martes 22 de abril de 2008

Arte


El lunes estuve en la televisión. No me pregunten cómo ni por qué. Simplemente estaba allí, en el vientre de un gran plató perdido en medio de la nada. Rodeado de estresados electricistas, operadores de cámara, estilistas, bailarines, regidores... todos ellos entregados a la causa común del directo perfecto. Sentado entre un público enfervorecido al que un animador profesional, una especie de pastor de rebaños humanos, trataba de controlar.
Uno, que nunca ha tenido un excesivo interés en este tipo de programas, que tradicionalmente ha mostrado cierto desdén hacia semejantes saraos, trataba de mantenerse de un modo un tanto pijo y snob ajeno a todo lo que le rodeaba. Fingiendo una estúpida dignidad. Manteniendo la distancia como si temiera ser engullido por un monstruo algo casposo. Hasta que comenzó el espectáculo y empezaron a desfilar por el mismo sus verdaderos protagonistas. Un adolescente-mariposa que revoloteaba envuelto en dos telas colgadas del techo. Un niño prodigio que acariciaba el violín con la maestría de un veterano. Un angel embrujado que cantaba por Camarón. Un contratenor de voz mesmerizante. Un visionario capaz de convertir su saxo en la chistera de Houdini. Dos titanes siameses con la asombrosa capacidad de fundir sus cuerpos envueltos en barro.
Con cada nuevo artista, con la plasmación de sus sueños sobre el escenario, me iba desprendiendo de cada una de mis corazas iniciales. Liberando de mis asquerosos prejuicios intelectualoides. De mi careta. Llegado un momento, mientras yo luchaba con denuedo por contener las lágrimas, totalmente subyugado por lo visto, la presentadora del programa miró el reloj y anunció que era más de la una de la madrugada. Detrás de mí, alguien susurró: "Y yo mañana me levanto a las siete". Entonces, al recordar que a mí también me esperaba un madrugón para enfrentarme a la rutina cotidiana de una oficina, sentí un inmenso pesar. Una aflicción real. Física. Y pensé que haría cualquier cosa por saber cantar por soleares, por poder acariciar esos maravillosos instrumentos con melosa parsimonia hasta el amanecer, por retorcer mi cuerpo y convertirme en uno de esos elásticos seres que acababan de emocionarme.
En ese instante, a pocas horas de reintegrarme a mi vida de hormiga, pensé que daría lo que fuera por ser cigarra.
En esa madrugada de lunes pensé que vendería mi alma al diablo por un pedazo de arte.


lunes 21 de abril de 2008

"Michael Clayton": la verdad no existe


Me gusta "Michael Clayton". Tanto como George Clooney, un tipo que, como todos nosotros, se prostituye por dinero y luego utiliza esos millones de dólares en hacer lo que realmente le apetece. Me cae bien, sobre todo, porque lo que generalmente le pide el cuerpo es limpiar su conciencia y poner esos ahorros, toda esa fortuna acumulada a golpe de asaltar casinos y beber Martinis y Nespressos, al servicio de una noble causa: la búsqueda de la verdad. Y es que películas como "Buenas noches y buena suerte", "Syriana" o esta ágil, inteligente y estilosa "Michael Clayton" son un puñetazo en el bajo vientre de los poderes fácticos que nos dominan. De las fuerzas todopoderosas que mueven los hilos de este gran teatro de marionetas con una total impunidad y una codicia sin límites.
"Michael Clayton", el notorio debut como director del guionista Tony Gilroy, nos habla de eso. De la increible fragilidad de la verdad, de lo irrefutable, de lo positivamente cierto, de lo científicamente demostrado. No quiero extenderme mucho en un tema sobre el que, por ejemplo, el siempre certero Javier Marías ha reflexionado en varios artículos, pero vivimos en la era de la verdad relativa. Nada es cierto, porque toda certeza depende de su conveniencia o inconveniencia, de lo políticamente correcta que sea, de los intereses económicos que haya en juego o, como ocurre en "Michael Clayton", de lo poderoso que sea el bufete de abogados encargado de desmontarla. ¿Había o no había armas de destrucción masiva en Irak? ¿Existe o no existe el cambio climático? ¿Fue o no fue ETA la responsable del 11-M? ¿Es o no es sano ir al Mc Donald? En estos tiempos de podredumbre moral, esas fuerzas contra las que se enfrenta George Clooney en el mundo real y Michael Clayton en la ficción (qué grande cuando dice: "Soy Shiva, el dios de la muerte") han hecho que estas lamentables y ya más que sobadas dudas aún perduren.

