domingo 30 de marzo de 2008

Jens Lekman y el misterioso influjo de Goteborg


Hubo una temporada en la que todas las películas que me encontraba transcurrían en la localidad estadounidense de Savannah (Georgia). Casi había olvidado esta inquietante casualidad cuando, años más tarde, empecé a toparme con varios filmes que, independientemente de donde discurrieran sus tramas, siempre acababan en Estambul. Hacía ya tiempo que ninguna otra ciudad irrumpía de esta inopinada manera en mi vida, hasta que el otro día, después de colgar en este mismo blog un tema del grupo de pop sueco Irene, naturales de Goteborg, decidí escuchar el album de Jens Lekman "Night falls over Kortedala". Huelga decir que lo primero que me pregunté fue donde estaba este lugar de extraño nombre. Me sonaba a isla del Pacífico, o a península rusa. Lo consulté en Google y, de todos los lugares del ancho mundo donde podía haber estado, resultó ser un barrio de la periferia de adivinen qué ciudad nórdica. Bingo. Goteborg. O Gotemburgo, como prefieran, lugar de residencia del joven Lekman. Y hete aquí que ahora, entre unos y otros, mi casa se ha llenado de música procedente de una ciudad sueca que desconozco (yo sólo he estado en Malmö) pero que se ha colado en mi vida cotidiana como si de una señal mística se tratara o algún ser superior pretendiera decirme algo.
En cualquier caso, no quisiera que la referencia de esta cadena de casualidades más propia de una novela de Murakami o Auster distrajera la atención del delicioso disco de este joven crooner sueco, de voz al más puro estilo Morrisey y debilidad por un pop barroco adornado de elegantes arreglos orquestales en la onda de The Divine Comedy o Belle and Sebastian.
Los violines, pianos, trompetas y acordeones acompañan de forma exquisita las doce temas que componen "Night falls over Kortedala" y en las que Lekman, número uno en ventas en su país, demuestra su maestría en el uso de los samples y sus grandes dotes como letrista. Aunque muchos de los cortes están teñidos de una profunda melancolía, de añoranza por tiempos pasados ("Into eternity", "If I could cry"), en el tercer disco de Lekman hay historias para todos los gustos y, sobre todo, un exquisito sentido del humor. Temas como "A postcard to Nina" o "Friday night at the drive-in bingo" merecen ser degustados con sus irónicas letra delante para apreciarlos debidamente. No obstante, sólo dos temas bastan para salir corriendo a hacerse con el que, dicen los entendidos, es uno de los mejores discos pop de los últimos meses: "The opposite of Hallelujah" y "Sipping on the sweet nectar", cuyo video adjunto por si alguien más quiere dejar entrar a Goteborg en sus vidas.

viernes 28 de marzo de 2008

Bienvenido, Mr. Follet


Probablemente, lo que sigue no guste demasiado a los incontables lectores de Ken Follet, lo que me preocupa más bien poco. Dudo asimismo que haga mucha gracia en Vitoria, lo que ya me duele algo más. Y desde luego desagradará por completo a mi madre (fan militante de la ciudad y del autor galés) lo que, como a cualquier hijo decente, me apena muchísimo. Sin embargo no me resisto a manifestar, parapetado en este refugio, la sorpresa, perplejidad y, si me tiran de la lengua, hasta el ligero bochorno que me produce todo el revuelo que se ha montado en torno a Follet y a la presentación de su nuevo libro, "Un mundo sin fin", en Gasteiz, un acontecimiento del que ya han pasado un par de meses pero que me viene ahora a la memoria al cyber- toparme (aún no he tenido ocasión de palparla en persona) con unas imágenes de la estatua que han erigido al famoso escritor frente a la catedral de Santa María.
No hace falta presentar a Ken Follet. La palabra best-seller se inventó para definir a tipos como él. Millonarios artesanos de tramas. Alquimistas literarios capaces de transformar tinta en oro. Es probable que cualquiera que ahora me esté leyendo haya comprado alguno de sus libros, ya que ha vendido la friolera de noventa millones. Y es más que posible que, dado que sólo en España ha vendido cinco millones y medio, el que haya comprado sea "Los pilares de la tierra". Yo mismo leí en mi tierna juventud esta voluminosa historia en torno a la construcción de una catedral en la Inglaterra medieval y recuerdo que hubo una época, unos diez o doce años a.C. (antes del "Código Da Vinci"), en que no era difícil encontrar un ejemplar en cada mesilla, en cada estantería o, lo que es más sorprendente, en cada vagón de Metro o autobús, algo encomiable teniendo en cuenta que las 1.300 páginas de que consta la novela pesan como un templo gótico.
Pues bien. En octubre del 2002 Ken Follet visitó las obras de restauración de la catedral de Santa María de Vitoria, como también hicieron otros autores de mucha más enjundia como José Saramago, Mario Vargas Llosa o Arturo Pérez Reverte y que sirvieron para promocionar un proyecto con el que se pretende dotar a la casi siempre olvidada Vitoria de un atractivo turístico. Los que le acompañaron en su recorrido, y esto ya forma parte de la leyenda, dicen que Follet, el amante de las catedrales, el estudioso de la arquitectura, salió obnubilado, maravillado por lo que acababa de ver, hasta el punto de que el vetusto y doliente edificio le procuró la inspiración que le había faltado para acometer la titánica tarea de darle una continuación a la obra que le encumbró. Durante un lustro, el novelista británico se mantuvo en contacto con los responsables de la Fundación Catedral Santa María. Recabando información. Estudiando los defectos que habían llevado a la catedral vieja de Vitoria a la ruina, traspasando a la ficticia catedral de Kingsbridge, en torno a la cual giran los arquetípicos argumentos de "Los pilares de la tierra" y "Un mundo sin fin", los desequilibrios, humedades y corrientes subterráneas que minaban la salud del templo alavés. Una vez acabado el libro, otro caballo ganador, otro éxito comercial asegurado, tal y como el viejo zorro Follet se había cuidado muy mucho de que ocurriera, como todo lo que toca alguien que desde joven tenía clara la decisión de sacrificar lo literario por lo económico y que vendió su primer manuscrito para pagar la hipoteca, una vez escrita la secuela, decía, decidió tener tres detalles con la Fundación. Primero, elegir una foto suya en el coro de la catedral para ilustrar el interior del libro. Segundo, incluirles, entre otras muchas fuentes de inspiración, en su listado de agradecimientos. Y tercero, presentar la edición española del libro en Vitoria.
En realidad, nada hay que reprochar a Follet, que siempre tuvo la honradez de reconocer su condición de respetable mercenario de las letras. El reproche es para aquellos que, cegados por el fenómeno de "Un mundo sin fin", por la desmedida fortaleza a nivel editorial del autor, encumbran a la categoría de genio a alguien que nunca se ha tomado a sí mismo artísticamente en serio y le erigen una estatua frente al edificio más importante de la ciudad. Para aquellos que no les importa vincular un proyecto de años y una catedral de siglos a un personaje efímero cuya incomprensible réplica pervivirá por encima de sus obras. Que se muestran tan serviles, tan genuflexos, tan provincianamente honrados por la magnanimidad de Mr. Follet que, con todos los respetos, me recuerdan a esos fans que gritan enfervorecidos cuando Bono o Madonna se enfundan en un concierto una camiseta del Atlético, o del Betis, o del Celta para complacer al público local.

Lo cierto es que todo parece desmedido. Si todos lo lugares en los que Follet ha presentado sus novelas (traducidas al alemán, al francés, al catalán, al italiano, al japonés, al húngaro...) le dedicaran una estatua, el mundo estaría lleno de Ken Follets de bronce (curiosamente, la realidad es que ni siquiera en su Cardiff natal tiene una estatua). Si todas las personas, ciudades o edificios a los que Follet ha mentado como inspiración a lo largo de su carrera se dieran una importancia semejante a la que se ha dado Vitoria, lo único que denotarían es una alarmante falta de riqueza e historia propia que dar a conocer al mundo.
Probablemente alguno de los deslumbrados por la deferencia de Mr. Follet se eche las manos a la cabeza. Yo sólo le pediría a los responsables municipales y provinciales, que como Pepe Isbert, se asomaran al balcón del consistorio y dijeran eso de "como alcalde vuestro que soy os debo una explicación".

miércoles 26 de marzo de 2008

Música para la primavera

Si hubiera que componer una banda sonora para la primavera, seguramente tendrían que recurrir a la mayoría de mis grupos preferidos. De las miles de canciones que se me ocurren para festejar el inicio de la nueva estación, os adjunto esta brillante "By your side" repescada del recopilatorio de Rockdelux con lo mejor del 2007 y cuyo estribillo final garantiza inmunidad total contra la astenia. El grupo se llama Irene y, como el frío con el que se ha despedido el invierno, proceden de Goteborg.

domingo 23 de marzo de 2008

"Viajes con Heródoto": el último legado de Kapuscinski


Tal vez la intuía. Tal vez presentía su inevitable llegada y sintió la necesidad de recapitular, aunque fuera brevemente, de echar la vista atrás y recordar cómo empezó todo. De convertirse por una vez él mismo en objeto de sus reportajes. Y es que "Viajes con Heródoto", el último libro de Kapuscinzki antes de ser alcanzado por la muerte el año pasado, sabe a eso. A resumen. A legado. A última voluntad. A testamento perfecto en el que el polifacético autor quisiera donarnos a todos su infinito entusiasmo por saber. Por descubrir. Por comprender.
Este canto del cisne del malogrado periodista polaco es, además de un repaso a sus memorias, toda una declaración de amor al viaje, a la necesidad de ir más allá en busca de otros mundos y otras gentes con el único objetivo de ampliar miras y conocimientos. El propio autor lo explica cuando habla de su juventud en los inicios de este inclasificable ¿ensayo? ¿novela? ¿estudio?: "Mi más ardiente deseo (...) era de lo más modesto, pues lo único que me intrigaba era ese instante concreto, ese paso, ese acto básico que encierra la expresión cruzar la frontera". Kapuscinski se veía impelido a abandonar su tierra, la gris Polonia post II Guerra Mundial, y será este afán, esta inquietud innata, la que le espoleará en su interminable peregrinaje por el mundo, una trayectoria vital de la que da cuenta con un estilo cautivadoramente ameno "Viajes con Heródoto". India, China, África... la continua búsqueda de nuevos horizontes de Kapuscinski en su tarea de corresponsal es todo un ejemplo para aquellos pobres de espíritu que no ven más allá de su entorno, aquejados de un pegajoso conformismo o, aún peor, de contagiosos localismos, provincianismos y nacionalismos. ¿Cómo no relativizar la importancia de tu lugar de origen oyendo hablar a Kapuscinski de la senegalesa isla de Gorée, frente a la que se abre la inmensidad del Atlántico y cientos de años de historia de esclavitud ? ¿Cómo no sentirse un grano de arena en el desierto al trasladarnos a la enormidad de la inabarcable China o la multicultural e inaprensible India?
El libro además, y ahí radica parte de su grandeza, no es sólo un viaje en el espacio. El autor, galardonado con el Príncipe de Asturias en el 2003, contrapone sus vivencias con las de Heródoto de Halicarnaso, el historiador y geógrafo griego, y convierte a la obra en un maravilloso juego de espejos en el que se entrelazan los relatos de ambos viajeros, separados por 2.500 años de diferencia pero unidos por un ansia común de conocimiento. El volumen de la "Historia" de Heródoto que le regalará la redactora jefa de su periódico será el ancla sobre el que reposará Kapuscinski en sus parada por las distintos confines del globo. El joven corresponsal irá descubriendo episodios clave de la antigüedad a través de su predecesor en el bello oficio de descubrir el mundo y nos hará partícipes de ello seleccionando los más relevantes y masticándolos para su mejor comprensión: la historia de Creso, la batalla de las Termópilas, la campaña de Jerjes contra Atenas...
Aparte de recomendar vivamente este libro, sólo cabe decir que, tras enfrentarse a lecturas como esta, uno no puede dejar de pensar en las distintas formas que existen de pasar por el mundo y reconocer, con cierta amagura, que todos quisieramos irnos de aquí como Kapuscinski. O como el mismo Heródoto. Con la mochila, y el corazón, lleno de historias que sirvan de guía para los viajeros del futuro.

martes 18 de marzo de 2008

Bocados de realidad: "4 meses, 3 semanas y 2 días"


A veces, uno tiene que tener cuidado con dónde se esconde. Con dónde va a parar en su huida de la realidad, ya que en su afán por distanciarse de las penurias más cercanas e inmediatas puede verse arrastrado hasta otras mucho peores, a otros problemas y situaciones inmensamente más angustiosos y perturbadores. Este es un aviso para todos aquellos (cuyo punto de vista comprendo pero no comparto) que creen que es mejor no refugiarse en la ficción si ésta es un reflejo de desgracias reales; que evitan las peliculas o los libros cuya crudeza reside en no estar basados en la invención sino en la verdad: "4 meses, 3 semanas y 2 días" no es una ventana a la que debáis asomaros.
Cristian Mungiu, el director que ha colocado a Rumanía en el epicentro del mapa cinéfilo al lograr la Palma de Oro de Cannes y el Premio a la Mejor Película Europea, nos traslada a un país que luce mucho más terrorífico que en las películas de Drácula. Estamos en la Rumanía de 1987. Un pueblo deprimido que lucha contra el estado de privación total al que ha quedado sometido bajo la batuta del Conducator Ceaucescu. Un pueblo sin libertad cuyos movimientos son concienzudamente vigilados por la Securitate. Un pueblo pobre que no tiene ni para artículos de primera necesidad debido a la galopante deuda externa que lo estrangula y que le obliga la exportación de todos sus recursos.
De entre todos los casos diferentes que Mungiu, también guionista de la obra, podía haber elegido para ejemplificar las penalidades de sus compatriotas en estos años oscuros, para mostrarnos cuánto más complicado puede ser todo dependiendo del lugar al que por azar hayas sido arrojado al mundo, el director se decanta por uno: paradójicamente, un aborto. A través de dos jóvenes, Otilia y la irritante Gabita, y de su recorrido por una ciudad hecha pedazos, producto de la delirante política de urbanización del dictador, en la que los vehículos, las carreteras, los hoteles, parecen de hace ochenta años y no veinte, el espectador se ve transportado a un mundo en el que si ya el día a día, desde conseguir unas medicinas a coger un simple autobús, es difícil, el transgredir el orden establecido para acometer una tarea de la gravedad de la interrupción de un embarazo se convierte en toda una epopeya.

Tal vez sea aquí, en su valor como documento histórico, como prueba y testimonio de una verdad desgarradora, donde resida el principal activo de una película de la que habíamos oído hablar tanto, que había sido tan premiada, que había suscitado tantas quejas por no estar siquiera nominada al Oscar, que no colma las expectativas creadas antes de su visionado. Hace tiempo que tengo la fórmula clara: a mayor esperanza, menor sorpresa. "4 meses, 3 semanas y 2 días" es un puñetazo en la conciencia de la rica Europa, que disfrutaba plácidamente del fin de siglo mientras algo se pudría en su patio trasero. Un cuadro tenebrista. Una fotografía del comunismo. Pero no es, en mi opinión, una obra maestra.
La vocación histórico-descriptiva de Mungiu, que elimina de su cine todos los recursos superfluos en su búsqueda de una verosimilitud rayana en el documental, queda de manifiesto en el irónico título que le ha dado a la serie de películas que pretende rodar, y que se abriría con esta cinta: "Relatos de la Edad Dorada". La agonía, por tanto, proseguirá en nuevas entregas.



viernes 14 de marzo de 2008

"Expiación" Vs. "Expiación"


Tac tac tac. Tac tac tac. El rítmico martilleo de la máquina de escribir con que se abre la película, y que posteriormente se repetirá en su banda sonora, parece rendir tributo a la obra literaria en la que se inspira pero, sobre todo, contra la que se enfrenta. "Expiación" contra "Expiación". "Atonement" contra "Atonement". O lo que es lo mismo. Joe Wright contra Ian McEwan. La prosa contra el celuloide. La Briony que soñamos contra la Briony recreada.
El combate es tan antiguo como la historia del cine. A veces uno de los dos contendientes gana por KO. En otras ocasiones es difícil dilucidar quién es el vencedor a los puntos. El gran público por lo general se pone de parte de la literatura con el ya famoso "a mí me gustó más el libro". Los más entendidos por el contrario se mofan del anterior comentario y se cuidan muy mucho de soltarlo al salir de la sala. "Han tenido que recurrir a grandes elipsis para no alargar el metraje", prefieren apuntar. O "con esta escena han traicionado el espíritu de la obra original".
Para aquellos que por encima de todo buscamos historias, la adaptación de un texto ya leído a la gran pantalla presenta un terrible inconveniente: la previsibilidad. Conocemos de antemano el desenlace, sabemos lo que va a pasar, y eso puede hacer que nos enfrentemos a su visionado con la distancia y el triste desapasionamiento del que ve un partido de fútbol en diferido.
Ahora bien. Salvo que hayamos leído la novela en que se inspira el film muy recientemente, o nos haya marcado de forma excepcional, y aún así, ¿hasta que punto recordamos los pormenores de un texto que nos acompañó años atrás? ¿Los detalles de una trama en la que nos sumergimos hace ya tiempo? Yo, que no soy mitómano y raramente releo nada, que prefiero lo bueno por conocer que lo bueno conocido, tiendo a olvidarlo todo rápidamente. Así, en mi caso, las adaptaciones al cine funcionan como un antidoto contra la amnesia, y las imágenes van tirando del hilo de mi memoria hasta lograr desenredar el barullo de frases, imágenes fragmentadas y datos inconexos al que habían quedadon reducido los recuerdos del libro.
El caso de "Expiación", una de las mejores novelas de uno de los mejores escritores contemporáneos, no ha sido diferente. A través de los livianos Keira Knightley y James McAvoy han vuelto a mi memoria las andanzas de Cecilia y Robbie Turner. He recordado lo que sucedía en tal momento. Lo que acontecía en tal otro. La estructura de la narración, dividida en tantas partes como protagonistas. La ambientación. El momento histórico en que se encuadra. Sin embargo, pese a devolverme tantas cosas, la adaptación de Joe Wright no ha podido reavivar el único poso de "Expiación" que permanecía intacto en mi cabeza. Incólume. El hondo sentimiento de compasión, de pesar y lástima, por alguien al que toda una vida no le valdrá para reparar un mayúsculo error del pasado. Para expiarlo.
En breve llegará a los cines otro título basado en una de los pocos libros que últimamente han podido transmitirme sensaciones de una viveza semejante: "Vía revolucionaria", de Richard Yate. Esperemos que esta vez, y con la ayuda de los mucho más consistentes Sam Mendes, Leo Di Caprio y Kate Winslet, haya más suerte.

