sábado 31 de mayo de 2008

Perdidos sin "Perdidos"


Escribir sobre "Perdidos" es como jugar al "Tabú". Como tratar de describir un cuadro sin poder hablar de sus colores o un tema musical sin poder referirse a las notas que lo componen. Uno tiene que morderse la lengua (en este caso los dedos) para no aguar la fiesta a aquellos rezagados a los que aún les quedan capítulos por descubrir. Gente afortunada, digna de la mayor de las envidias, a la que le esperan momentos gloriosos de la historia de la televisión hasta llegar al punto en el que ahora me encuentro: resacoso tras la borrachera de acontecimientos que nos deparó el capítulo final de la cuarta temporada y esperando con ansia, y cierto temor al delirium tremens por la prolongada abstinencia, el inicio de la siguiente.
Y es que "Perdidos" es otra cosa. Su hipnótica trama, el complejo engranaje sobre el que se sustenta su adictivo argumento, acaba colándose en tu propia vida. Incluso en la de alguien tan poco mitómano como yo. Después de atracones de cuatro o cinco episodios seguidos, uno sueña con "Perdidos". Se enzarza en apasionados debates en los que se formulan las más variopintas hipótesis. Se sorprende a sí mismo en la ducha, en el autobús, o en la cola del supermercado preguntándose cuál es el origen de ese siniestro humo negro o qué pretendía realmente la iniciativa Dharma.
Sus detractores la tildan de extraña. De críptica. De efectista. Pero tengo la impresión de que esas opiniones pertenecen a gente que sólo ha visto capítulos aislados. Que sólo se ha leído un par de páginas de un gran libro. Si, como debería ser, se empieza por el principio, ya no hay marcha atrás. Porque no hay vicio más humano que la curiosidad. E iría contra nuestra naturaleza renunciar a saber cuál será el desenlace de la ficción más espectacular que un servidor se haya encontrado nunca en su existencia como televidente.

jueves 29 de mayo de 2008

Digresiones (IV): el adversario


Suelo utilizar distintos medios de transporte para ir al trabajo. Casi siempre bici. Casi nunca metro, taxi o coche. Algunas veces me decanto por el autobús, y es entonces cuando le veo. Resplandeciente. Impoluto. La piel perfectamente bronceada (rayos UVA, quizás). El traje, generalmente de raya diplomática, planchado de forma impecable. Los puños de la camisa prendidos con gemelos de plata. Las manos, delicadas, como recién salidas de la manicura, salpicadas de más anillos de lo habitual en un hombre. El escaso cabello innecesariamente sujeto con kilos de gomina. Y bajo el brazo, una elegante cartera tamaño folio para transportar documentos.
No le pega estar esperando con los demás en la marquesina. Le pega un Audi, o un BMW. Un chófer, incluso. Le veía bajarse a mitad de la Castellana, con ese aspecto a lo Emilio Botín, y me lo imaginaba entrando en un gran edificio de oficinas, saludando a su secretaria y enfrentándose a un nuevo día desde su puesto de consejero delegado de alguna importante corporación. Hasta que hace unas semanas le vi fuera del autobús y no le reconocí. Ahí estaba el rostro moreno, y el pelo engominado, y las manos llenas de anillos, pero el traje había sido sustituido por una especie de chándal fluorescente y la elegante cartera por una calculadora gigante. Me llevó tiempo darme cuenta de que el supuesto consejero delegado era un controlador de la ORA, un empleado municipal encargado de velar por el buen uso de las plazas de estacionamiento. Y mi mente, calenturienta, envenenada por tantas novelas y tanto cine, se acordó al instante de Jean-Claude Romand, un misterioso individuo que inspiró un libro ("El adversario", de Emmanuel Carrère) y tres películas (la homónima "El adversario", "La vida de nadie" y "El empleo del tiempo"). Un hombre que engañó a toda su familia durante años haciéndose pasar por un reputado doctor cuando ni siquiera tenía empleo. Y pensé que tal vez mi compañero de autobús también pretendía engañarnos a todos. O que aunque no lo pretendiera, al vestirse como un alto cargo para poner multas, sí que lo había logrado. Y que esperaba que no hiciera lo que hizo el auténtico y a la vez falsario Romand, que al sentirse acorralado, y a punto de ser descubierto, asesinó a toda su familia para no tener que dar explicaciones.

