
Cuando uno tiene un niño de dos años y, de cuando en cuando, logra arreglarlo todo para disfrutar de una escapada al añorado cine, se siente como un cazador con una sola bala en la escopeta. No puede errar el disparo. Es algo parecido a lo que ocurre con la elección de un restaurante, un hotel o un destino de vacaciones. Queremos que el plan sea inolvidable y enjuagar en él todas las lágrimas derramadas de lunes a viernes, pero no siempre es posible satisfacer este absurdo afán de perfección.
Así, me puse a explorar la cartelera con el temblor propio del tirador desentrenado, aunque en realidad, en esa época de caza menor que es el verano, ya sabía de antemano que las dos presas más suculentas que iba a encontrar eran un robot y un murciélago. Al final, después de vacilar un poco, y tal vez guiados por esos prejuicio que desgraciadamente siguen lastrando a la animación, mi acompañante y yo nos decantamos por "El caballero oscuro". Y a día de hoy aún no sé si dimos o no en el blanco.

El segundo Batman de Christopher Nolan es un intachable filme de entretenimiento. Loable en su tratamiento minimamente adulto de la temática de súper-héroes e impecable en su desarrollo narrativo. Podríamos incluso afirmar que, junto a su antecesora, es tal vez una de las la mejores películas rodadas sobre estos excéntricos personajes a los que Hollywood no deja de exprimir. Sin embargo, me dejó un sabor agridulce, tal vez por no haber estado a la altura de las altas expectativas creadas, de la gran polvareda que el Batmóvil y su conductor habían levantado en los áridos senderos de agosto. Y es que si "El caballero oscuro", como muchos afirman, es una obra maestra, ¿a qué categoría elevaríamos otros títulos recientes como "La vida de los otros", "Promesas del Este" o "Brokeback mountain"? ¿Realmente pertenece a esa estirpe de grandes historias o está hinchada por otros motivos como la precariedad de la oferta estival, por ejemplo, o la triste muerte del estupendo Heath Ledger?
Por otro lado, no deja de sorprenderme el calado que tiene en muchas personas que respeto esa especie de filosofía barata made in Marvel que presuntamente engrandece este género. Me refiero a frases y conceptos como "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad", de Spiderman. O a la admiración que suscita el insobornable hombre murciélago cuando opta por sacrificar su popularidad en pos de un Gotham mejor. Gente culta que se burla de conflictos realmente humanos como los que pueda plantear, por ejemplo, un Ken Loach, se estremece con estas vacuidades y tienen a Stan Lee o Frank Miller como poetas de cabecera. Por lo que a mí respecta, y tal vez ese sea el motivo por el que jamás pueda amar a Batman ni a ninguno de sus colegas, ese discurso me conmueve tanto como si llevara puesta la negra armadura hipermusculada de Bruce Wayne.

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