
Tac tac tac. Tac tac tac. El rítmico martilleo de la máquina de escribir con que se abre la película, y que posteriormente se repetirá en su banda sonora, parece rendir tributo a la obra literaria en la que se inspira pero, sobre todo, contra la que se enfrenta. "Expiación" contra "Expiación". "Atonement" contra "Atonement". O lo que es lo mismo. Joe Wright contra Ian McEwan. La prosa contra el celuloide. La Briony que soñamos contra la Briony recreada.
El combate es tan antiguo como la historia del cine. A veces uno de los dos contendientes gana por KO. En otras ocasiones es difícil dilucidar quién es el vencedor a los puntos. El gran público por lo general se pone de parte de la literatura con el ya famoso "a mí me gustó más el libro". Los más entendidos por el contrario se mofan del anterior comentario y se cuidan muy mucho de soltarlo al salir de la sala. "Han tenido que recurrir a grandes elipsis para no alargar el metraje", prefieren apuntar. O "con esta escena han traicionado el espíritu de la obra original".
Para aquellos que por encima de todo buscamos historias, la adaptación de un texto ya leído a la gran pantalla presenta un terrible inconveniente: la previsibilidad. Conocemos de antemano el desenlace, sabemos lo que va a pasar, y eso puede hacer que nos enfrentemos a su visionado con la distancia y el triste desapasionamiento del que ve un partido de fútbol en diferido.
Ahora bien. Salvo que hayamos leído la novela en que se inspira el film muy recientemente, o nos haya marcado de forma excepcional, y aún así, ¿hasta que punto recordamos los pormenores de un texto que nos acompañó años atrás? ¿Los detalles de una trama en la que nos sumergimos hace ya tiempo?
Yo, que no soy mitómano y raramente releo nada, que prefiero lo bueno por conocer que lo bueno conocido, tiendo a olvidarlo todo rápidamente. Así, en mi caso, las adaptaciones al cine funcionan como un antidoto contra la amnesia, y las imágenes van tirando del hilo de mi memoria hasta lograr desenredar el barullo de frases, imágenes fragmentadas y datos inconexos al que habían quedadon reducido los recuerdos del libro.El caso de "Expiación", una de las mejores novelas de uno de los mejores escritores contemporáneos, no ha sido diferente. A través de los livianos Keira Knightley y James McAvoy han vuelto a mi memoria las andanzas de Cecilia y Robbie Turner. He recordado lo que sucedía en tal momento. Lo que acontecía en tal otro. La estructura de la narración, dividida en tantas partes como protagonistas. La ambientación. El momento histórico en que se encuadra. Sin embargo, pese a devolverme tantas cosas, la adaptación de Joe Wright no ha podido reavivar el único poso de "Expiación" que permanecía intacto en mi cabeza. Incólume. El hondo sentimiento de compasión, de pesar y lástima, por alguien al que toda una vida no le valdrá para reparar un mayúsculo error del pasado. Para expiarlo.
En breve llegará a los cines otro título basado en una de los pocos libros que últimamente han podido transmitirme sensaciones de una viveza semejante: "Vía revolucionaria", de Richard Yate. Esperemos que esta vez, y con la ayuda de los mucho más consistentes Sam Mendes, Leo Di Caprio y Kate Winslet, haya más suerte.

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