jueves 3 de abril de 2008

Digresiones (I): queridos extraños

Todas las mañanas me cruzo con las mismas personas en mi camino al trabajo, y es su posición en ese trayecto lo que me indica si voy bien de tiempo o si se me han pegado las sábanas. El atribulado padre que lleva a sus dos niños al cole. La señora pintada como una puerta. El carnicero del súper. El camarero que no va vestido de camarero. Si me los encuentro demasiado cerca de mi casa, señal inequívoca de que debo acelerar. Si al llegar al primer semáforo aún no me he topado con ninguno, quizás signifique que, por una vez, voy con adelanto.
Yo les miro y ellos me miran, pero nunca nos decimos nada. No vale fingir que no nos reconocemos. Llevamos meses coincidiendo y yo además circulo en una bicicleta en miniatura con ruedas del tamaño de un plato. ¿Cómo pasar desapercibido? Simplemente no queremos hablarnos. En esas mañanas tan oscuras con las que comienzan los días de trabajo preferimos comportarnos como ariscos autómatas, como robots preprogramados para rehuir el contacto humano. No vaya a ser que un saludo nos ralentice. No vaya a ser que a partir de ahora haya que saludar siempre. ¿Cuándo nos volvimos tan parcos en palabras? ¿Cómo cultivamos ese total desinterés en relacionarnos? ¿Cuándo decidimos convertir a todos estos extraños cotidianos en mero mobiliario urbano?
Uno se cansa de que la prisa lo anule todo, de caminar siempre por encima de sus propios pasos, y piensa que la felicidad debe de estar en no tener que preocuparse cada día de la hora a la que uno llega a un semáforo. En cómo le gustaría poder estar junto a ese semáforo treinta minutos más tarde. En la gran aventura que sería atravesar esa calle a las doce del mediodía. O a las cuatro de la tarde. O a las cuatro de la madrugada.
Uno querría ser libre para hacer lo que nunca hace porque no puede o no quiere. Para detenerse por un momento y saludar, por ejemplo, a esa señora que ve a diario y pedirle, después de tanto tiempo, que no se siga pintando como una puerta.
Uno se levanta deseando dar un giro de 180 grados, pero al final siempre lo acaba dando de 360.