
Sólo 10 kilómetros separan Lanzarote de Fuerteventura. Apenas dos leguas en las que el Atlántico deja de ser el Atlántico para convertirse en el Mar de la Tranquilidad, en un oceáno lunar sobre el que flotan dos islas de lava, arena, ceniza y malpais, dos territorios extraños que cuesta reconocer ya no sólo como parte de España o Europa, sino incluso como parte de este planeta.
El pasado 28 de abril, día de San Prudencio, mientras en Vitoria iban de romería y en Madrid empezaban otra anodina semana laboral, yo disfrutaba de mi particular paseo espacial por este Estrecho de la Bocaina, separado de la perra rutina por más de un millar de kilómetros de distancia real y varios años luz de distancia mental. Acostumbrado, como la mayoría de torpes urbanitas, a circular siempre sobre el asfalto, entre el ruido del tráfico y el resplandor artificial de los fluorescentes, me sentía protagonista de una gran odisea, embriagado por un pueril espíritu aventurero, al verme navegando sobre esa estrecha franja de mar, rodeado de gaviotas y acariciado por una reconfortante brisa.
Entonces, poco antes de llegar a Corralejo, apareció la Isla de Lobos. Un islote desierto sin apenas huellas de presencia humana. Un meteorito extraterrestre varado sobre el agua. Sin hoteles. Sin apartamentos. Sin grandes almacenes. Sin vallas publicitarias. Ni wifi. Ni ADSL. Ni bancos. Ni Zara. Ni Mango. Y me sentí tremendamente dichoso ante la vista de un paisaje tan puro en pleno Occidente. Tan desafiante. Tan inmune a la contaminación que nos estrangula y al sucio murmullo que nos ensordece. Y pensé que es maravilloso que aún existan lugares fuera de este gran decorado de cartón piedra, de este plató gigantesco al estilo "Show de Truman", en el vivimos nuestra miserable vida. Y sentí admiración por todos aquellos que han sabido escapar de aquí, transgredir los límites de esta gigantesca ratonera, y fugarse a su propia Isla de Lobos.

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