martes 27 de mayo de 2008

"Antes que el diablo sepa que has muerto": negra senectud


A los ochenta y tantos años la mayoría de las personas suelen limitarse simplemente a sobrevivir, a llevar una existencia sosegada, más preocupados por vigilar su tránsito intestinal y sus menguantes ahorros que por disfrutar de emociones más fuertes que las que pueda deparar, por ejemplo, una partida de petanca. Sidney Lumet, sin embargo, se dedica a seguir haciendo cine. Y vaya cine. Negro como la boca del lobo. Sucio. Violento. Rotundamente dramático. No es sólo que resulte inhabitual que alguien nacido en en 1924 siga en activo. Es que difícilmente encontraremos a ancianos como él en las salas disfrutando de "Antes que el diablo sepa que has muerto", un filme tan magistral como desolador que no deja resquicio a la esperanza. Una vuelta de tuerca al género de atracos supuestamente perfectos que nos muestra hasta que extremos puede llegar la desesperación humana cuando la vida te va acorralando. Pasando por alto el error de casting (¿Ethan Hawke y Philip Seymour Hoffman hermanos?), los cuatro protagonistas (Marisa Tomei y Albert Finney cierran el cuadrado) apuntalan con sus portentosas interpretaciones un thriller a cara de perro que nos recuerda que, a veces, hay que pensárselo dos veces antes de buscar soluciones radicales a nuestras miserias.
Advertencia: ignora este trailer si piensas ver la película. Si por el contrario ya la has disfrutado, probablemente se te vuelva, como a mí, a poner la piel de gallina.


viernes 23 de mayo de 2008

Jesse James y la pirámide invertida


Hay una máxima en periodismo que dice que una noticia debe empezar por los datos más importantes y proseguir por los más accesorios, y recuerdo perfectamente cómo en la facultad nuestro profesor de Redacción siempre ponía como ejemplo de esta estructura llamada pirámide invertida, de este recurso consistente básicamente en ir al grano, la primera frase de la novela de García Márquez "Crónica de una muerte anunciada": "El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana..." La segunda película de Andrew Dominik se vale de esta argucia para tratar de captar la atención del espectador desde su mismo título: "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford". El problema estriba en que después de este truco inicial, el realizador neozelandés se ve obligado a mantener ese interés durante 160 largos minutos hasta llegar al previsto y bien resuelto desenlace. Y eso no es fácil.
Enésimo ejemplo de la tendencia actual a alargar innecesariamente las películas, "El asesinato de Jesse James..." es una cinta con innegables virtudes, con una cuidadísima estética, un buen reparto y una deliciosa banda sonora a cargo de Nick Cave y Warren Ellis, pero lastrada por unos diálogos inacabables y la pretensión de sobredimensionar una historia que, como la mayoría de las historias de los jóvenes Estados Unidos, no me parece que tenga tanta sustancia.
Al igual que la ya comentada "Pozos de ambición", este relato de los últimos días del menor de los James aporta, por su fuerza visual y su tono pseudofilosófico, una mirada diferente al mítico género del western. Sin embargo, creo que recordaré esta película más que por sus elementos más innovadores, por lo mucho que se me parecen muchos de sus planos a la escena final de "Centauros del desierto". He aquí el original...



... y aquí los voluntarios o involuntarios sucedáneos en que la cámara se sitúa tras alguna puerta o ventana para recoger la llegada de algún vaquero solitario.


