de ofrecer perspectivas únicas. Las luces de neón que bañan toda la película dan a sus imágenes una sugerente y cálida pátina de irrealidad que las hace diferentes, y todo el conjunto, esa especie de descomunal lienzo en movimiento, viene enmarcado en una banda sonora con mucha presencia en la que Cat Power y Norah Jones (ambas aparecen en el filme) ocupan el lugar reservado en obras anteriores a Nat King Cole.
Lo que prima, en definitiva, es la estética. La forma sobre el fondo. En ese sentido, más que un pastel de ciruelas de diner americano, "My blueberry nights" es un plato de nouvelle cuisine, maravillosamente presentado pero que a más de uno le sabrá a poco. A cine soufflé relleno de aire. En mi caso, fan militante de "Deseando amar", no voy a decir que la receta me deje plenamente satisfecho. Me sobran recursos como la cámara lenta y otros elementos que quedan más cool que otra cosa. Sin embargo, me agrada esa fascinación por la belleza que Wong Kar Wai traslada ahora del lejano oriente a la América profunda y que también trata de transmitir, de forma un poco naif, a gran parte de los diálogos.
No sé por qué extraño motivo el filme no ha sido aún estrenado en España. Sospecho que será vilipendiada, pero me quedo con un comentario que he leido en la red: pon a Tony Leung y Maggie Cheung en los papeles protagonistas, tradúcela al mandarín y la crítica estaría hablando de otra sublime obra maestra.
Adjunto un video del filme con la música de la maravillosa "The greatest" de Cat Power, canción que la mayoría conoceréis y que Wong Kar Wai utiliza como tema principal de la película.


lunes 7 de julio de 2008

Akin 6 Shyamalan 2

Imaginemos que tuviera que confeccionar y actualizar periódicamente un ránking de cineastas. Una clasificación, ahora que por fin Nadal ha ganado Wimbledon, con un sistema similar al de la ATP, integrada únicamente por profesionales en activo y elaborada en base a sus últimos resultados. Una lista evidentemente subjetiva que premiaría el estado de forma y en la que serían cabezas de serie veteranos incombustibles como Clint Eastwood o David Cronenberg. Pues bien, después de disfrutar de la maravillosa "Al otro lado", y ver así confirmado el gran talento que su director apuntó en "Contra la pared", no cabe ninguna duda de que Fatih Akin debería figurar en sus primeras posiciones.
Aunque de origen turco (y no es una cuestión menor, ya que esta condición es uno de los ejes en torno a los cuales gravita su cine), el alemán Akin es una especie de Boris Becker. Un genio vigoroso y contundente que disfruta golpeando al espectador sin piedad. Plano a plano. Sin concesiones a la galería. En "Al otro lado" vuelve a demostrar su falta de misericordia y nos regala una trama de historias casi-cruzadas en las que los protagonistas corren en pos de una felicidad inalcanzable. Fatih Akin permite que rocen la dicha con los dedos, que estén a punto de ver aliviadas sus tragedias. Sin embargo, las voleas con las que estas desafortunadas criaturas tratan de quitarse de encima los raquetazos de vida nunca llegan al lado contrario. Besan la cinta de la red y, con una cruel parsimonia, caen en campo propio.

Con Night Shyamalan (otro realizador a caballo entre su país de adopción, EEUU, y su país de origen, India) me pasaría más o menos lo contrario. Pero sólo más o menos. "El incidente" ha sido hasta la fecha la única obra del inventivo genio de Philadelphia que me ha decepcionado. En su permanente y refrescante búsqueda de la originalidad, Night Shyamalan ha acabado rebasando los límites de la inverosimilitud. Me explico. Lo paranormal y lo fantástico siempre han formado parte del ADN de su cine, pero en "El incidente" todo parece en exceso rebuscado. Hay demasiada ficción y demasiado poca ciencia. En cualquier caso, al director de joyas como "El bosque", "El protegido" o "La joven del agua" le ocurre como a Federer. Ha ganado tanto crédito con su trayectoria anterior que un tropiezo contra Nadal no va a apartarle de la cima. Digamos, que, sólo por una vez, le han roto el servicio.