jueves 13 de marzo de 2008

Carla


Nos han robado a Carla. Igual que antes nos robaron a otros: Chris Martin, Pete Doherty... Nos sentíamos orgullosos de contarnos entre sus seguidores. Afortunados por haberlos descubierto entre la multitud. Especiales. Hasta que un día empezaron a aparecer en las páginas de sociedad de los periódicos, en la prensa rosa, en los programas del corazón: en todos aquellos medios tan ajenos a nosotros y a ellos. Y ya no eran los mismos. Ni rastro del compositor de la luminosa "Yellow". Sin noticias del líder de los robustos Libertines. Se habían transformado. Habían pasado a ser otra cosa. Nuevas caras. El padre de Apple. El novio yonki y macarra de Kate Moss.
La transformación de Carla Bruni va mucho más allá. Era la dama de la canción cool y ahora es la dama de Francia (ya nunca podrá dejar de serlo). Nos la imaginábamos igual que en la portada de su segundo y hasta la fecha último disco, en un pequeño pero cálido apartamento de Montmartre, o del Trastevere, acompañada de su guitarra, de sus CD's, y releyendo poemas de Yeats o Emily Dickinson, y ahora nos preguntamos : ¿qué va a ser de ella? ¿Encontrará la inspiración necesaria en la fría magnificencia del Eliseo? ¿Se sentirá, pese a ser de noble cuna, cohibida por tanta majestuosidad, por el peso de la historia de un edificio por el que tantos y tan insignes desfilaron antes que ella: Luis XV, Luis XVI, Murat, De Gaulle, Mitterrand, Chirac...? ¿O se amoldará por el contrario a su nueva vida sin demasiados problemas, y ensayará nuevos temas con total desenvoltura en un mullido butacón del Salón Dorado, o en los sillones de cuero del jet presidencial mientras su marido revisa una proposición de ley o estudia nuevas fórmulas para frenar la inmigración? ¿Preferirá la macabra soledad y el recogimiento del búnker anti-atómico?
Resulta difícil, por mucho que se hable de la erótica del poder, por mucho que Sonsoles Suárez también cante en un coro, acostumbrarse a sociedades de esta naturaleza. Casar el pop con la alta política. El arte con la diplomacia.
Tan difícil como aceptar que alguien que votó por Segolene se haya casado con Nicolás.


domingo 9 de marzo de 2008

"La soledad": elogio de lo cotidiano


En entradas anteriores hacía alusión a dos de las noticias que más me habían sorprendido recientemente: la presencia de "La Casa Azul" entre los candidatos a representar a España en el Festival de Eurovision y el noviazgo y posterior matrimonio de Carla Bruni con Sarkozy. Pues bien. Debo añadir una tercera: la concesión de tres premios Goya, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Director, a la personalísima "La soledad", título que presuponía denso y difícil y cuyo tardío visionado (mes y pico después de su noche de gloria) no ha hecho sino confirmar mis sospechas.
En primer lugar, esta valiente e inesperada distinción para el filme de Jaime Rosales (la mera nominación ya resultaba del todo improbable) supone un punto de inflexión para un organismo que hasta entonces se había decantado por propuestas más académicas ("Volver", "Mar adentro", "Los otros"...) y que de esta manera da una oportunidad a trabajos que hasta la fecha parecían destinados únicamente al consumo de la crítica más especializada y de los cinéfilos más exigentes (incluyamos en este grupo el cine de Marc Recha o José Luis Guerín, por ejemplo).
En segundo lugar, el caso de "La soledad" representa una rareza absoluta que no recuerdo tenga ningún precedente en certámenes similares (Oscar, César, Premios del Cine Europeo...) y que habla de la independencia total y absoluta del tantas veces vilipendiado colectivo presidido por Ángeles González Sinde. ¿Se imaginan, por ejemplo, a David Lynch saliendo del Kodak Theatre con una estatuilla por "Inland Empire" o "Mullholland Drive"? ¿O a Peter Greenaway? ¿O a los hermanos Dardenne? Y es que la segunda obra de Jaime Rosales es, como en el caso de los ejemplos apuntados, una película carente de todo guiño al espectador convencional. Cine hermético en la antípodas del gusto general al que sólo el apoyo mediático de los Goya ha salvado de pasar completamente inadvertida para el gran público.


