domingo 13 de abril de 2008

Murieron con las botas puestas


Hay ocasiones en que el verde rectángulo de un campo de fútbol se convierte en un descomunal escenario. En una pantalla de cine gigante. Partidos en los que las gradas se transforman en un gran patio de butacas y los jugadores en intérpretes de un drama equiparable a las mejores obras de ficción. En duelos como estos uno se reconcilia con la pasión por este bello deporte, puesta a prueba por la saturación de encuentros y por el chismorreo perenne y estéril que lo rodea. Lamentablemente, este género de partidos inolvidables no es nada habitual. Sucede una vez de cada mil. Sin embargo, el impredecible azar ha querido que en esta semana que toca a su fin el milagro se haya producido no una vez, sino dos.
El martes, paradójicamente, el espectáculo no estaba en el "Teatro de los sueños" de Old Trafford, el feudo del Manchester, sino unas millas al oeste, en Anfield Road, donde Liverpool y Arsenal protagonizaban una trepidante súperproducción de gran presupuesto, un filme de ritmo desenfrenado en el que Fernando Torres, Adebayor, Babel y compañía ejercían de héroes de acción y nos regalaban una gozosa ensalada de tiros, un frenético intercambio de golpes para degustar con un bol de palomitas sobre los muslos y una sonrisa de oreja a oreja.
Lo del jueves, sin embargo, fue otra cosa. Getafe y Bayern de Munich nos brindaron 120 minutos destinados a perdurar. Ambos equipos quedaron inmortalizados en un drama de tintes épicos que, pese a su reciente puesta en escena, ya sabe a clásico. Como en El Álamo o en la batalla de las Termópilas, los contendientes resucitaron ante más de 9 millones de televidentes el eterno mito de David y Goliath, del débil contra el fuerte, la historia mil veces vista pero no por ello menos cautivadora del aguerrido puñado de valientes enfrentado a un adversario que le supera con creces en número y en recursos. Al igual que en "Espartaco", o "Gladiator", o tantos otros peplums, los luchadores del Coliseum, los Contra, Casquero y Braulio, se rebelaban contra su cruel destino con goles imposibles, con victorias parciales que quedaban para la leyenda y hacían creer en la gloria final. Sin embargo, como en "Troya", el enemigo estaba dentro, y las resbaladizas manos del Pato Abbondazieri se iban a convertir en el punto débil del héroe, en el talón herido que le haría hincar la rodillas poniendo así un final trágico a la gesta.
Instantes después de que el arbitro pitara el final, Caballo Loco Khan trotaba sobre la hierba donde yacían, todos con su uniforme azul, las huestes del General Laudrup. Habían nadado para morir en la orilla. Despojados hasta de su último aliento, ya sólo eran cadáveres. Pero cadáveres con las botas puestas.