viernes 18 de abril de 2008

HGW XX/7


Es absurdo que a estas alturas hable sobre una película que ya todos conocen. Cualquier comentario que pueda hacer sonará ridículamente tardío. Trasnochado. Tan alejado de la tirana actualidad que podría parecer incluso egocéntrico. Y sin embargo, es hoy cuando la he visto, y en lugar de estar perorando sobre las recién estrenadas "Elegy", de Coixet, o sobre la ganadora en San Sebastián, "Mil años de oración", los personajes que esta noche deambulan por mi cabeza, las historias que me acompañarán hasta sumegirme en el sueño, pertenecen, con más de un año de retraso, a la magnífica "La vida de los otros".
Desde que empecé a verme incapaz de seguir el ritmo de la producción y distribución cinematográficas (también musical o literaria), mi ordenador, mi estantería, mi mesilla de noche... se ha llenado de películas que aún no he podido ver, de la promesa de grandes emociones, de obras que todo el mundo alaba y que esperan pacientemente su turno: "La batalla de Iwo Jima", "Deseo, peligro", "No es país para viejos"...
No me molesta demasiado no estar al día. Quedarme fuera de los debates de momento. Tener un blog que no sea rabiosamente actual. Sin embargo me apena terriblemente haber vivido todo este año sin que Ulrich Muhe y su alter ego, el capitán Wiesler, formaran parte de mi memoria. Sin conocer a Georg Dreyman y a su musa Christa Maria. Sin temer a la Stasi.
Me apena haber visto tantas películas malas y no saber siquiera lo que significaban las siglas HGW XX/7.

miércoles 16 de abril de 2008

Oriente contra occidente

En ocasiones, me propongo cosas. Me autoimpongo tareas absurdas que para la mayoría probablemente no tengan sentido pero que para mí, desde el mismo momento en que decido acometerlas, se convierten en misiones vitales. En retos imprescindible que ya no puedo rehuir. A veces actúo empujado por un extraño afán de analizar y clasificarlo todo. Como cuando empecé a escribir este blog. Como cuando de niño comencé a puntuar todas las canciones que emitían por la radio y a contabilizar cuántas veces pinchaban cada una. Otras veces, en cambio, me asalta un repentino hambre de conocimiento. Así fue como decidí escuchar uno detrás de otro los cien discos de música clásica de mi madre. O leer los siete tomos de "En busca del tiempo perdido". Afortunadamente, estos episodios de leve paranoia han ido remitiendo a medida que las obligaciones se han ido apoderando de mi tiempo libre. Sin embargo, aún hay veces en que, aunque nunca con el celo de antaño, me embarco en aventuras de este tipo.
La última de mis empresas ha sido la recopilación y visionado de todas las películas recientes que abordan uno de los problemas más graves con que se enfrenta la humanidad: el choque entre oriente y occidente, y más concretamente el conflicto entre Estados Unidos y los países del torticeramente llamado "eje del mal". Obviando "United 93", de Paul Greengrass, que vi hace varios meses, este miniciclo de terror, en el que predomina la crítica a la administración Bush en vísperas de los inminentes comicios generales, lo han compuesto, por orden cronológico, cinco películas: "En el valle de Elah", "Un corazón invencible", "Leones por corderos", "Redacted" y "La batalla de Haditha". Cinco filmes sobre una realidad terriblemente descorazonadora y atroz que cuesta analizar desde un punto de vista cinematográfico pero que, aviso, procedo a reordenar a a partir del siguiente párrafo por si alguien quiere jugar a hacer su propio ránking.


No he tenido que pensármelo mucho para situar a "Leones por corderos" en el último lugar de la lista. Este plúmbeo título del cada vez menos fiable Robert Redford parte de una premisa excesivamente pretenciosa que acaba lastrando al filme hasta convertirlo en una obra incompleta. A través de tres tramas paralelas, Redford intenta trazar en sólo hora y media una panóramica general que refleje la realidad, los deberes y responsabilidades, de varios sectores clave de la sociedad americana: los políticos, la prensa, los educadores, los jóvenes, el ejército... La idea es loable, pero quien mucho aprieta, poco abarca, y el descomunal fresco acaba reduciéndose a una fotografía borrosa. Aparte de lo bieneintencionado de esta propuesta suicida, cabe destacar únicamente la interpretación de Tom Cruise, que parece dar lo mejor de sí cuando, como en "Magnolia", se mete en la piel de individuos insoportables.



