
Desde que me mudé a Madrid vengo abrigando la esperanza de regresar algún día a Euskadi, y ese perenne anhelo, ese ansia por volver con la familia y los amigos, por abandonar las solitarias aglomeraciones de la gran urbe y regresar a ese lugar más habitable en el que crecí, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en un apéndice de mi mismo. En una especie de meta utópica, de caldero dorado al final del arco iris que medio en broma medio en serio no dejo de perseguir.
Sin embargo, hay ocasiones en que dudo. Y esta, momentos después de ver "Todos estamos invitados", es una de ellas.
Ser vasco y analizar la última película de Manuel Gutiérrez Aragón desde un prisma estrictamente cinematográfico sería un acto de cinismo y cobardía supinos. Tal vez el mensaje del filme, protagonizado por un José Coronado al que me cuesta imaginar como mi paisano, no sea un ejemplo de buena caligrafía. Tal vez la tinta con que está escrita esta historia se haya corrido un poco, y la letra sea demasiado temblorosa. Sin embargo el contenido es tan terriblemente claro y meridiano que uno no puede evitar olvidarse de la forma.
Sin embargo, hay ocasiones en que dudo. Y esta, momentos después de ver "Todos estamos invitados", es una de ellas.
Ser vasco y analizar la última película de Manuel Gutiérrez Aragón desde un prisma estrictamente cinematográfico sería un acto de cinismo y cobardía supinos. Tal vez el mensaje del filme, protagonizado por un José Coronado al que me cuesta imaginar como mi paisano, no sea un ejemplo de buena caligrafía. Tal vez la tinta con que está escrita esta historia se haya corrido un poco, y la letra sea demasiado temblorosa. Sin embargo el contenido es tan terriblemente claro y meridiano que uno no puede evitar olvidarse de la forma.

Aunque lo haga de forma poco brillante, "Todos estamos invitados" saca a la luz todos los cadáveres que tenemos encerrados en ese gran armario cerrado que a veces parece el País Vasco. Esa mirada ingenua del forastero que aportan Gutiérrez Aragón y González Sinde, que por un lado me hace rechinar los dientes en algunos momentos de la película, se acaba convirtiendo en su principal virtud. Y es que a veces no hay nadie mejor que el prójimo para hablarnos de nosotros mismos.
En ese sentido, el análisis no puede ser más certero. Nos juntamos en cuadrillas unidas por lazos tan finos como el sabor de las kokotxas. Devoramos en grandes banquetes nuestro propio miedo. Celebramos por todo lo alto grandes fiestas patronales para olvidar que pasa algo. Sin embargo, no dejamos de pasear entre fantasmas. De caminar sobre esqueletos y bruma con la única intención de evitar que la realidad nos manche.
"Todo estamos invitados" es una acusación contra nuestra pasividad. Podemos negar la mayor y pensar que todo es una exageración. Sin embargo, si todo fuera normal, ¿por qué me da un poco de miedo escribir este post y lanzarlo al cyberespacio?

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