domingo 4 de mayo de 2008

"Maus": de ratones y hombres


Recuerdo haber hecho referencia en alguna ocasión a mi cada vez más frágil memoria. A la facilidad con que los meses y años acaban borrando el contenido de lo que he leído. Pues bien. Hay una excepción que confirma la regla. Un antídoto contra esta amnesia literaria. Simplemente, me basta con meter un libro en mi maleta en vísperas de un viaje para mantenerlo por siempre a salvo del olvido.
Por regla general, se me escapan los pormenores de las decenas y decenas de títulos devorados en los lugares de lectura habituales: el metro, el autobús, la cama, el sillón... Sin embargo, si me he hecho acompañar en alguno de mis viajes por alguna novela, es difícil ya que pueda recordar esos días sin las historias que sonaban de fondo. Así, no tengo problemas para verme a mí mismo en mis vacaciones de verano de la adolescencia con algún volumen de Stephen King. O para recordar una convalecencia de una operación en la sierra de Madrid junto a Henry James. O para evocar un trayecto en tren de Vitoria a Irún leyendo a Bernardo Atxaga. Gracias a estos mismos misteriosos resortes de la psique, ya siempre quedarán indisolublemente unidos en mi memoria mi reciente visita a la singularísima Lanzarote y las desventuras de Vladek Spiegelman, el ratón-hombre protagonista de uno de los comics más importantes de los últimos años: "Maus".
Ante todo debo decir que no soy ningún experto en comics (ni en nada, obviamente). Es un género del que disfruté tremendamente en mi infancia pero que habia dejado aparcado al entrar en la edad adulta. Un arte que, craso error, consideré menor por un tiempo y al que, por fortuna, he vuelto a acercarme paulatinamente a través sobre todo de recomendaciones de amigos que me han permitido descubrir con imperdonable retraso maravillas como, por ejemplo, "Persépolis" o la obra completa de Taniguchi.
En cualquier caso, no accedí a "Maus" a través de una recomendación. Ni tampoco atraído por el hecho de que sea hasta el momento la única (que yo sepa) novela gráfica ganadora del Pulitzer. Fue su metáforica portada, en la que vemos a un gato igual que Hitler sobre dos afligidos ratones, lo que captó mi interés. La promesa de un relato al estilo de la orwelliana "Rebelión en la granja" en la que los animales sirven como recurso para relatar un drama humano. Y la cubierta, efectivamente, no engañaba. "Maus" es un peculiar acercamiento en clave de fábula al holocausto. Una obra singular no en cuanto al tema, pero sí en cuanto al tratamiento, que refleja el titánico esfuerzo del artista Art Spiegelman a lo largo de 13 años de trabajo por plasmar la biografía de su padre, superviviente de Auschwitz.
Como todas las obras que giran en torno al genocidio sufrido por los judíos en la II Guerra Mundial, "Maus" es ante todo un canto a la vida, a la tenaz lucha por la supervivencia. Al empeño en subsistir. Mientras yo me sobrealimentaba sin mesura en el buffet libre de mi hotel, el judío polaco Vladek Spiegelman masticaba madera para engañar el hambre. Mientras me bronceaba frente al Atlántico, el pobre Vladek inventaba estratagemas para escapar una y otra vez de las letales duchas de Zyklon B. El contraste entre mis opulentas vacaciones y las penalidades de los protagonistas de la historia me resultaba terrible. Aún así, había algo que me inquietaba aún más, y era ver a mi alrededor a los turistas alemanes y recordar que los terribles sucesos que acontecían en las páginas de "Maus" no sólo no pertenecían a un ficticio mundo de roedores, sino que eran hechos tan reales y tan recientes que sus propios padres y abuelos los habrían vivido.
Nada más terminar el libro, caí en la cuenta de que el tema iba a seguir persiguiéndome, porque mi siguiente lectura prevista no es otra que la alabada "Las benévolas", de Jonathan Littell. Salí a la calle a dar un paseo y me encontré en una pantalla gigante a Avram Grant, el entrenador israelí del Chelsea, con un brazalete negro con la estrella de David. Por lo visto, ese mismo día se celebraba el Día del Holocausto. Y volví a recordar lo que ya sabía. Que nada de lo que ocurre es casualidad.