
Me gusta "Michael Clayton". Tanto como George Clooney, un tipo que, como todos nosotros, se prostituye por dinero y luego utiliza esos millones de dólares en hacer lo que realmente le apetece. Me cae bien, sobre todo, porque lo que generalmente le pide el cuerpo es limpiar su conciencia y poner esos ahorros, toda esa fortuna acumulada a golpe de asaltar casinos y beber Martinis y Nespressos, al servicio de una noble causa: la búsqueda de la verdad. Y es que películas como "Buenas noches y buena suerte", "Syriana" o esta ágil, inteligente y estilosa "Michael Clayton" son un puñetazo en el bajo vientre de los poderes fácticos que nos dominan. De las fuerzas todopoderosas que mueven los hilos de este gran teatro de marionetas con una total impunidad y una codicia sin límites.
"Michael Clayton", el notorio debut como director del guionista Tony Gilroy, nos habla de eso. De la increible fragilidad de la verdad, de lo irrefutable, de lo positivamente cierto, de lo científicamente demostrado. No quiero extenderme mucho en un tema sobre el que, por ejemplo, el siempre certero Javier Marías ha reflexionado en varios artículos, pero vivimos en la era de la verdad relativa. Nada es cierto, porque toda certeza depende de su conveniencia o inconveniencia, de lo políticamente correcta que sea, de los intereses económicos que haya en juego o, como ocurre en "Michael Clayton", de lo poderoso que sea el bufete de abogados encargado de desmontarla. ¿Había o no había armas de destrucción masiva en Irak? ¿Existe o no existe el cambio climático? ¿Fue o no fue ETA la responsable del 11-M? ¿Es o no es sano ir al Mc Donald? En estos tiempos de podredumbre moral, esas fuerzas contra las que se enfrenta George Clooney en el mundo real y Michael Clayton en la ficción (qué grande cuando dice: "Soy Shiva, el dios de la muerte") han hecho que estas lamentables y ya más que sobadas dudas aún perduren.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada