
Nunca me río en el cine. O con el cine, para ser más exacto, porque tampoco suelo hacerlo en casa. Soy de esos que se divierten por dentro, aunque, a juzgar por las carcajadas estruendosas con las que son jaleadas las comedias en las salas madrileñas, estoy empezando a pensar que este cicatero ahorro de risas debe ser otro de esos rasgos congénitos que compartimos los vascos, igual que racionamos meticulosamente los besos y abrazos, las palabras de cariño o los pasos de baile.
Tópicos facilones aparte, realmente no quiero ni imaginarme lo que debe ser asistir a una proyección de "Tropic Thunder" en el cine. Me veía rodeado de adolescentes estallando en estentóreos y forzadísimos alaridos, de mujeres de risa floja con los ojos llenos de lágrimas, de gafapastas intelectuales subrayando las bromas más inteligentes, de 200 personas deseando desesperadamente mearse en los pantalones en una especie de histriónica sesión de risoterapia colectiva, y pensé, cínicamente: por fin tengo una razón sólida para ver una copia pirata.
Y es que la gente se muere por morirse de risa. Por hacerlo más rápido o más alto que el de al lado. Bodrios como "Casi 300" o "Scary Movie" revientan taquillas. En las películas de Pixar, por ejemplo, ya se ríen en cuanto aparece el flexo dando saltitos, y en los filmes de , pongamos, Adam Sandler o Eddie Murphy, se les desencaja la mandíbula sólo con ver la cara del protagonista. Aunque la película sea un drama.
Para muchos, simplemente, esta es la única finalidad del cine. Hacer que uno se parta. Como si fuera una máquina de cosquillas. O un chute de gas de la risa. Ben Stiller lo sabe y por eso es el rey Midas del género. "Tropic thunder" es su obra cumbre pero, esta vez, además del favor del público también ha obtenido el beneplácito de la crítica. Las virtudes de esta sátira de la industria del cine son innegables. El comienzo y el final, por ejemplo, cumpliendo una máxima a la hora de presentar una historia, son potentísimos. Sin embargo, me da la impresión de que a mucha gente se le ha ido la mano en los elogios. De que esta gran broma no merece estar en la misma división que las grandes comedias de siempre. Tal vez sea víctima de un prejuicio clásico, y es que me gusta más que traten de hacerme llorar que reir. Sin embargo he de confesar algo. Este viernes, en mi salón, en una de las secuencia iniciales en que Ben Stiller es exageradamente acribillado a balazos se escuchó un sonido nunca ante oído. Algo así como un "ja ja ja". Tal vez, sólo por eso, deba darle una oportunidad al bueno de Ben y empezar a pensar que tomárselo todo a broma puede ser algo muy serio.

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