Aunque me duele, ya que algunas de sus obras me fascinan, tengo que darle sólo un aprobado al polifacético Michael Winterbottom por "Un corazón invencible". El título ya dice mucho sobre el contenido del filme: una historia de esposa-coraje, hilvanada en torno a la figura de una brillante Angelina Jolie de cara lavada, que traslada a la gran pantalla el drama real de Marianne Pearl, mujer del periodista Danny Pearl, decapitado en Pakistán por un grupo de extremistas islámicos. A diferencia de, por ejemplo, "In this world", que ahonda de forma magistral en las grietas que separan el primer y el tercer mundo, "Un corazón invencible" se centra más en las pesquisas de la policía pakistaní y la CIA por encontrar el paradero del reportero secuestrado, lo que acaba convirtiendo a la cinta en una retahíla de datos y de nombres más al estilo de un thriller tipo "Zodiac" que de la película que a muchos nos apetecía ver.


La notable "En el valle de Elah", ya más centrada en el conflicto iraquí, marca el inicio del descenso a los infiernos. El punto de partida de un viaje a la degradación moral más absoluta, a un lugar oscuro en el que no existe la ética ni la misericordia y en el que parecen habitar esos marines envalentonados y sanguinarios que desfilan ante la perpleja mirada de un descomunal Tommy Lee Jones, descompuesto tanto por la muerte de su hijo como por la pérdida de los valores sobre los que se sustenta un país por el que un día luchó.
"Redacted", de Brian De Palma, y "La batalla de Haditha", del inglés Nick Broomfield, ambas con estilos muy diferentes pero con la misma sed de verdad, abundan en esta pérdida de valores del estamento militar, pero aquí la crudeza, la sinrazón, la desesperanza, alcanzan su máxima expresión. En estos dos sobrecogedores dramas, basados en casos reales y repletos de escenas en los que uno piensa por momentos en esconder la mirada, sus autores no se andan con medias tintas. Eluden los circunloquios. Las lecturas políticas. Los análisis superfluos. No en vano estamos hablando de niños muertos. De mujeres violadas. De personas que son tiroteadas en su propia casa. Que son alcanzadas por obuses teledirigidos mientras pasean por las calles de la ciudad que les vio nacer. Estamos hablando de la guerra. Y aunque lo que recoge la cámara es ficción, uno, que sólo ha sabido de este conflicto a través de las impersonales imágenes de la CNN o de Fox News, no puede sino escandalizarse ante el relato de tamaños acontecimientos, ante la impunidad con la que se cometen los crímenes y la indefensión con la que los débiles acaban convertidos en daños colatelares. En cuerpos reventados.
Todas estas críticas feroces, estas historias de horror y muerte, llegan de occidente. Quién sabe lo que llegaríamos a ver si los iraquíes o los afganos pudieran contar su visión de la historia.

