
El teatro me da pánico. Me explico. Así como soy capaz de aguantar casi de todo en cine, música o literatura, cuando voy al teatro y pago una entrada (debe ser lo único que uno no se puede descargar en el E-mule) tengo que estar muy seguro de lo que voy a ver, no vaya a ser que por falta de información caiga en (a) una de esas obras vanguardistas, posmodernas, enrevesadas, en la que los actores proceden a una especie de inentiligible masturbación pública ante un desconcertado patio de butacas o (b) un espectáculo clásico, una adaptación de alguna obra de hace más de 400 años de calidad indiscutibilísima pero profundamente anacrónica.
Estos temores hacen que la mayoría de las veces acabe asistiendo a representaciones de las consideradas (por aquellos cretinos que sólo observamos) menores. Generalmente comedias. Así, hace unos días fui a ver "Espinete no existe", monólogo humorístico del televisivo showman vizcaíno Eduardo Aldán. Nada tenía que temer. Me esperaba una hora y media plácida. Posiblemente divertida. Noventa minutos de humor costumbrista sin excesivas pretensiones. Lo que no podía suponer, pese a saber que la obra tenía como objeto principal el revival de ciertos iconos de nuestra infancia, es que iba a acabar convirtiéndose en una especie de magdalena proustiana que me iba a hacer retroceder hasta la lejana niñez y sumirme en una profunda (aunque afortunadamente transitoria) melancolía.
Probablemente quede un tanto ridículo confesar que a uno se le hizo un nudo en la garganta en un espectáculo aderezado con las canciones de Dartacán o Barrio Sésamo, pero es que Aldán, con el fin de que el show no quede reducido a una mera rememoración de los programas y juguetes que animaron nuestros primeros años de vida, alterna los momentos puramente cómicos con otros más serios en los que trata de recordarnos el niño que todos fuimos. En mi caso, y supongo que en el de muchos, estos recordatorios suelen dejarme un regusto agridulce. Al ser invitado a echar la vista atrás, el pasado emerge con toda su fuerza y nos devuelve a unos días maravillosos e inalcanzables que amargan la percepción de nuestro presente. Unos días en que tus padres velaban por ti y te sentías inmortal. En que cada jornada era inacabable y deparaba sorpresas increibles. En que tus mayores problemas estaban en un cuadernillo Rubio. Y, aunque sea sólo por unos momentos, duele.Estos temores hacen que la mayoría de las veces acabe asistiendo a representaciones de las consideradas (por aquellos cretinos que sólo observamos) menores. Generalmente comedias. Así, hace unos días fui a ver "Espinete no existe", monólogo humorístico del televisivo showman vizcaíno Eduardo Aldán. Nada tenía que temer. Me esperaba una hora y media plácida. Posiblemente divertida. Noventa minutos de humor costumbrista sin excesivas pretensiones. Lo que no podía suponer, pese a saber que la obra tenía como objeto principal el revival de ciertos iconos de nuestra infancia, es que iba a acabar convirtiéndose en una especie de magdalena proustiana que me iba a hacer retroceder hasta la lejana niñez y sumirme en una profunda (aunque afortunadamente transitoria) melancolía.
Para acabar con tanto tremendismo, adjunto un extracto del programa de los míticos "Payasos de la tele" que ha corrido como la pólvora en Youtube y del que Aldán se sirve para ofrecernos el rato más divertido de su función.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada