lunes 3 de marzo de 2008

"Once": la música como refugio





Decía Fernando Trueba, a propósito de "La fiera de mi niña", que es la película en la que le gustaría vivir. Es una hermosa forma de describir las sensaciones que muy de vez en cuando puede deparar el cine. Y es que hay ocasiones, generalmente inesperadas, en las que uno se topa con una trama que no quiere que acabe. Con unos personajes que se resiste a abandonar. Con una historia, en definitiva, que te atrapa y cuyo eco resuena en la cabeza durante varios días. En los últimos tiempos no son muchas las obras en las que me he quedado a vivir. Cito de memoria: "Lost in translation", "Amelie", "Deseando amar", "Brokeback mountain"... Sin embargo, desde el pasado viernes tengo otra película que añadir a las anteriores: "Once".
Es difícil clasificar este pequeño (82 minutos) milagro irlandés que es "Once". ¿Un musical? ¿Una comedia romántica? ¿Un drama social? Imaginemos que Ken Loach dirigiera una película mezcla de "Antes del amanecer" y "Tu la letra y yo la música". Tal vez el resultado hubiese sido similar.
"Once" es el ejemplo perfecto del arte como refugio. Sus dos desconocidos protagonistas (geniales Glen Hansard y Marketa Irglova) son dos seres gravemente heridos que encuentran en la música la única vía de escape a sus fracasos amorosos. El chico (ni a él ni a ella se les da un nombre) es un busker, un trovador callejero que interpreta sus propios temas en un gris Dublín. La chica, una inmigrante checa, toca el piano de prestado en una tienda de instrumentos musicales. En el contenido pero brillantísimo trabajo de ambos, en la química que desprenden, en su agridulce y tiernísima relación, es donde reside gran parte del éxito de la película.


Mención aparte merece la banda sonora. Mientras escribo esto, la discográfica encargada de distribuirla debe estar frotándose las manos, ya que su tema principal, "Falling slowly" ganó el Oscar a la Mejor Canción Original. Premios aparte, el disco ya se había convertido en un fenómeno de ventas gracias al boca a boca . Y es que, si escuchar las melódicas canciones de The Frames, el grupo al que pertenecen John Carney, director del film, y el mencionado Glen Hansard, es ya una delicia, disfrutarlas en el marco de la película, acompañando las andanzas de sus adorables protagonistas, es un regalo para el corazón. Algo tienen los compositores irlandeses que me tocan la fibra, porque recuerdo haber experimentado algo semejante con la demoledora escena con la que arranca "Closer", de Mike Nichols, en la que una genial canción de Damien Rice, "The blower's daughter", acompañaba la presentación de sus personajes.
Sé que mi opinión no va a movilizar a nadie, así que acabaré como he empezado, recurriendo a una cita de un cineasta de peso, en esta ocasión Steven Spielberg: "Hay una película, una pequeña película irlandesa, que me ha dado la fuerza y la inspiración necesarias para seguir adelante el resto del año". Yo quiero añadir algo más. No os perdáis la secuencia en la que Hasard e Irglova interpretan a dúo "Falling slowly" y tendréis una canción para siempre.