Como siempre, tampoco me olvido del trailer.

miércoles 21 de mayo de 2008

Ambición


Hay dos formas de enfrentarse a la interpretación de un papel o a la dirección de un filme. Con mesura y discreción, tirando de oficio y dejándose guiar por métodos más académicos, o, por el contrario, poniendo todos los códigos habituales patas arriba y obteniendo un protagonismo que suele trascender el de la propia trama de la película y sus personajes. Evidentemente, Paul Thomas Anderson y Daniel Day-Lewis están en este segundo grupo. En el de aquellos que no pasan desapercibidos y alimentan los debates de los cinéfilos. En el de (como Daniel Plainview, el protagonista de su última obra) los ambiciosos.
La polémica está servida. ¿Se está convirtiendo Day-Lewis en un histrión con este oscarizado papel o el de Bill "The Butcher" Cutting en "Gangs of New York", o nos está dando una muestra de sus inagotables recursos? ¿Es Paul Thomas Anderson un genio o simplemente un exhibicionista que se deja llevar por un vacuo efectismo? Por mi parte, por lo que al actor inglés (nacionalizado irlandés) se refiere, tengo muy claro que me quedo con sus trabajos en "The boxer" o "El nombre del padre". Sin embargo, el director americano me tiene totalmente descolocado. Mientras que otros colegas de su generación como Wes Anderson o el más veterano David O. Russell ya me han defraudado por completo, la trayectoria del director de títulos tan dispares como "Magnolia" y "Embriagado de amor" me desconcierta y ya no sé si le amo o le odio.
En "Pozos de ambición" (innecesaria pero apropiada traducción del original "There will be blood") ambos componen un trabajo cuando menos singular. Algo así como un "Gigante" indie y un tanto marciano. Nada en este amargo retrato de la codicia humana es convencional: la original banda sonora, la austera puesta en escena, las elipsis temporales... Anderson huye totalmente del tono grandilocuente que suele impregnar este tipo de epopeyas y nos ofrece una biografía hipnótica que va de más a menos, un experimento de western del siglo XXI a través del cual narrar la degradación de este atormentado magnate del petroleo tan pobre que sólo tiene dinero.

miércoles 14 de mayo de 2008

"Espinete no existe": buscando a Rosebud


El teatro me da pánico. Me explico. Así como soy capaz de aguantar casi de todo en cine, música o literatura, cuando voy al teatro y pago una entrada (debe ser lo único que uno no se puede descargar en el E-mule) tengo que estar muy seguro de lo que voy a ver, no vaya a ser que por falta de información caiga en (a) una de esas obras vanguardistas, posmodernas, enrevesadas, en la que los actores proceden a una especie de inentiligible masturbación pública ante un desconcertado patio de butacas o (b) un espectáculo clásico, una adaptación de alguna obra de hace más de 400 años de calidad indiscutibilísima pero profundamente anacrónica.
Estos temores hacen que la mayoría de las veces acabe asistiendo a representaciones de las consideradas (por aquellos cretinos que sólo observamos) menores. Generalmente comedias. Así, hace unos días fui a ver "Espinete no existe", monólogo humorístico del televisivo showman vizcaíno Eduardo Aldán. Nada tenía que temer. Me esperaba una hora y media plácida. Posiblemente divertida. Noventa minutos de humor costumbrista sin excesivas pretensiones. Lo que no podía suponer, pese a saber que la obra tenía como objeto principal el revival de ciertos iconos de nuestra infancia, es que iba a acabar convirtiéndose en una especie de magdalena proustiana que me iba a hacer retroceder hasta la lejana niñez y sumirme en una profunda (aunque afortunadamente transitoria) melancolía.
Probablemente quede un tanto ridículo confesar que a uno se le hizo un nudo en la garganta en un espectáculo aderezado con las canciones de Dartacán o Barrio Sésamo, pero es que Aldán, con el fin de que el show no quede reducido a una mera rememoración de los programas y juguetes que animaron nuestros primeros años de vida, alterna los momentos puramente cómicos con otros más serios en los que trata de recordarnos el niño que todos fuimos. En mi caso, y supongo que en el de muchos, estos recordatorios suelen dejarme un regusto agridulce. Al ser invitado a echar la vista atrás, el pasado emerge con toda su fuerza y nos devuelve a unos días maravillosos e inalcanzables que amargan la percepción de nuestro presente. Unos días en que tus padres velaban por ti y te sentías inmortal. En que cada jornada era inacabable y deparaba sorpresas increibles. En que tus mayores problemas estaban en un cuadernillo Rubio. Y, aunque sea sólo por unos momentos, duele.
Para acabar con tanto tremendismo, adjunto un extracto del programa de los míticos "Payasos de la tele" que ha corrido como la pólvora en Youtube y del que Aldán se sirve para ofrecernos el rato más divertido de su función.