viernes 4 de julio de 2008

Isobel & Mark: la Bella y la Bestia



Ella es de Escocia y él es de Estados Unidos, aunque parezca justamente lo contrario, porque él es el monstruo del lago Ness y ella una especie de Dorothy de "El Mago de Oz". Les escucho en el estupendo "Sunday at devil dirt" y lo que más me sorprende es descubrir que este es ya su segundo discos juntos. Hace unos años jamás habría tenido ese lapsus, pero ahora es diferente. Simplemente dejé que el polvo de la vida cotidiana borrara las delicadas huellas de la bella y dulce Isobel Campbell, la sensible intérprete de "Is it wicked not to care" y otros grandes temas de los no menos sensibles Belle & Sebastian. Escuché y compré los dos discos de Gentle Waves, igual que escuché y compré "Amorino". Sin embargo, ignoraba que Isobel hubiera acabado internándose en estos territorios. Que se hubiera dejado influir tan profundamente por el country, el folk, el blues... Que se hubiera adentrado con tanta decisión en el paisaje americano , en un inmenso bosque de secuoyas al fondo del cual estaba el ogro Mark Lanegan.
Escuchando "Sunday at devil dirt" y la voz aguardentosa de Lanegan bajo el aplastante sol del verano madrileño, se comprende que Isobel abandonara mi grupo favorito. Igual que Stuart David, ahora novelista. Para ambos, espíritus inquietos, Belle&Sebastian sólo podía ser una estación de paso, un trampolín desde el que catapultarse hacia nuevos territorios. No voy a decir que la nueva Isobel me gusta más que la vieja, porque no es verdad, pero es cierto que hay temas en este último disco ("Who built the road", "Something to believe", "Seafaring song") que me han hecho dudar. Al menos han despertado en mí, mucho más aficionado a los sonidos británicos, la necesidad de desandar las huellas de la bella Isobel y la bestia Mark por la América profunda y escuchar su disco anterior: "Ballad of the broken seas". Nunca es tarde si la dicha es buena.



martes 1 de julio de 2008

"Mataharis": espías de nosotros mismos


"Mataharis" no es una película. Es un espejo. Como el resto de obras de Icíar Bollaín. Una fotografía de la realidad en la que se retratan algunos de los principales males de nuestro tiempo: la incomunicación, la desconfianza, la soledad... Como en esa novela de Paul Auster (creo que era"Fantasmas") en la que un hombre contrata a otro para que le espíe a si mismo, las detectives que protagonizan "Mataharis" están en realidad mostrándole al espectador su propia vida. Bollaín ha pinchado nuestros teléfonos e instalado videocámaras en nuestras viviendas para ofrecernos el reflejo inquietante de nuestra existencia cotidiana. Cada uno tendrá sus propios fantasmas y se sentirá identificado con alguna de las penurias que sufren los taciturnos personajes de esta historia. Celos. Anhelo de tiempos mejores. Infelicidad. Precariedad laboral. Yo, por mi parte, me veo a mí mismo en esa madre trabajadora interpretada por Najwa Nimri. En esa mujer que, como ella dice, ni siquiera tiene tiempo para cortarse las uñas de los pies. O en su marido, encarnado por Tristán Ulloa. Me veo como parte de ese matrimonio que se vacía en su oficina durante la mayor parte del día y a los que sus obligaciones sólo les deja, usando un tecnicismo deportivo, los minutos de la basura para cultivar su amor. Me veo como todos aquellos que hemos cambiado dinero por vida y me alegro inmensamente de que haya personas con la lucidez de Bollaín para mostrarnos desde fuera lo cuestionable de nuestra elección.