
Días después de terminar de ver la tercera temporada de "Prison Break" uno no puede dejar de pensar en cuánto le gustaría ser como Michael Scofield, esa especie de Houdini moderno, de maestro escapista de la nueva era catódica, al que nada ni nadie puede retener. Y es que en estas últimas horas de mis breves vacaciones, con el regreso a la oficina a la vuelta de la esquina, me siento como si ayer mismo acabara de salir de la prisión de Fox River y, sin apenas haber disfrutado de mi libertad, estuviera a punto de entrar en la de Sona. Atenazado por la acuciante necesidad de urdir un plan que me permita evadirme de mi inminente condena. Lamentándome por no llevar tatuadas las claves que conducen al otro lado de las rejas.
En la vida real existen pocos con las agallas de Michael Scofield. Conozco a alguno. Son audaces. Indómitos. Espíritus genuinamente libres. Morirían antes que conformarse con llevar una plácida vida a la sombra y jamás cambiarían la verdadera independencia por la seguridad de un rancho y un techo diarios. Todos los demás, sin embargo, somos presos comunes. Sentimos un miedo reverencial por la vida de fugitivo y preferimos marcar en la pared los días que nos quedan para la próxima salida vigilada, sin detenernos siquiera a pensar que, como la trama de este entretenidísimo folletín, nuestra condena se puede perpetuar y alargar como un chicle, hasta el punto de que si alguna vez acaba seremos tan viejos que ya nos dará igual que nos liberen.

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