martes 13 de mayo de 2008

"La familia Savages" o el círculo de la vida

En la Capilla de los Huesos de la iglesia de San Francisco de Évora (Portugal), una cripta repleta de vetustos esqueletos, de cráneos, vértebras y fémures, se puede leer la siguiente inscripción: "Los huesos que aquí estamos, a los vuestros esperamos". Ante tan macabra cita, los turistas suelen reir con disimulo o hacer comentarios jocosos para distraer la atención. Gestos nerviosos con los que intentan camuflar la única realidad: el temor reverencial que nos infunde la certeza de nuestro destino.
Algo similar nos ocurre con las residencias de ancianos. Aquel que haya visitado alguna, dudo que la haya olvidado. Son lugares que pertenecen, como los hospitales o tanatorios, a otra dimensión. A un mundo del que nada queremos saber. Alfombras bajo las que escondemos la suciedad que no queremos ver. La enfermedad. La muerte. Lugares deprimentes que nos hacen recordar que no somos inmortales ni vulnerables al irrevocable paso del tiempo.

El principal mérito de "La familia Savages" (la "s" final añadida a la traducción en castellano es una errata) está en atreverse a abordar uno de los principales problemas de la actualidad. ¿Qué hacer con nuestros mayores? ¿Cómo aceptar la degeneración de nuestros padres o abuelos? ¿La inminencia de su desaparición? ¿Cómo compaginarlo todo con nuestras obligaciones cotidianas? La guionista y directora Tamara Jenkins parece saber de lo que habla y pone a unos excepcionales (y generalmente infalibles) Philip Seymour Hoffman y Laura Linney al timón de una historia de tintes autobiográficos, de un drama inspirado no en un caso extremo, sino en un problema por el que miles de personas pasan cada día.
Tal vez no estemos ante una gran película. Tal vez no merezca la pena malgastar nuestros preciosos minutos de ocio en filmes que no sean excepcionales. Sin embargo "The Savages" habla de la vida real, y lo que en ella acontece nos atañe a todos. Más tarde o más temprano nos veremos en la situación de los Savage. Primero, en la de los abnegados hijos encargados de cuidar a sus progenitores. Y por último, quién sabe, en la de ese padre que no puede ir a ningún sitio sin pañal.
De nuevo tengo que advertir sobre un trailer que vende la película como si se tratara de una comedia al estilo de "Juno" o "Pequeña Miss Sunshine". Os aseguro que en "La familia Savages" no os vais a reir demasiado.

sábado 10 de mayo de 2008

Desayunando marionetas


De lunes a viernes, uno se enfrenta al amanecer como a una condena. Somnoliento. Agotado. Triste. Mi antídoto favorito contra este pesar cotidiano, contra esa pereza infinita, suele ser la música. Alguna canción vigorosa que sepulte los siniestros sonidos de cada mañana: el despertador, la ducha, la alarma del microondas... Alguna bomba que haga volar por los aires el muro infranqueable en el que se convierte el inicio de cada día. Últimamente ese clavo ardiendo, esa especie de desfibrilador que devuelve el latido al corazón, está siendo "The age of understatement", de The Last Shadow Puppets, el proyecto en común de los insultantemente jóvenes Alex Turner (Arctic Monkeys) y Miles Kane (The Rascals). Cualquier otra canción de su álbum de debut ("Standing next to me", "My mistakes were made for you"...) también podría haber valido. Sus voces, con ese acento tan genuinanemente británico, me acompañan al salir a la calle y parecen disfrazar el mundo real. Los coches y el resto de cariacontecidos viandantes se mueven al ritmo de la música, al son de esa base que cabalga desbocada desde el principio hasta el final del tema. Las calles de Madrid se convierten en el escenario de un inmenso videoclip y por unos minutos, hasta que el inicio de la jornada laboral rompa el hechizo, yo soy su estrella.

