
El lunes estuve en la televisión. No me pregunten cómo ni por qué. Simplemente estaba allí, en el vientre de un gran plató perdido en medio de la nada. Rodeado de estresados electricistas, operadores de cámara, estilistas, bailarines, regidores... todos ellos entregados a la causa común del directo perfecto. Sentado entre un público enfervorecido al que un animador profesional, una especie de pastor de rebaños humanos, trataba de controlar.
Uno, que nunca ha tenido un excesivo interés en este tipo de programas, que tradicionalmente ha mostrado cierto desdén hacia semejantes saraos, trataba de mantenerse de un modo un tanto pijo y snob ajeno a todo lo que le rodeaba. Fingiendo una estúpida dignidad. Manteniendo la distancia como si temiera ser engullido por un monstruo algo casposo. Hasta que comenzó el espectáculo y empezaron a desfilar por el mismo sus verdaderos protagonistas. Un adolescente-mariposa que revoloteaba envuelto en dos telas colgadas del techo. Un niño prodigio que acariciaba el violín con la maestría de un veterano. Un angel embrujado que cantaba por Camarón. Un contratenor de voz mesmerizante. Un visionario capaz de convertir su saxo en la chistera de Houdini. Dos titanes siameses con la asombrosa capacidad de fundir sus cuerpos envueltos en barro.
Con cada nuevo artista, con la plasmación de sus sueños sobre el escenario, me iba desprendiendo de cada una de mis corazas iniciales. Liberando de mis asquerosos prejuicios intelectualoides. De mi careta. Llegado un momento, mientras yo luchaba con denuedo por contener las lágrimas, totalmente subyugado por lo visto, la presentadora del programa miró el reloj y anunció que era más de la una de la madrugada. Detrás de mí, alguien susurró: "Y yo mañana me levanto a las siete". Entonces, al recordar que a mí también me esperaba un madrugón para enfrentarme a la rutina cotidiana de una oficina, sentí un inmenso pesar. Una aflicción real. Física. Y pensé que haría cualquier cosa por saber cantar por soleares, por poder acariciar esos maravillosos instrumentos con melosa parsimonia hasta el amanecer, por retorcer mi cuerpo y convertirme en uno de esos elásticos seres que acababan de emocionarme.
En ese instante, a pocas horas de reintegrarme a mi vida de hormiga, pensé que daría lo que fuera por ser cigarra.
En esa madrugada de lunes pensé que vendería mi alma al diablo por un pedazo de arte.

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