
En entradas anteriores hacía alusión a dos de las noticias que más me habían sorprendido recientemente: la presencia de "La Casa Azul" entre los candidatos a representar a España en el Festival de Eurovision y el noviazgo y posterior matrimonio de Carla Bruni con Sarkozy. Pues bien. Debo añadir una tercera: la concesión de tres premios Goya, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Director, a la personalísima "La soledad", título que presuponía denso y difícil y cuyo tardío visionado (mes y pico después de su noche de gloria) no ha hecho sino confirmar mis sospechas.
En primer lugar, esta valiente e inesperada distinción para el filme de Jaime Rosales (la mera nominación ya resultaba del todo improbable) supone un punto de inflexión para un organismo que hasta entonces se había decantado por propuestas más académicas ("Volver", "Mar adentro", "Los otros"...) y que de esta manera da una oportunidad a trabajos que hasta la fecha parecían destinados únicamente al consumo de la crítica más especializada y de los cinéfilos más exigentes (incluyamos en este grupo el cine de Marc Recha o José Luis Guerín, por ejemplo).
En segundo lugar, el caso de "La soledad" representa una rareza absoluta que no recuerdo tenga ningún precedente en certámenes similares (Oscar, César, Premios del Cine Europeo...) y que habla de la independencia total y absoluta del tantas veces vilipendiado colectivo presidido por Ángeles González Sinde. ¿Se imaginan, por ejemplo, a David Lynch saliendo del Kodak Theatre con una estatuilla por "Inland Empire" o "Mullholland Drive"? ¿O a Peter Greenaway? ¿O a los hermanos Dardenne? Y es que la segunda obra de Jaime Rosales es, como en el caso de los ejemplos apuntados, una película carente de todo guiño al espectador convencional. Cine hermético en la antípodas del gusto general al que sólo el apoyo mediático de los Goya ha salvado de pasar completamente inadvertida para el gran público.

Al igual que en su interesante ópera prima, "Las horas del día", Rosales despoja a su obra de todo artificio en su intento de retratar lo cotidiano y convertir la pantalla en un espejo de la realidad. Ni hay música, ni actores demasiado reconocibles ni guiones excesivamente literarios. El realismo de Rosales poco tiene que ver por ejemplo con el de Fernando León en "Los lunes al sol" o "Princesas". Mientras que los personajes del primero intercambian frases preñadas de un lirismo difícil de imaginar en unos parados o en unas prostitutas, los diálogos que componen los guiones del segundo, y con las que Rosales pretende plasmar los problemas de incomunicación de nuestro tiempo, están sacados de las situaciones más corrientes de la vida diaria: "¿Dónde están las aceitunas?", "¿Quieres que te haga una tortilla?", "No sé si pasarme a recoger unos muebles a Mueblerama".
Ni siquiera una técnica tan efectista como la de dividir la pantalla parece restarle un ápice de credibilidad al conjunto. Lo que en otras cintas suele parecer un recurso pretencioso, en "La soledad" se acepta de buen grado, de forma natural, como una ayuda incluso que facilita ese concienzudo análisis de la normalidad al permitir retratar lo que acontece a través de distintos puntos de vista simultáneos.
En cualquier caso, que nadie se lleve a engaño y piense que en las películas de Rosales no pasa nada. Tanto en "Las horas del día" como en "La soledad" ocurren cosas increíbles. Sucesos que en cualquier otra cinta estarían apoyados por composiciones músicales cargadas de dramatismo, cámaras lentas o interpretaciones extremas. Rosales prefiere mostrarnos los hechos de forma completamente desnuda. Descarnada. Sin alharacas. Y lo cierto es que, de este modo, a mí me provocan mil veces más escalofríos.