Al igual que en su interesante ópera prima, "Las horas del día", Rosales despoja a su obra de todo artificio en su intento de retratar lo cotidiano y convertir la pantalla en un espejo de la realidad. Ni hay música, ni actores demasiado reconocibles ni guiones excesivamente literarios. El realismo de Rosales poco tiene que ver por ejemplo con el de Fernando León en "Los lunes al sol" o "Princesas". Mientras que los personajes del primero intercambian frases preñadas de un lirismo difícil de imaginar en unos parados o en unas prostitutas, los diálogos que componen los guiones del segundo, y con las que Rosales pretende plasmar los problemas de incomunicación de nuestro tiempo, están sacados de las situaciones más corrientes de la vida diaria: "¿Dónde están las aceitunas?", "¿Quieres que te haga una tortilla?", "No sé si pasarme a recoger unos muebles a Mueblerama".
Ni siquiera una técnica tan efectista como la de dividir la pantalla parece restarle un ápice de credibilidad al conjunto. Lo que en otras cintas suele parecer un recurso pretencioso, en "La soledad" se acepta de buen grado, de forma natural, como una ayuda incluso que facilita ese concienzudo análisis de la normalidad al permitir retratar lo que acontece a través de distintos puntos de vista simultáneos.
En cualquier caso, que nadie se lleve a engaño y piense que en las películas de Rosales no pasa nada. Tanto en "Las horas del día" como en "La soledad" ocurren cosas increíbles. Sucesos que en cualquier otra cinta estarían apoyados por composiciones músicales cargadas de dramatismo, cámaras lentas o interpretaciones extremas. Rosales prefiere mostrarnos los hechos de forma completamente desnuda. Descarnada. Sin alharacas. Y lo cierto es que, de este modo, a mí me provocan mil veces más escalofríos.

jueves 6 de marzo de 2008

La Casa Azul, douze pointe


Un extraño e incómodo sentimiento de culpa me acompaña en la redacción de esta entrada. Cierto rubor. Cierta sensación de estar confesando algo que debería ocultar a mis conocidos, a todos aquellos que me tienen por una persona medianamente cultivada y que ahora podrían sorprenderse por mi extravagante afirmación. Y es que me gusta uno de los grupos que aspiran a representar a España en Eurovision 2008: "La Casa Azul". Y no es que me guste sólo un poco. Es que tengo todos sus discos, sus últimas canciones no paran de sonar en mi iPod y Guille Milkyway está entre mis artistas pop españoles favoritos.
Vaya por delante que no soy ningún entendido en música. Que me faltan argumentos técnicos con los que defender mis gustos y atacar los de los demás . Sin embargo, los que me rodean me tienen por una persona mínimamente sensible. Por alguien que al menos trata de ver más allá de la radiofórmula y se rodea de la música de autores comúnmente aceptados como serios e intelectualmente más valorados. Es precisamente por eso por lo que mi declaración puede provocar estupor en algunos. "¿La Casa Azul?", pensarán, "pero esos no son los de Amo a Laura?, ¿los de Gominolas?, ¿los de la sintonía de Disney Channel?" "¿Pero esos no son?", sentenciarán "¿los de Eurovision?".

Se mire por donde se mire, no es fácil decir que eres fan de La Casa Azul. Y menos ahora que Guille se ha dejado llevar por el romanticismo, y por la añoranza de tiempos mejores, presentándose al evento más kitsch de la televisión europea. Es inútil hacerse el resabiado, esgrimir argumentos cogidos de aquí y allá e intentar defender al bueno de Guille Milkyway diciendo que su música es una fusión del bubblegum de los 60, el eurodisco y el sonido Shibuya. Tampoco vale la pena reseñar la gran cantidad de buenas críticas con la que ha sido acogido su luminoso y desarmante último trabajo: "La revolución sexual". Simplemente, para la mayoría, La Casa Azul suena a música para niños. A "tontipop". A música de broma. Conozco pueblos y ciudades de provincias donde incluso les tirarían piedras.
Y mi pregunta es ¿por qué? ¿Por qué a tanta gente le resulta ridícula esa retro-búsqueda de la canción pop perfecta? ¿Por qué un quinceañero nunca debería confesar que es seguidor de La Casa Azul, so pena de ser víctima del bullying más cruel y excluyente? ¿Por qué son motivo de orgullo los alardes de exagerada furia (tirarse de cabeza desde el escenario o destrozar las guitarras contra los altavoces) y, si nos vamos al extremo opuesto, resultan tan patéticos los "la la la", los pitches y los ritmos melotrónicos? No lo sé. Supongo que vivimos en un mundo en el que lo naif no tiene cabida. Los duros se comen a los blandos. Los fuertes al débil. Cambiando un poco el discurso, y haciendo una analogía con el cine, me recuerda también a los prejuicios que siempre hay contra la comedia. El drama se lleva todos los premios, todos los elogios, los análisis más sesudos, mientras que la comedia se entiende como un género menor.

