miércoles 13 de agosto de 2008

Coldplay: confesiones inconfesables


He de hacer una confesión. Antes de conocer a mi novia me ponía calzoncillos debajo del pijama. Cuando ella se dio cuenta de este detalle le llamó mucho la atención y me preguntó cómo era posible que llevara todas las noches de mi vida durmiendo con esa presión en las partes pudendas. Cómo no había sentido antes la necesidad de liberarme al menos durante las horas de sueño. Sorprendido por no haberme parado nunca a pensarlo, decidí ipso facto prescindir de la ropa interior al acostarme. Meses después me fui de vacaciones con mi hermano. Compartíamos habitación, y la primera noche vi que se me quedaba mirando mientras me ponía el pijama. Antes de que abriera la boca ya sabía lo que iba a preguntarme: "¿Duermes sin calzoncillos?" "Sí", le contesté. "Pues vaya cerdo", fue su lacónico comentario.
Pese a lo burdo de la metáfora, con Coldplay me pasa algo parecido. Haga lo que haga, estoy metiendo la pata. Recuerdo que cuando editaron "Parachutes" un amigo inglés casi me reprendió por mi ignorancia: ¿pero es que no conoces a Coldplay? ¿No has oído aún "Yellow"? ¿O "Shiver"? Espoleado por su invectiva me hice con el disco y tuve que reconocer que tenía razón. Como buen amante del britpop de los 90, entonces en sus estertores, enseguida me sedujeron los temas recomendados, además de otros como "Don't panic" o "Trouble". Los compañeros de trabajo, víctimas como la mayoría de la radiofórmula y las propuestas puramente mainstream, los mismos que ahora colapsan Tick Tack Ticket y agotan las entradas para sus conciertos en una mañana, rechazaban mis entusiastas invitaciones a escucharlos, seguramente por considerarlos otro efímero grupito para oyentes más alternativos. Para raritos. Por mucho que en toda Inglaterra arrasaran.


La cosa no cambió demasiado con la publicación de "A rush of blood to the head". Junto a todo el mundo anglosajón y parte del público nacional indie, yo disfrutaba con canciones como "The scientist" o "In my place" ante la relativa indiferencia de la mayoría de los que me rodeaban. Sin embargo, todo dio un giro radical con "X&Y". Cambiaron las coordenadas. Recuerdo que cuando el disco salió a la venta, yo recorría la costa este de Canadá. Recuerdo que lo compré en un centro comercial de Quebec City y que fue mi banda sonora en mi recorrido rumbo a la desembocadura del San Lorenzo. Y recuerdo que cuando volví, oh sorpresa, todos aquellos que habían ignorado a Coldplay tenían su discografía completa. Y lo que es peor. Aquellos que me los habían recomendado les habían tachado de su lista por considerarlos músicos para el populacho. Traidores. Vendidos ególatras. Sus presuntos crímenes: tratar de llenar estadios "al más puro estilo U2", vender millones de copias y ponerse tiritas de colores en los dedos..

"Viva la Vida or Death and all his friends" no es sino el siguiente escalón lógico en un proceso ya conocido. Los más indies no pueden soportar escuchar a alguien tan mayoritario y los nuevos fans cantan "Yellow" en los conciertos como si fuera su canción de cabecera. A mí aún me quedan varias escuchas para incluir los temas dentro de mi playlist histórico de los londinenses, pero sí puedo decir, con voz bajita y de modo un tanto clandestino, que "Viva la Vida", el tema más directo de un disco tal vez lastrado por su deseo de superar las expectativas, puede que sea la mejor canción hasta las fecha de Chris y Martin y compañía. Adjunto uno de los dos videoclips que Coldplay ha dedicado al tema. La primera versión es inexplicablemente convencional, sosa y facilona para un grupo de esta envergadura, pero esta es un simpático homenaje al mítico clip que Anton Corbijn produjo para el "Enjoy the silence" de Depeche Mode.