martes 8 de abril de 2008

Digresiones (II): señales


Circulábamos bajo el hechizo de la autopista. Sumidos en ese trance, en ese contradictorio estado de semi-hipnosis en el que acaban cayendo los conductores en las grandes carreteras. Con la máxima atención y , sin embargo, completamente ausentes. Observando todo y no viendo nada. De pronto, un OVNI, en el más estricto sentido de las siglas, apareció en el horizonte para sacarnos de nuestro marasmo. Flotaba a poco más de un metro sobre el asfalto. De lejos parecía un ave herida revoloteando alocadamente. Al acercarnos se asemejaba más a una gigantesca polilla presa de bruscas convulsiones. Hasta que no lo tuvimos encima no nos dimos cuenta de que se trataba de un cuaderno zarandeado por el tráfico, deshojándose violentamente azotado por el viento y por las embestidas de los automóviles que atravesaban la blanca cortina de celulosa como si de una blanda lluvia de meteoritos se tratara.
Cuando nos llegó el turno de cruzar aquella inesperada tormenta de papel, una de aquellas hojas acabó posándose en nuestro parabrisas. La simple inercia de la velocidad bastaba para mantenerla adherida al cristal. Desde los asientos del piloto y el copiloto podíamos ver claramente que se trataba de los restos de una agenda. Se adivinaba un pequeño calendario, una fecha y unas anotaciones a mano. A medida que devorábamos kilómetros, nuestra curiosidad sobre aquel mensaje caído del cielo fue aumentando, hasta el punto de que empezó a crecer en nosotros la sospecha de que un acontecimiento semejante sólo podía ser, más que fruto de la casualidad, un aviso del destino. Comenzamos a analizar aquella señal divina y a hacer cábalas sobre como interpretarla. Tal vez deberíamos jugar a la lotería en la fecha impresa en el papel. Tal vez el texto manuscrito nos llevaría a algún lugar, o al encuentro de alguna persona que necesariamente debería cambiar nuestra vida. Tal vez había un número de teléfono que necesitábamos marcar para obtener un mensaje oculto.
Pasado un tiempo, la autopista desembocó en la circunvalación de la gran ciudad. Tomamos nuestra salida y, al aminorar la marcha, nuestra hoja, lentamente, con una cruel parsimonia, se desprendió del parabrisas y cayó al suelo. A través del retrovisor vimos como como el resto de coches pisoteaban aquella maltrecha cuartilla. Y, con pesar e infinita pereza, sentimos como volvíamos a quedarnos solos en la busqueda de nuestro destino.