Por encima de todo, y estoy utilizando una definición de su creador, el sonido de La Casa Azul es un antídoto. Un remedio contra los malos momentos, los largos inviernos y las noches de domingo. Pastillas efervescentes para el malestar cotidiano. Cápsulas de colores que, aunque no siempre esconden historias tan optimistas y brillantes como su envoltorio, siempre sirven para aliviar el dolor del alma. Es difícil recomendar una dosis concreta, porque si algo caracteriza a La Casa Azul es la regularidad. "Cerca de Shibuya". "Como un fan". "Esta noche sólo cantan para mí". Todos los temas me parecen igual de buenos. Todos les parecerán igual de patéticos a sus detractores (o sea, a casi todo el mundo).
El sábado 8 de marzo estarán en la gala de Eurovision de TVE. Lo nunca visto dentro del universo indie. Después de ver a Carla Bruni convertida en la primera dama de Francia, una de las cosas más extrañas que ha sucedido últimamente en el panorama musical. Eso sí, puede que muchos se sorprendan cuando el grupo salga al escenario. Puede que alguno no se encuentre con lo que esperaba. Probablemente, todavía no conocen el gran secreto de La Casa Azul.

martes 4 de marzo de 2008

Dexter: cuando el héroe es un psicópata


Aparentemente, Dexter Morgan es un chico modelo. No sólo tiene cara de no haber roto un plato, sino que además es un ciudadano ejemplar. Un miembro destacado de la policía forense. Un hermano ideal. Un perfecto padre adoptivo. Sin embargo, Dexter tiene un problema: le gusta matar a la gente. Inyectarles una droga paralizante, partirlos en pequeños trocitos y arrojarlos al mar dentro de una bolsa de basura. Lo más curioso de todo es que nos encanta. Que nos compadecemos de este pobre psicópata que ni siquiera lucha contra el monstruo que lleva dentro. Por mucho que sus víctimas sean villanos sin escrúpulos, nos sigue cayendo simpático mientras los desmiembra. Mientras archiva sus muestras de sangre. Le adoramos. Le amamos.
El caso de Dexter, estrella absoluta de la fabulosa serie que lleva su nombre, no es sino una muestra más del poder redentor del protagonista. El "prota" siempre es el héroe. El que no debe morir. El favorito del público. La historia del cine y de la literatura está llena de ejemplos. En la vida real les aborrecemos, pero en la ficción nos encantan los timadores de "Nueve reinas" o los ladrones de guante blanco de "Ocean's eleven". Lloramos cuando matan a "Bonnie and Clyde". Luchamos por comprender a terrible asesinos como Jason Bateman ("American Psycho") o Jean-Baptiste Grenuille ("El perfume"). Hasta Hannibal Lecter nos parecen un cachondo cuando habla de comerse los riñones de sus congéneres al jerez.

Los guionistas, directores, escritores... tienen ese poder. Ellos deciden de parte de quién se va a poner el público. Desde que perspectiva orientar la historia. Y es que los buenos nos gustan, pero lo malos... los malos nos vuelven locos.

Reflexiones éticas aparte, "Dexter" (basada en la novela "Darkly dreaming Dexter" de Jeff Lindsay) es otro gran ejemplo de las altísimas cotas de calidad que están alcanzando las series de televisión. No voy a perderme ahora en lugares comunes y volver a explicar las ya sobadas razones que explican el boom de la ficción catódica. Simplemente voy a exponer un hecho. Una de cada diez películas (y soy generoso) vale la pena. La mayoría de las series, sin embargo, aunque sólo sea por el magistral y concienzudamente elaborado engranaje sobre el que se sustentan sus tramas, son estupendas.