jueves 8 de mayo de 2008

"Ébano": África desde dentro




Pensarán los navegantes que de cuando en cuando echan el ancla en este refugio que sigo empeñado en descubrir la pólvora. Y es que después de reivindicar clásicos modernos como “Maus” o “La vida de los otros” me toca ahora hablar de “Ébano”, un libro que pese a ser, como las obras anteriores, relativamente reciente, está considerado todo un referente de la literatura de viajes y del ensayo periodístico. Pues bien. Esta va a ser la última vez que me justifique por disfrutar con retraso de una obra. O por comentarla en este foro. Se acabó. Como argumentaba un editor en un artículo que leí la semana pasada, la novedad no es ningún valor en sí mismo, así que aquel que quiera estar a la última quizás se sienta defraudado por “El último refugio”. Al fin y al cabo este blog no trata sobre la ficción en si misma, sino sobre el papel que juega en la vida de las personas.
El caso es que después de leer “Viajes con Heródoto” inicié (como tantas veces ocurre a partir del descubrimiento de un autor) un rastreo de la obra pasada de Ryszard Kapuscinski, una búsqueda de las fuentes que acabaron desembocando en esa genial última obra. Un trayecto que como a Stanley y Livingstone en su búsqueda del origen del Nilo me llevó al corazón de África. Podía haber optado por “El imperio”, o por “La guerra del fútbol", o por “El sha", pero si se trataba de buscar la obra más representativa del escritor polaco, no cabía duda de que esa era “Ébano”, una concienzuda disección de África que, después de leída, marca un antes y un después en la percepción del continente negro.
África no ha tenido forma de llegar a nosotros. Su historia no está escrita en papel. Sus gentes, los que quedaron, los que se salvaron del azote de la esclavitud, han vivido aislados en medio de un territorio ignoto. Carecen de medios de comunicación como nosotros los conocemos. Por eso nuestra visión de este gran elefante herido está filtrada por Occidente, por las potencias que la colonizaron, por las películas producidas por el aparato cultural del Primer Mundo. Y ahí reside el principal valor de esta demoledora radiografía. Kapuscinski ha vivido en las entrañas de África. Ha dormido en los barrios más pobres. En aldeas azotadas por el hambre. Se ha jugado la vida en países en guerra. Ha padecido la malaria. Por eso su testimonio está cargado de verdad. De una sabiduría necesaria.
Así, Kapuscinski, desde esta posición privilegiada, desentraña en "Ébano" los grandes misterios de África: la disputa entre hutus y tutsies, el drama de los niños soldado, el problema del hambre, la biografía de tiranos como Amin... El análisis es tan terrible y perturbador que Kapuscinski intercala anécdotas más ligeras y amenas para hacer digerible el mal trago de realidad: por qué los africanos andan siempre en fila, por qué los altos cargos viven en pisos más altos.... El resultado es sencillamente magistral. No conozco a nadie que después de estremecerse con este relato, y admirarse de la clarividencia y coraje de su autor, sea capaz de afirmar lo contrario.

