
El primer disco de Adele Adkins, "19", ha sido un hype. Un gran éxito. Hasta hace sólo unas semanas ella era lo que los ingleses, en su desaforada y chauvinista búsqueda de nuevas estrellas que dominen la industria discográfica mundial, llaman The Next Big Thing. Sin embargo, la evolución de las tendencias es tan delirantemente cambiante, tan desmesuradamente voraz, que casi sin darme tiempo a terminar de asimilar su primer trabajo parece ser que ya ha sido sustituida por Duffy en su pugna por suceder en el trono a Amy Winehouse, quien, por otra parte, apenas lleva un año en la cima.
En el siglo XXI es imposible estar al día porque el presente no existe. El hoy ya es pasado y lo único que importa es el futuro. Las películas envejecen hasta la muerte el día que se estrenan, porque lo que levanta expectación es ver el teaser del gran lanzamiento del próximo año o bajarse de Internet el último blockbuster llegado del otro lado del charco. Los libros duran en la sección de novedades de la FNAC una semana. Los bañadores se compran en febrero y los abrigos en agosto. Y Adele, que, como indica el título de su disco, aún no ha cumplido los veinte, ya empieza a recibir codazos para dejar paso a la siguiente, cuando no hace más que dos meses que su debut llegó a las tiendas y se alzó con el número uno en ventas en el Reino Unido. Es el gran peligro que conlleva la etiqueta de gran promesa. Inocula un virus mortífero contra el que es imposible luchar. Desencadena un destructor proceso degenerativo del que pocos salen indemnes. Dentro de dos años Adele editará otro disco y dirán que no es tan bueno como el primero. Y dentro de dos años más sacará un tercero que será recibido con elogios, pero que apenas tendrá repercusión ya que se percibirá como antiguo, a pesar de que Adele sólo tendrá 23 años.

Sería una lástima que esta joven londinense, a la que no le ruboriza reconocer que su grupo favorito siempre fueron las Spice Girls, fuera otra víctima de la industria, ya que su triunfo no parece haber sido cocinado por los gurús del marketing. Para empezar, no es ningún bombón. Puede incluso que los que la hayan visto, al haber leido aquello de The Next Big Thing, pensaran que estaba haciendo alguna broma cruel sobre su oronda figura. Tampoco parece haber gozado de la ayuda de grandes padrinos. Simplemente sus temas se colgaron en MySpace y el boca a boca la catapultó al éxito. En principio, todo se lo debe a su propio talento, a sus composiciones (pese a que sus letras aún dejen mucho que desear) y, por encima de todo, a su voz, educada en la misma escuela que la anteriormente mencionada Winehouse.
Su estilo, el pop con mezcla de soul, no es ni mucho menos mi género favorito, pero algunos de los temas de "19" merecen el esfuerzo de aventurarse por nuevos derroteros. "Cold shoulder". "Best for last". "Hometown glory". El arranque, incluso, de "Chasing pavements", una canción que empieza muy bien pero que desemboca en un estribillo facilón y convencional que arrasa en las radiofórmulas y levantará las sospechas de todos aquellos que desconfían de la naturalidad del fenómeno Adele. Para los más escépticos, adjunto este vídeo de "Daydreamer", mi corte favorito de "19", en el que podrán examinarla sola ante el peligro, defendiendo el tema que abre el disco sin trampa ni cartón en el estupendo programa de la BBC "Later with Joos Holland".

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