¿Y por qué Dexter y no otra? Aparte de su apasionante y ya comentado punto de partida, y de sus excelentes guiones, voy a dar dos razones extra para elegir las aventuras de nuestro querido Carnicero de la Bahía en lugar de alguna de sus competidoras.
  • Las dos temporadas producidas hasta ahora son cortas (11 y 12 capítulos) y autoconclusivas. A diferencia de otras grandes series como "Lost" o "Prisonbreak", cuando una temporada acaba, acaba de verdad. No quedan cabos sueltos. No te dejan colgado en el momento cumbre y te obligan a esperar cinco meses para averiguar lo que está pasando.
  • Los créditos con los que comienza cada capítulo son una auténtica obra de arte. Por favor, os invito a que volváis a degustar el desayuno de Dexter una vez más en el video adjunto. Que aproveche.


lunes 3 de marzo de 2008

"Once": la música como refugio





Decía Fernando Trueba, a propósito de "La fiera de mi niña", que es la película en la que le gustaría vivir. Es una hermosa forma de describir las sensaciones que muy de vez en cuando puede deparar el cine. Y es que hay ocasiones, generalmente inesperadas, en las que uno se topa con una trama que no quiere que acabe. Con unos personajes que se resiste a abandonar. Con una historia, en definitiva, que te atrapa y cuyo eco resuena en la cabeza durante varios días. En los últimos tiempos no son muchas las obras en las que me he quedado a vivir. Cito de memoria: "Lost in translation", "Amelie", "Deseando amar", "Brokeback mountain"... Sin embargo, desde el pasado viernes tengo otra película que añadir a las anteriores: "Once".
Es difícil clasificar este pequeño (82 minutos) milagro irlandés que es "Once". ¿Un musical? ¿Una comedia romántica? ¿Un drama social? Imaginemos que Ken Loach dirigiera una película mezcla de "Antes del amanecer" y "Tu la letra y yo la música". Tal vez el resultado hubiese sido similar.
"Once" es el ejemplo perfecto del arte como refugio. Sus dos desconocidos protagonistas (geniales Glen Hansard y Marketa Irglova) son dos seres gravemente heridos que encuentran en la música la única vía de escape a sus fracasos amorosos. El chico (ni a él ni a ella se les da un nombre) es un busker, un trovador callejero que interpreta sus propios temas en un gris Dublín. La chica, una inmigrante checa, toca el piano de prestado en una tienda de instrumentos musicales. En el contenido pero brillantísimo trabajo de ambos, en la química que desprenden, en su agridulce y tiernísima relación, es donde reside gran parte del éxito de la película.


Mención aparte merece la banda sonora. Mientras escribo esto, la discográfica encargada de distribuirla debe estar frotándose las manos, ya que su tema principal, "Falling slowly" ganó el Oscar a la Mejor Canción Original. Premios aparte, el disco ya se había convertido en un fenómeno de ventas gracias al boca a boca . Y es que, si escuchar las melódicas canciones de The Frames, el grupo al que pertenecen John Carney, director del film, y el mencionado Glen Hansard, es ya una delicia, disfrutarlas en el marco de la película, acompañando las andanzas de sus adorables protagonistas, es un regalo para el corazón. Algo tienen los compositores irlandeses que me tocan la fibra, porque recuerdo haber experimentado algo semejante con la demoledora escena con la que arranca "Closer", de Mike Nichols, en la que una genial canción de Damien Rice, "The blower's daughter", acompañaba la presentación de sus personajes.
Sé que mi opinión no va a movilizar a nadie, así que acabaré como he empezado, recurriendo a una cita de un cineasta de peso, en esta ocasión Steven Spielberg: "Hay una película, una pequeña película irlandesa, que me ha dado la fuerza y la inspiración necesarias para seguir adelante el resto del año". Yo quiero añadir algo más. No os perdáis la secuencia en la que Hasard e Irglova interpretan a dúo "Falling slowly" y tendréis una canción para siempre.

Nace "El último refugio"


El título y el perfil no engañan. En este blog se hablará, entre otras cosas, de cine. Sin embargo, "El último refugio" no es sólo un homenaje a una película. Es el lugar en el que nos escondemos todos aquellos a los que la vida real nos viene grande (la frase no es mía, sino del director español Jaime Rosales). Un espacio para todos los que necesitamos la ficción como complemento indispensable de la existencia real. La literatura. La música. Los videojuegos, incluso. Un blog para aquellos que, como Roy "Mad Dog" Earle, nos dejamos arrastrar por la vida y olvidamos hacer lo que queremos. Un escondite para artistas frustrados. Para los que nos falta valor y tiempo para crear y nos conformamos con contemplar. Un lugar para mí y para todos los que me quieran escuchar.