domingo 13 de abril de 2008

Murieron con las botas puestas


Hay ocasiones en que el verde rectángulo de un campo de fútbol se convierte en un descomunal escenario. En una pantalla de cine gigante. Partidos en los que las gradas se transforman en un gran patio de butacas y los jugadores en intérpretes de un drama equiparable a las mejores obras de ficción. En duelos como estos uno se reconcilia con la pasión por este bello deporte, puesta a prueba por la saturación de encuentros y por el chismorreo perenne y estéril que lo rodea. Lamentablemente, este género de partidos inolvidables no es nada habitual. Sucede una vez de cada mil. Sin embargo, el impredecible azar ha querido que en esta semana que toca a su fin el milagro se haya producido no una vez, sino dos.
El martes, paradójicamente, el espectáculo no estaba en el "Teatro de los sueños" de Old Trafford, el feudo del Manchester, sino unas millas al oeste, en Anfield Road, donde Liverpool y Arsenal protagonizaban una trepidante súperproducción de gran presupuesto, un filme de ritmo desenfrenado en el que Fernando Torres, Adebayor, Babel y compañía ejercían de héroes de acción y nos regalaban una gozosa ensalada de tiros, un frenético intercambio de golpes para degustar con un bol de palomitas sobre los muslos y una sonrisa de oreja a oreja.
Lo del jueves, sin embargo, fue otra cosa. Getafe y Bayern de Munich nos brindaron 120 minutos destinados a perdurar. Ambos equipos quedaron inmortalizados en un drama de tintes épicos que, pese a su reciente puesta en escena, ya sabe a clásico. Como en El Álamo o en la batalla de las Termópilas, los contendientes resucitaron ante más de 9 millones de televidentes el eterno mito de David y Goliath, del débil contra el fuerte, la historia mil veces vista pero no por ello menos cautivadora del aguerrido puñado de valientes enfrentado a un adversario que le supera con creces en número y en recursos. Al igual que en "Espartaco", o "Gladiator", o tantos otros peplums, los luchadores del Coliseum, los Contra, Casquero y Braulio, se rebelaban contra su cruel destino con goles imposibles, con victorias parciales que quedaban para la leyenda y hacían creer en la gloria final. Sin embargo, como en "Troya", el enemigo estaba dentro, y las resbaladizas manos del Pato Abbondazieri se iban a convertir en el punto débil del héroe, en el talón herido que le haría hincar la rodillas poniendo así un final trágico a la gesta.
Instantes después de que el arbitro pitara el final, Caballo Loco Khan trotaba sobre la hierba donde yacían, todos con su uniforme azul, las huestes del General Laudrup. Habían nadado para morir en la orilla. Despojados hasta de su último aliento, ya sólo eran cadáveres. Pero cadáveres con las botas puestas.

viernes 11 de abril de 2008

Mucha muchachada


Desde que terminó la primera temporada de "Muchachada nui" en La 2 tenía como regomello. Mono de mi dosis semanal de humor manchego, de las bizarras zapatiestas orquestadas por esta inclasificable tropa de MontyPythons castizos, de tunantes gafapastas, que a través de su exaltación del absurdo y de una surrealista interpretación de la cultura popular, repleta de referencias intelectuales, han alcanzado el estatus de cómicos de culto. Es cierto que, cual Enjuto Mojamuto, no he dejado de navegar por Youtube rescatando gags viejunos, pero la carcajada preprogramada nunca es tan estimulante. También conseguí a través de un compañero ("Si quieres, te lo miro", me dijo) un pack muy rico con lo mejor de La Hora Chanante, su anterior proyecto en Paramount Comedy, pero tampoco fue suficiente para calmar mi impaciencia
Lo que yo esperaba, con la misma ilusión con que un gambitero aguarda la llegada del fin de semana, era el estreno de la segunda temporada. Nuevos sketches que sustituyeran a las memorables, pero ya un poco asobinadas, parodias de Tachenko, Bocaseca Man o Anatoli Karpov. Y la espera mereció la pena, porque, como nos tienen acostumbrados Joaquín Reyes y compañía, el arranque de Muchachada Nui 2.0 fue todo menos regulero. Una nueva exhibición de lo impensable. De lo que uno nunca imaginó que alguna vez iba a encontrar en televisión. A saber: Condolezza Rice matando zombis a cascoporro; Tarantino describiendo con acento albaceteño su relación con Robert Rodríguez; un grupo de escolares ensayando un montaje teatral sobre el golpe de estado de Tejero para el fin de curso... Si los programas venideros mantienen el nivel, me quito el sombrero (mejor aún, la visera de la Caja Rural de Cuenca). El humor aberrante de la muchachada bastará para mantenernos en la temporada primavera-verano con la maquinaria a tope. Copón, copín y copete.

martes 8 de abril de 2008

Digresiones (II): señales


Circulábamos bajo el hechizo de la autopista. Sumidos en ese trance, en ese contradictorio estado de semi-hipnosis en el que acaban cayendo los conductores en las grandes carreteras. Con la máxima atención y , sin embargo, completamente ausentes. Observando todo y no viendo nada. De pronto, un OVNI, en el más estricto sentido de las siglas, apareció en el horizonte para sacarnos de nuestro marasmo. Flotaba a poco más de un metro sobre el asfalto. De lejos parecía un ave herida revoloteando alocadamente. Al acercarnos se asemejaba más a una gigantesca polilla presa de bruscas convulsiones. Hasta que no lo tuvimos encima no nos dimos cuenta de que se trataba de un cuaderno zarandeado por el tráfico, deshojándose violentamente azotado por el viento y por las embestidas de los automóviles que atravesaban la blanca cortina de celulosa como si de una blanda lluvia de meteoritos se tratara.
Cuando nos llegó el turno de cruzar aquella inesperada tormenta de papel, una de aquellas hojas acabó posándose en nuestro parabrisas. La simple inercia de la velocidad bastaba para mantenerla adherida al cristal. Desde los asientos del piloto y el copiloto podíamos ver claramente que se trataba de los restos de una agenda. Se adivinaba un pequeño calendario, una fecha y unas anotaciones a mano. A medida que devorábamos kilómetros, nuestra curiosidad sobre aquel mensaje caído del cielo fue aumentando, hasta el punto de que empezó a crecer en nosotros la sospecha de que un acontecimiento semejante sólo podía ser, más que fruto de la casualidad, un aviso del destino. Comenzamos a analizar aquella señal divina y a hacer cábalas sobre como interpretarla. Tal vez deberíamos jugar a la lotería en la fecha impresa en el papel. Tal vez el texto manuscrito nos llevaría a algún lugar, o al encuentro de alguna persona que necesariamente debería cambiar nuestra vida. Tal vez había un número de teléfono que necesitábamos marcar para obtener un mensaje oculto.
Pasado un tiempo, la autopista desembocó en la circunvalación de la gran ciudad. Tomamos nuestra salida y, al aminorar la marcha, nuestra hoja, lentamente, con una cruel parsimonia, se desprendió del parabrisas y cayó al suelo. A través del retrovisor vimos como como el resto de coches pisoteaban aquella maltrecha cuartilla. Y, con pesar e infinita pereza, sentimos como volvíamos a quedarnos solos en la busqueda de nuestro destino.

lunes 7 de abril de 2008

"Juno": la sombra del diablo


Aquellos que últimamente se hayan guarecido en este refugio quizás ya sepan que últimamente no ha parado de sonar en él música made in Goteborg. Pues bien, con la misma aleatoriedad con que se ha producido este extraño abordaje de pop vikingo, ahora empiezo a verme rodeado de embarazos no deseados (con los cuales, aclararé ante todo, poco tengo que ver). Sin estar aún recuperado de la estremecedora odisea de la quejumbrosa y cargante Gabita en "4 meses, 3 semanas y 2 días", ahora aparece la lenguaraz e inconsciente Juno y se queda en estado con dieciseis años, víctima de su propensión a hurgar en lo desconocido y de su impulsividad. Sin embargo, mientras que Gabita decidió interrumpir el embarazo y protagonizar el aborto más deprimente de la historia del cine, nuestra querida Juno ha preferido tener el niño y darlo en adopción a unos padres más responsables. En teoría. Y hasta ahí puedo escribir.
Pese a que el planteamiento general de la película, así contado, no parece excesivamente brillante, es por todos conocido que su guión original, obra de la popular Diablo Cody, ha sido galardonado con el Oscar 2008. La virtud del texto de Cody está, más que en la panorámica general, en el detalle de unos diálogos mordaces y afilados que son puro vitriolo y de los que saca petróleo una estupenda Ellen Page en su papel de Juno Mac Guff. Pero además hay una segunda razón, si cabe más poderosa, que ha llevado a Cody (Brook Busey-Hunt en la vida real) a gozar de la gloria en el Kodak Theatre, y es que, por una vez, en esta película la guionista es la estrella. Diablo Cody, quintaesencia del sueño americano, que trabajó de stripper y recibió la propuesta de hacerse cargo del guión cuando un productor leyó su blog, es uno de los personajes de moda de Hollywood y da la impresión de que su alargada figura ha acabado apoderándose de la película y ha contribuido al inesperado boom, y tal vez a la sobrevaloración, de la misma.
En este sentido, merece la pena rescatar del olvido a Jason Reitman, director de un filme que desde sus créditos iniciales destila un inconfundible aroma indie americano, y que confirma el talento apuntado en su anterior película, "Gracias por fumar", una comedia tan sarcástica como "Juno" a la que sólo un final fallido privó de una mejor consideración general.
Para acabar, sólo dos apuntes personales. Primero: Belle and Sebastian, uno de mis grupos predilectos, suena dos veces en la cinta. Segundo: nunca he sido un gran stripper, pero ¿hay algún productor de Hollywood entre el público?

