Pensarán los navegantes que de cuando en cuando echan el ancla en este refugio que sigo empeñado en descubrir la pólvora. Y es que después de reivindicar clásicos modernos como “Maus” o “La vida de los otros” me toca ahora hablar de “Ébano”, un libro que pese a ser, como las obras anteriores, relativamente reciente, está considerado todo un referente de la literatura de viajes y del ensayo periodístico. Pues bien. Esta va a ser la última vez que me justifique por disfrutar con retraso de una obra. O por comentarla en este foro. Se acabó. Como argumentaba un editor en un artículo que leí la semana pasada, la novedad no es ningún valor en sí mismo, así que aquel que quiera estar a la última quizás se sienta defraudado por “El último refugio”. Al fin y al cabo este blog no trata sobre la ficción en si misma, sino sobre el papel que juega en la vida de las personas.
El caso es que después de leer “Viajes con Heródoto” inicié (como tantas veces ocurre a partir del descubrimiento de un autor) un rastreo de la obra pasada de Ryszard Kapuscinski, una búsqueda de las fuentes que acabaron desembocando en esa genial última obra. Un trayecto que como a Stanley y Livingstone en su búsqueda del origen del Nilo me llevó al corazón de África. Podía haber optado por “El imperio”, o por “La guerra del fútbol", o por “El sha", pero si se trataba de buscar la obra más representativa del escritor polaco, no cabía duda de que esa era “Ébano”, una concienzuda disección de África que, después de leída, marca un antes y un después en la percepción del continente negro.
África no ha tenido forma de llegar a nosotros. Su historia no está escrita en papel. Sus gentes, los que quedaron, los que se salvaron del azote de la esclavitud, han vivido aislados en medio de un territorio ignoto. Carecen de medios de comunicación como nosotros los conocemos. Por eso nuestra visión de este gran elefante herido está filtrada por Occidente, por las potencias que la colonizaron, por las películas producidas por el aparato cultural del Primer Mundo. Y ahí reside el principal valor de esta demoledora radiografía. Kapuscinski ha vivido en las entrañas de África. Ha dormido en los barrios más pobres. En aldeas azotadas por el hambre. Se ha jugado la vida en países en guerra. Ha padecido la malaria. Por eso su testimonio está cargado de verdad. De una sabiduría necesaria.
El caso es que después de leer “Viajes con Heródoto” inicié (como tantas veces ocurre a partir del descubrimiento de un autor) un rastreo de la obra pasada de Ryszard Kapuscinski, una búsqueda de las fuentes que acabaron desembocando en esa genial última obra. Un trayecto que como a Stanley y Livingstone en su búsqueda del origen del Nilo me llevó al corazón de África. Podía haber optado por “El imperio”, o por “La guerra del fútbol", o por “El sha", pero si se trataba de buscar la obra más representativa del escritor polaco, no cabía duda de que esa era “Ébano”, una concienzuda disección de África que, después de leída, marca un antes y un después en la percepción del continente negro.

África no ha tenido forma de llegar a nosotros. Su historia no está escrita en papel. Sus gentes, los que quedaron, los que se salvaron del azote de la esclavitud, han vivido aislados en medio de un territorio ignoto. Carecen de medios de comunicación como nosotros los conocemos. Por eso nuestra visión de este gran elefante herido está filtrada por Occidente, por las potencias que la colonizaron, por las películas producidas por el aparato cultural del Primer Mundo. Y ahí reside el principal valor de esta demoledora radiografía. Kapuscinski ha vivido en las entrañas de África. Ha dormido en los barrios más pobres. En aldeas azotadas por el hambre. Se ha jugado la vida en países en guerra. Ha padecido la malaria. Por eso su testimonio está cargado de verdad. De una sabiduría necesaria.
Así, Kapuscinski, desde esta posición privilegiada, desentraña en "Ébano" los grandes misterios de África: la disputa entre hutus y tutsies, el drama de los niños soldado, el problema del hambre, la biografía de tiranos como Amin... El análisis es tan terrible y perturbador que Kapuscinski intercala anécdotas más ligeras y amenas para hacer digerible el mal trago de realidad: por qué los africanos andan siempre en fila, por qué los altos cargos viven en pisos más altos.... El resultado es sencillamente magistral. No conozco a nadie que después de estremecerse con este relato, y admirarse de la clarividencia y coraje de su autor, sea capaz de afirmar lo contrario.


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