
Escribir sobre "Perdidos" es como jugar al "Tabú". Como tratar de describir un cuadro sin poder hablar de sus colores o un tema musical sin poder referirse a las notas que lo componen. Uno tiene que morderse la lengua (en este caso los dedos) para no aguar la fiesta a aquellos rezagados a los que aún les quedan capítulos por descubrir. Gente afortunada, digna de la mayor de las envidias, a la que le esperan momentos gloriosos de la historia de la televisión hasta llegar al punto en el que ahora me encuentro: resacoso tras la borrachera de acontecimientos que nos deparó el capítulo final de la cuarta temporada y esperando con ansia, y cierto temor al delirium tremens por la prolongada abstinencia, el inicio de la siguiente.
Y es que "Perdidos" es otra cosa. Su hipnótica trama, el complejo engranaje sobre el que se sustenta su adictivo argumento, acaba colándose en tu propia vida. Incluso en la de alguien tan poco mitómano como yo. Después de atracones de cuatro o cinco episodios seguidos, uno sueña con "Perdidos". Se enzarza en apasionados debates en los que se formulan las más variopintas hipótesis. Se sorprende a sí mismo en la ducha, en el autobús, o en la cola del supermercado preguntándose cuál es el origen de ese siniestro humo negro o qué pretendía realmente la iniciativa Dharma.
Sus detractores la tildan de extraña. De críptica. De efectista. Pero tengo la impresión de que esas opiniones pertenecen a gente que sólo ha visto capítulos aislados. Que sólo se ha leído un par de páginas de un gran libro. Si, como debería ser, se empieza por el principio, ya no hay marcha atrás. Porque no hay vicio más humano que la curiosidad. E iría contra nuestra naturaleza renunciar a saber cuál será el desenlace de la ficción más espectacular que un servidor se haya encontrado nunca en su existencia como televidente.

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