sábado 5 de abril de 2008

Adele: campeona sub-20


El primer disco de Adele Adkins, "19", ha sido un hype. Un gran éxito. Hasta hace sólo unas semanas ella era lo que los ingleses, en su desaforada y chauvinista búsqueda de nuevas estrellas que dominen la industria discográfica mundial, llaman The Next Big Thing. Sin embargo, la evolución de las tendencias es tan delirantemente cambiante, tan desmesuradamente voraz, que casi sin darme tiempo a terminar de asimilar su primer trabajo parece ser que ya ha sido sustituida por Duffy en su pugna por suceder en el trono a Amy Winehouse, quien, por otra parte, apenas lleva un año en la cima.
En el siglo XXI es imposible estar al día porque el presente no existe. El hoy ya es pasado y lo único que importa es el futuro. Las películas envejecen hasta la muerte el día que se estrenan, porque lo que levanta expectación es ver el teaser del gran lanzamiento del próximo año o bajarse de Internet el último blockbuster llegado del otro lado del charco. Los libros duran en la sección de novedades de la FNAC una semana. Los bañadores se compran en febrero y los abrigos en agosto. Y Adele, que, como indica el título de su disco, aún no ha cumplido los veinte, ya empieza a recibir codazos para dejar paso a la siguiente, cuando no hace más que dos meses que su debut llegó a las tiendas y se alzó con el número uno en ventas en el Reino Unido. Es el gran peligro que conlleva la etiqueta de gran promesa. Inocula un virus mortífero contra el que es imposible luchar. Desencadena un destructor proceso degenerativo del que pocos salen indemnes. Dentro de dos años Adele editará otro disco y dirán que no es tan bueno como el primero. Y dentro de dos años más sacará un tercero que será recibido con elogios, pero que apenas tendrá repercusión ya que se percibirá como antiguo, a pesar de que Adele sólo tendrá 23 años.


Sería una lástima que esta joven londinense, a la que no le ruboriza reconocer que su grupo favorito siempre fueron las Spice Girls, fuera otra víctima de la industria, ya que su triunfo no parece haber sido cocinado por los gurús del marketing. Para empezar, no es ningún bombón. Puede incluso que los que la hayan visto, al haber leido aquello de The Next Big Thing, pensaran que estaba haciendo alguna broma cruel sobre su oronda figura. Tampoco parece haber gozado de la ayuda de grandes padrinos. Simplemente sus temas se colgaron en MySpace y el boca a boca la catapultó al éxito. En principio, todo se lo debe a su propio talento, a sus composiciones (pese a que sus letras aún dejen mucho que desear) y, por encima de todo, a su voz, educada en la misma escuela que la anteriormente mencionada Winehouse.
Su estilo, el pop con mezcla de soul, no es ni mucho menos mi género favorito, pero algunos de los temas de "19" merecen el esfuerzo de aventurarse por nuevos derroteros. "Cold shoulder". "Best for last". "Hometown glory". El arranque, incluso, de "Chasing pavements", una canción que empieza muy bien pero que desemboca en un estribillo facilón y convencional que arrasa en las radiofórmulas y levantará las sospechas de todos aquellos que desconfían de la naturalidad del fenómeno Adele. Para los más escépticos, adjunto este vídeo de "Daydreamer", mi corte favorito de "19", en el que podrán examinarla sola ante el peligro, defendiendo el tema que abre el disco sin trampa ni cartón en el estupendo programa de la BBC "Later with Joos Holland".

