jueves 29 de mayo de 2008

Digresiones (IV): el adversario


Suelo utilizar distintos medios de transporte para ir al trabajo. Casi siempre bici. Casi nunca metro, taxi o coche. Algunas veces me decanto por el autobús, y es entonces cuando le veo. Resplandeciente. Impoluto. La piel perfectamente bronceada (rayos UVA, quizás). El traje, generalmente de raya diplomática, planchado de forma impecable. Los puños de la camisa prendidos con gemelos de plata. Las manos, delicadas, como recién salidas de la manicura, salpicadas de más anillos de lo habitual en un hombre. El escaso cabello innecesariamente sujeto con kilos de gomina. Y bajo el brazo, una elegante cartera tamaño folio para transportar documentos.
No le pega estar esperando con los demás en la marquesina. Le pega un Audi, o un BMW. Un chófer, incluso. Le veía bajarse a mitad de la Castellana, con ese aspecto a lo Emilio Botín, y me lo imaginaba entrando en un gran edificio de oficinas, saludando a su secretaria y enfrentándose a un nuevo día desde su puesto de consejero delegado de alguna importante corporación. Hasta que hace unas semanas le vi fuera del autobús y no le reconocí. Ahí estaba el rostro moreno, y el pelo engominado, y las manos llenas de anillos, pero el traje había sido sustituido por una especie de chándal fluorescente y la elegante cartera por una calculadora gigante. Me llevó tiempo darme cuenta de que el supuesto consejero delegado era un controlador de la ORA, un empleado municipal encargado de velar por el buen uso de las plazas de estacionamiento. Y mi mente, calenturienta, envenenada por tantas novelas y tanto cine, se acordó al instante de Jean-Claude Romand, un misterioso individuo que inspiró un libro ("El adversario", de Emmanuel Carrère) y tres películas (la homónima "El adversario", "La vida de nadie" y "El empleo del tiempo"). Un hombre que engañó a toda su familia durante años haciéndose pasar por un reputado doctor cuando ni siquiera tenía empleo. Y pensé que tal vez mi compañero de autobús también pretendía engañarnos a todos. O que aunque no lo pretendiera, al vestirse como un alto cargo para poner multas, sí que lo había logrado. Y que esperaba que no hiciera lo que hizo el auténtico y a la vez falsario Romand, que al sentirse acorralado, y a punto de ser descubierto, asesinó a toda su familia para no tener que dar explicaciones.