martes 6 de mayo de 2008

"Sweeney Todd": Johnny Manoscuchillas


Hubo un tiempo, inmediatamente posterior a "Eduardo Manostijeras", "Pesadilla antes de Navidad" o "Ed Wood", en el que no hubiera dejado pasar ni un día para ver "Sweeney Todd". Sin embargo, como sucede con la mayoría de las pasiones, la mía por el genial Tim Burton ha ido enfriándose con los años. Unas veces ("Mars Attacks", "Big Fish", "Charlie y la fábrica de chocolate") porque el resultado no terminó siendo el esperado, y otras ("Sleepy Hollow", "La novia cadáver") justo por lo contrario: porque eran obras demasiado similares a lo previsto.
"Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet" pertenece a esta segunda clase de películas. De hecho, representa la quintaesencia del universo Burton. La oscura atmósfera gótica. La oscarizada dirección artística. Los entrañablemente sangrientos créditos iniciales. La fotografía. Johnny Depp. Helena Bonham Carter. Exceptuando la ausencia del compositor Danny Elfman, todo en "Sweeney Todd" rezuma Tim Burton. Y quizás es ahí, en donde antes sólo veía virtudes, donde encuentro ahora el único problema de esta adaptación del truculento musical de Stephen Sondheim (una obra que no conocía y descubro ahora de la mano del director de "Bitelchús").
La película es, objetivamente hablando, estupenda. Sus dos horas de metraje parecen transcurrir en un santiamén, y sin embargo, no logra hacerme revivir ese entusiasmo desatado con el que a principios de los 90 disfruté de los clásicos burtonianos. Es imposible que pueda hacerlo. Más allá de la curiosidad por ver a su brillante elenco de actores interpretando las canciones de Sondheim, se han agotado las posibilidades de sorpresa. Nos hemos acostumbrado ya al estilo mágico de Burton. A su especial sensibilidad. A su sello personal e intransferible. Es el sino de los auténticos creadores. De aquellos privilegiados (Allen, Almodóvar...) que han sido capaces de construir un mundo propio. El universo que crearon es la jaula que les constriñe. Eso sí, cuando falten, les lloraremos con amargura.
Como en ocasiones anteriores, adjunto el trailer de la película, no si antes subrayar la poca confianza que debía tener la distribuidora en el tirón en taquilla de una película tan musical. Mientras que aproximadamente el 80% del filme es cantado, en el trailer los números musicales brillan por su ausencia.


domingo 4 de mayo de 2008

"Maus": de ratones y hombres


Recuerdo haber hecho referencia en alguna ocasión a mi cada vez más frágil memoria. A la facilidad con que los meses y años acaban borrando el contenido de lo que he leído. Pues bien. Hay una excepción que confirma la regla. Un antídoto contra esta amnesia literaria. Simplemente, me basta con meter un libro en mi maleta en vísperas de un viaje para mantenerlo por siempre a salvo del olvido.
Por regla general, se me escapan los pormenores de las decenas y decenas de títulos devorados en los lugares de lectura habituales: el metro, el autobús, la cama, el sillón... Sin embargo, si me he hecho acompañar en alguno de mis viajes por alguna novela, es difícil ya que pueda recordar esos días sin las historias que sonaban de fondo. Así, no tengo problemas para verme a mí mismo en mis vacaciones de verano de la adolescencia con algún volumen de Stephen King. O para recordar una convalecencia de una operación en la sierra de Madrid junto a Henry James. O para evocar un trayecto en tren de Vitoria a Irún leyendo a Bernardo Atxaga. Gracias a estos mismos misteriosos resortes de la psique, ya siempre quedarán indisolublemente unidos en mi memoria mi reciente visita a la singularísima Lanzarote y las desventuras de Vladek Spiegelman, el ratón-hombre protagonista de uno de los comics más importantes de los últimos años: "Maus".
Ante todo debo decir que no soy ningún experto en comics (ni en nada, obviamente). Es un género del que disfruté tremendamente en mi infancia pero que habia dejado aparcado al entrar en la edad adulta. Un arte que, craso error, consideré menor por un tiempo y al que, por fortuna, he vuelto a acercarme paulatinamente a través sobre todo de recomendaciones de amigos que me han permitido descubrir con imperdonable retraso maravillas como, por ejemplo, "Persépolis" o la obra completa de Taniguchi.
En cualquier caso, no accedí a "Maus" a través de una recomendación. Ni tampoco atraído por el hecho de que sea hasta el momento la única (que yo sepa) novela gráfica ganadora del Pulitzer. Fue su metáforica portada, en la que vemos a un gato igual que Hitler sobre dos afligidos ratones, lo que captó mi interés. La promesa de un relato al estilo de la orwelliana "Rebelión en la granja" en la que los animales sirven como recurso para relatar un drama humano. Y la cubierta, efectivamente, no engañaba. "Maus" es un peculiar acercamiento en clave de fábula al holocausto. Una obra singular no en cuanto al tema, pero sí en cuanto al tratamiento, que refleja el titánico esfuerzo del artista Art Spiegelman a lo largo de 13 años de trabajo por plasmar la biografía de su padre, superviviente de Auschwitz.
Como todas las obras que giran en torno al genocidio sufrido por los judíos en la II Guerra Mundial, "Maus" es ante todo un canto a la vida, a la tenaz lucha por la supervivencia. Al empeño en subsistir. Mientras yo me sobrealimentaba sin mesura en el buffet libre de mi hotel, el judío polaco Vladek Spiegelman masticaba madera para engañar el hambre. Mientras me bronceaba frente al Atlántico, el pobre Vladek inventaba estratagemas para escapar una y otra vez de las letales duchas de Zyklon B. El contraste entre mis opulentas vacaciones y las penalidades de los protagonistas de la historia me resultaba terrible. Aún así, había algo que me inquietaba aún más, y era ver a mi alrededor a los turistas alemanes y recordar que los terribles sucesos que acontecían en las páginas de "Maus" no sólo no pertenecían a un ficticio mundo de roedores, sino que eran hechos tan reales y tan recientes que sus propios padres y abuelos los habrían vivido.
Nada más terminar el libro, caí en la cuenta de que el tema iba a seguir persiguiéndome, porque mi siguiente lectura prevista no es otra que la alabada "Las benévolas", de Jonathan Littell. Salí a la calle a dar un paseo y me encontré en una pantalla gigante a Avram Grant, el entrenador israelí del Chelsea, con un brazalete negro con la estrella de David. Por lo visto, ese mismo día se celebraba el Día del Holocausto. Y volví a recordar lo que ya sabía. Que nada de lo que ocurre es casualidad.

jueves 1 de mayo de 2008

Digresiones (III): Isla de Lobos


Sólo 10 kilómetros separan Lanzarote de Fuerteventura. Apenas dos leguas en las que el Atlántico deja de ser el Atlántico para convertirse en el Mar de la Tranquilidad, en un oceáno lunar sobre el que flotan dos islas de lava, arena, ceniza y malpais, dos territorios extraños que cuesta reconocer ya no sólo como parte de España o Europa, sino incluso como parte de este planeta.
El pasado 28 de abril, día de San Prudencio, mientras en Vitoria iban de romería y en Madrid empezaban otra anodina semana laboral, yo disfrutaba de mi particular paseo espacial por este Estrecho de la Bocaina, separado de la perra rutina por más de un millar de kilómetros de distancia real y varios años luz de distancia mental. Acostumbrado, como la mayoría de torpes urbanitas, a circular siempre sobre el asfalto, entre el ruido del tráfico y el resplandor artificial de los fluorescentes, me sentía protagonista de una gran odisea, embriagado por un pueril espíritu aventurero, al verme navegando sobre esa estrecha franja de mar, rodeado de gaviotas y acariciado por una reconfortante brisa.
Entonces, poco antes de llegar a Corralejo, apareció la Isla de Lobos. Un islote desierto sin apenas huellas de presencia humana. Un meteorito extraterrestre varado sobre el agua. Sin hoteles. Sin apartamentos. Sin grandes almacenes. Sin vallas publicitarias. Ni wifi. Ni ADSL. Ni bancos. Ni Zara. Ni Mango. Y me sentí tremendamente dichoso ante la vista de un paisaje tan puro en pleno Occidente. Tan desafiante. Tan inmune a la contaminación que nos estrangula y al sucio murmullo que nos ensordece. Y pensé que es maravilloso que aún existan lugares fuera de este gran decorado de cartón piedra, de este plató gigantesco al estilo "Show de Truman", en el vivimos nuestra miserable vida. Y sentí admiración por todos aquellos que han sabido escapar de aquí, transgredir los límites de esta gigantesca ratonera, y fugarse a su propia Isla de Lobos.