jueves 3 de abril de 2008

Digresiones (I): queridos extraños

Todas las mañanas me cruzo con las mismas personas en mi camino al trabajo, y es su posición en ese trayecto lo que me indica si voy bien de tiempo o si se me han pegado las sábanas. El atribulado padre que lleva a sus dos niños al cole. La señora pintada como una puerta. El carnicero del súper. El camarero que no va vestido de camarero. Si me los encuentro demasiado cerca de mi casa, señal inequívoca de que debo acelerar. Si al llegar al primer semáforo aún no me he topado con ninguno, quizás signifique que, por una vez, voy con adelanto.
Yo les miro y ellos me miran, pero nunca nos decimos nada. No vale fingir que no nos reconocemos. Llevamos meses coincidiendo y yo además circulo en una bicicleta en miniatura con ruedas del tamaño de un plato. ¿Cómo pasar desapercibido? Simplemente no queremos hablarnos. En esas mañanas tan oscuras con las que comienzan los días de trabajo preferimos comportarnos como ariscos autómatas, como robots preprogramados para rehuir el contacto humano. No vaya a ser que un saludo nos ralentice. No vaya a ser que a partir de ahora haya que saludar siempre. ¿Cuándo nos volvimos tan parcos en palabras? ¿Cómo cultivamos ese total desinterés en relacionarnos? ¿Cuándo decidimos convertir a todos estos extraños cotidianos en mero mobiliario urbano?
Uno se cansa de que la prisa lo anule todo, de caminar siempre por encima de sus propios pasos, y piensa que la felicidad debe de estar en no tener que preocuparse cada día de la hora a la que uno llega a un semáforo. En cómo le gustaría poder estar junto a ese semáforo treinta minutos más tarde. En la gran aventura que sería atravesar esa calle a las doce del mediodía. O a las cuatro de la tarde. O a las cuatro de la madrugada.
Uno querría ser libre para hacer lo que nunca hace porque no puede o no quiere. Para detenerse por un momento y saludar, por ejemplo, a esa señora que ve a diario y pedirle, después de tanto tiempo, que no se siga pintando como una puerta.
Uno se levanta deseando dar un giro de 180 grados, pero al final siempre lo acaba dando de 360.

martes 1 de abril de 2008

Los 10 magníficos


Leía el pasado sábado en el Babelia, el suplemento cultural de El País, a Carlos Boyero quejándose amargamente de la nula sensibilidad cinematográfica de los programadores de las televisiones generalistas españolas, para quienes resulta un completo anacronismo ubicar en la parrilla un ciclo dedicado a un actor, un director o un productor como los que proliferaban en TVE hace años, en una época en la que las audiencias no ejercían su tiranía y uno podía encontrarse a cualquier hora retrospectivas de, por ejemplo, Cary Grant, John Ford o Roger Corman. Se le olvidó a Boyero apuntar que, de todas formas, para aquellos que no les importa amoldarse a los horarios que otros les marcan, aún es posible (aunque no sé por cuánto tiempo) disfrutar de este tipo de contenidos abonándose a una televisión de pago.
Sin ir más lejos, este fin de semana se estrenó en TCM, uno de los canales que la multinacional americana Turner dedica al cine, un estimulante proyecto que bajo el nombre de "Los 10 magníficos" pretende hacer un repaso a los mejores directores de la actualidad. El ciclo, dividido en entregas mensuales, se inauguró con un magnífico que son dos, los hermanos Coen, y con tres de las obras más representativas de la recientemente oscarizada pareja: "El gran Lebowski", "El gran salto" y "El hombre que nunca estuvo allí" (pese al nombre, la más grande de las tres).
Aunque no soy amante de los maratones, disfrutar de una triple sesión de estas características puede resultar ya de por sí algo muy atractivo. Sin embargo, desde mi punto de vista, lo mejor, o al menos lo más novedoso, estaba justamente antes de la emisión de unos filmes que la mayoría ya han visto. Y es que, como sucederá con los próximos directores, las películas estaban precedidas por un amenísimo mini-documental de unos veinte minutos que repasaba la carrera de los Coen y en el que su autor, Pedro González Bermúdez, lejos de limitarse a la habitual enumeración de títulos, resumía con un ritmo vertiginoso las líneas maestras del cine de los famosos hermanos y ofrecía pistas clave para entender su trayectoria. Probablemente desconocido para el gran público, Pedro González lleva tiempo demostrando su talento como hombre orquesta de la producción audiovisual (grafista, músico, realizador, guionista, webmaster...) y este mismo año su brillante trabajo en "El productor", documental que giraba en torno a la figura de Elías Querejeta, ha estado a punto de verse recompensado con un Goya.
La mejor noticia, por tanto, de este ciclo es que aún podremos disfrutar de nueve documentales más (qué gran material para un pack de DVD's) en los que su director promete exprimir al máximo la obra de otros tantos genios para ofrecernos, como en el caso de los Coen, un refrescante zumo de puro cine. Próxima parada: David Lynch. Estoy deseando ver pasar "Mullholland Drive", "El hombre elefante" y "Una historia verdadera" por la licuadora de González.