lunes 18 de agosto de 2008

"Las benévolas": palabras mayores

Imaginemos. Supongamos que en lugar de nacer en la España pre-transición hubiéramos nacido en otro lugar y en otro tiempo. Que hubiéramos venido al mundo en la Alemania de los años 20. Entonces, en lugar de hacer la estúpida mili o la menos estúpida prestación social sustitutoria, nos habría correspondido ir al frente y luchar bajo el mando de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Víctimas del momento histórico, devorados por la monstruosidad del conflicto bélico, nos habríamos visto obligados a matar o morir. Habríamos tenido que luchar, que mancharnos las manos de sangre y, siguiendo órdenes, so pena de ser ejecutados por insubordinación, no nos habría quedado más remedio que participar en el exterminio de los judíos. De forma directa, fusilándolos o accionando las cámaras de gas, o de forma indirecta, vigilando un campo de concentración o supervisando su traslado en trenes.

Sobre esta hipótesis, tan cínica como plausible, se sustenta el discurso exculpatorio de Maximilien Aue, el oficial de las SS narrador y protagonista de "Las benévolas". Desde ya, uno de los grandes villanos de la literatura contemporánea. Aue, militar de dos caras, homosexual, incestuoso, psicópata, tremendamente culto, ejerce de Virgilio en este enésimo descenso al infierno del holocausto judío pero, por una vez, nos introduce en el horror por un camino desconocido. El de los verdugos. Todo el pormenorizado relato, desde el inicio de la campaña rusa hasta la derrota alemana, está construido con una espantosa frialdad desde el punto de vista nazi. Aquí no hay relatos desgarrados de víctimas. Historias sobrecogedoras de superviviencia. Aue y sus camaradas se enfrentan a la Solución Final como un ejecutivo de ventas se enfrentaría a sus objetivos. Los judíos de la aclamada "Las benévolas" no tienen cara, ni nombre, ni corazón. Son números. Cifras. Elementos que deben desaparecer. Incómodos topillos que hay que borrar de la faz de la tierra.
No me gusta nunca utilizar la expresión obra maestra. Carezco de la base y amplitud de miras necesarias para tan categórica afirmación. Sin embargo, imagino que el libro del sorprendente Jonathan Littell, americano francófono afincado en Barcelona, debe estar muy cerca de serlo. Pocas veces una novela se ha construido con tanta vocación de perdurar. A lo largo de sus casi mil páginas, Littell va componiendo un descomunal fresco histórico producto de un ímprobo trabajo de documentación. La cadena de mandos alemana, el entramado burocrático del III Reich, los enclaves en los que se desarrolló el Frente del Este, las tribus del Caúcaso, los dialectos eslavos... Littell demuestra haber buceado en todas las fuentes de información posibles, haber recopilado todas las piezas con las que construir esta catedral literaria que, aunque difícil de leer por su extensión y crudeza, recompensa con creces el esfuerzo.